Semanario de LA VERDAD
 
 
 


CRÓNICA DE ACTUALIDAD

Recuerdos de Manuel Avellaneda

Foto
Xerigrafía de un paisaje de Manuel Avellaneda.

PEDRO SOLER


El pasado martes, Cieza rendía un emocionante homenaje a su hijo, el pintor Manuel Avellaneda, de similares características al que le rindió el Ayuntamiento murciano, con la apertura de una calle que lleva desde entonces el nombre del desaparecido artista. Las fiestas navideñas parecen propicias para este tipo de recuerdos, que sirven para prolongar la estancia figurada de quien nos abandonó hace tiempo. Sea cuando fuere, es muy de agradecer, por parte de familia, amigos y entusiastas de su obra, este reconocimiento a quien nunca renunció a su pueblo y a los hermosos alrededores, que también dejó recogidos en su obra.

Otra modo de acentuar la permanencia de cualquier persona, por muy desaparecida que esté, es recuperar la labor que ha desempeñado a lo largo de su vida; algo que, afortunadamente, acaba de suceder con la exposición de xerigrafías de Avellaneda, que la galería Chys inauguró el pasado miércoles.

Como se ha planteado en otras ocasiones, con motivo de muestras de distintos artistas, ¿qué se puede descubrir o añadir en torno a la obra de quien ahora atrae nuestra atención? Podría parecer una postura reiterativa exaltar, a estas alturas, las bondades de la pintura de Avellaneda, y un atrevimiento inexcusable insinuar sus presuntos defectos. Hay que dejar que el tiempo pase para que se vaya solidificando la categoría que, a juicio de los entendidos, copó la obra de nuestro pintor, siempre realizada con una tensión incipiente. No es que renunciara a un acabado definitivo. Lo que sucedía en Avellaneda era que se unía a su trabajo una desazón incontenible y una libertad sin límites. Siempre defendió la libertad acérrima de su pintura, y, además, a él le gustaba -y respetaba- que fuesen los demás quienes la calificasen, según la manera de ser y de entender de cada cual.

Las quince xerigrafías expuestas en Chys son un conjunto variado. En ellas aparecen esos paisajes que José Mariano González Vidal definía como «dramáticos, de tonos calientes, con la orografía valiente, altiva, del secano murciano, el prestigio de las montañas en la tradición paisajística, una constante en la obra del pintor». Pero también están esos bodegones, «colmados de sabor», que el pintor realizaba como suplemento necesario, como acompañamiento, de su vocacional tendencia hacia el paisaje. Porque el paisaje -no se olvide- es esencia en la pintura de Avellaneda. Por esto, los bodegones, y también las marinas, se cubren de unas dosis de fortaleza paisajística, muy en consonancia con esos síntomas de colores fuertes, tensos y abruptos, que descollaban en las serranías quebradas y con profundos contrastes.

Con esta exposición de Chys, en la que se presentan las pruebas de autor de las xerigrafías, incluidas o no en álbumes encargados por galerías y difusores de arte, se produce el reencuentro con la trayectoria que Avellaneda mantuvo a lo largo de su vida. Y cada vez que asoma la obra de este pintor, que nos dejó inesperadamente, esos fugaces reencuentros dan paso a la contemplación de una pintura en la que se advierte la carencia absoluta de monotonía y se impone el reflejo de un personalismo al que el artista nunca renunció, pese a los cambios y a las modas.

Alguna vez se ha insinuado por aquí que habría que pensar en la organización de una muestra antológica que sirviera de repaso necesario sobre toda la producción del pintor. No debiera echarse en olvido, aunque se deje que corra el tiempo, conservador ineludible de lo perdurable, como parece ser la obra de Manuel Avellaneda.

GOZO EN LA NAVIDAD’

En la iglesia de San Juan de Dios se ofrece desde el pasado día 22 una exposición muy singular, no por la originalidad de la temática, pero sí por las diversas facetas que ofrece: un conjunto de escenas del Nacimiento de Jesús, con figuras «amorosamente modeladas, y talladas», de Antonio Labaña, bajo el título de El gozo en la Navidad.

‘SALZILLO ARTES PLÁTICAS’

Y si con Cieza se ha iniciado esta crónica, con ella hay que terminar para notificar -a estas alturas- que en esta ciudad abrió sus puertas una nueva galería, Salzillo Artes Plásticas, dirigida por María José Jiménez Molina, y situada en la calle Francisco Salzillo, 26. La exposición inaugural ha contado con obras de conocidos o prestigiosos pintores y escultores: Armiñana, Hernández Cano, Paco Cánovas, Zacarías Cerezo, Pepe Claros, Manuel Coronado, Cortés Abellán, Vicente Marín, González Moreno, María Teresa Recuenco, Antonio Rosa, Antonio Sánchez, Molina Sánchez, Saura Mira, Semitiel Segura, Jesús Silvente y Ginés Vicente. El catálogo reproduce las obras expuestas e incluye textos de Saura Mira, quien alude a la tradición artística de la localidad; de José Manuel Penalva, con una dedicatoria; de Antonio Hernández, con una efusiva defensa del arte; y de Miguel Olmos, quien participa como coordinador de la muestra, y quien afirma que la nueva sala es, sobre todo, «un complejo de arte y cultura». Que sea para bien.





 

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