Semanario de LA VERDAD
 
 
 


MÚSICA

Un músico olvidado en la corte de los Austrias

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MONARCA. Retrato de Felipe IV, de Diego Velázquez. / EFE

ANTONIO DÍAZ BAUTISTA


Si, por lo general, nos hemos mostrado los españoles bastante poco interesados por nuestro pasado musical, mucho más brillante, por cierto, de lo que se suele pensar, aún mayor ha sido nuestro desinterés por la música que se escuchaba en las tierras del continente americano durante la larga dominación española. En este desdén ha debido influir, sin duda, esa especie de pudor pueril que, desde hace tiempo, atenaza a la progresía hispana y que le hace avergonzarse de nuestra pretérita aventura imperialista; una actitud, a mi parecer, tan ridícula como sería ver a los italianos pidiendo perdón por la conquista, y la expansión de la cultura grecolatina, realizada por sus ancestros romanos, o a los ingleses disculpándose por haber incorporado Norteamérica a la cultura anglosajona. La historia de la Humanidad ha sido como ha sido, con sus luces y sus sombras, y lo único que merece la pena es estudiarla desapasionadamente, para rescatar de su desván los testimonios que puedan enriquecernos. Por eso es tan meritorio el empeño del programa Repsol YPF para la Música en Latinoamérica que, con el auspicio de la UNESCO, está sacando a la luz muchas joyas sonoras de la América virreinal, alguna de las cuales han sido ya comentadas en esta página.

Si bien se piensa, sería un desatino intentar reconstruir la historia de la música española limitándonos exclusivamente a la que sonaba dentro de los confines peninsulares, y olvidar que, hasta comienzos del XIX, constituían las Provincias de Ultramar una parte sustancial de nuestro ámbito político y cultural. La música de la América hispana, aunque en algunos aspectos se tiñera de matices autóctonos, fruto de un fecundo mestizaje, seguía las corrientes y tendencias de la metrópoli, que, a su vez, estaba en fluida comunicación con toda la música europea. Los compositores y los intérpretes de las tierras americanas seguían la tradición estilística de la música peninsular y los galeones, que navegaban hasta el Nuevo Mundo, transportaban partituras de los autores españoles, que se difundían por los dilatados territorios de las colonias y se interpretaban en conventos, iglesias y palacios. Naturalmente, la incuria del tiempo, las guerras y las revoluciones han hecho desaparecer una gran parte de estos documentos, pero la búsqueda de los investigadores por los archivos hispanoamericanos nos va descubriendo muchos pentagramas olvidados, que forman parte del acervo musical español, y son valiosísimos para su conocimiento.

Un interesante ejemplo de la presencia de la música hispana en el continente americano son las obras religiosas de Carlos Patiño, un importante compositor español del sigo XVII, injustamente olvidado, que, aunque nunca debió viajar a las Indias, alcanzó gran prestigio por aquellas tierras, pues se han encontrado copias de sus partituras en numerosos lugares del ámbito andino. Es curioso subrayar que algunas de estas copias llevan la indicación de haber sido interpretadas en la segunda mitad del siglo XVIII, lo que supone una dilatada persistencia histórica. Había nacido, el año 1600, en el pequeño pueblo conquense de Santa María del Campo Rus. Aunque sabemos poco de su biografía, debió ser cantor en la iglesia de su aldea natal y después en Sevilla, donde estudió con Antonio Lobo, discípulo de Francisco Guerrero. En 1628 marchó a Madrid donde trabajó en el Monasterio de la Encarnación y, a partir de 1628, ocupó el importante puesto de Maestro de la Capilla Real de Felipe IV, sucediendo a su rival, el flamenco Mathieu Romarin. Además de numerosa música religiosa, escribió ‘Tonos humanos’: madrigales y canciones de tema profano o teatral.


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