Semanario de LA VERDAD
 
 
 


CRÓNICA DE ACTUALIDAD

Naturaleza viva de Luis M. Pastor

Foto

PEDRO SOLER


De nuevo, estamos atravesando fechas en las que se acumulan las actividades. No se trata sólo del Festival Murcia Tres Culturas, que, si acaso ya no, lleva camino de convertirse en un acontecimiento de calidades y de resonancias. Aguarda una serie de exposiciones que reclaman la atención, desde espacios públicos y privados.

Empecemos por Luis Manuel Pastor, de quien, hace aproximadamente dos años, y con motivo de una exposición en el Palacio del Almudí, se escribía en esta página que era un pintor ardoroso, enfrascado en unos desnudos de muy distinto significado (sumisión, religiosidad, erotismo...). Y se añadía que de sus cuadros surgían vivísimos colores, con claro predominio de rojos intensos.

Este pintor vuelve, ahora en la sala El Martillo, de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, con otra exposición, que, bajo el título Natura morta ma e viva -denominación ya asignada a algunas obras de la anterior muestra- reproduce momentos y sensaciones de alguna manera también descritas, o al menos apuntadas. Se trata de una insistencia lógica, algo normal en un artista, salvo que se produzca en su espíritu una variación tan brusca, que borre los rasgos mantenidos desde siempre. Pastor se mantiene fiel a su manera de comprender y hacer la pintura, pese a que el ardoroso cromatismo pueda inducir al espectador a pensar si es precisa tanta necesidad de remover e inquietar la visión.

Pero seguir escribiendo en este tono sería reinsistir innecesariamente en lo ya tratado. Ahora bien: en esta exposición hay obras que sí debieran comentarse casi como novedad, porque, en su conjunto al menos, no estuvieron presentes en la anterior. Son aquellas en las que los bodegones se sobreponen al resto de las imágenes. Antes, sí, hubo ciertos atisbos en la serie de desnudos, entre los que jugueteaban granadas y limones, peras y racimos de uva, huevos y cerezas. En esta ocasión, Pastor ha dedicado un espacio concreto y definido, y un tiempo preciso, a recrearse en los bodegones. Sobre ellos, y pese a las tonalidades tan delicadas que puedan mostrar en su origen las frutas retratadas, el pintor ha volcado toda la intensidad y la entrega que también presiden sus desnudos. No vale equiparar, ni contraponer entre una y otra temática. Sí hay que contemplar la exposición en su totalidad; e igualmente hay que advertir que sobre esa totalidad se derrama la fuerza que Pastor busca en cualquier cuadro. Le importa poco ajustarse a unas normas de matemática precisión; lo que pretende es mantener su forma de transformar y de producir todo aquello que su sentido artístico le inspira.

Hay una cierta dosis de fauvismo inyectada a cada una de las obras expuestas; lo mismo que hay una despreocupación casi absoluta por culminar para los ojos del espectador lo que, según su interpretación propia, está suficientemente culminado.

En cuanto a lo de Natura morta (naturaleza muerta) habría que traducirlo, aunque parezca contraproducente, en la vivacidad y en el movimiento que Pastor persigue con una constancia incansable. Es también la lucha por la búsqueda de una significación, que puede emanar de esos sueños que se van confabulando en sus cuadros o de esa mezcolanza de diosas, desnudos y frutas. Parece que, siempre hay un mensaje que nadie mejor que el propio autor sabe interpretar y ofrecer.

ACUARELAS DE ZACARÍAS CEREZO

Y ante de que el tiempo se agote, es preciso reclamar la atención sobre la muestra que un pintor silencioso, como es Zacarías Cerezo, presenta en la sala de la Cámara de Comercio. La exposición se titula Chícamo, el río de barro, y gira en torno a los alrededores de Abanilla, por donde fluye (?) el mentado protagonista. Son medio centenar de acuarelas, que alumbran sequedad, abandono, ramblizos, chumberas, almendros en flor y pequeños oasis.

Para quienes no se consideren exégetas absolutos de la pintura, y todavía crean que, por muy avanzados que se fabriquen los moldes, siempre habrá una forma personal y atractiva de interpretar el paisaje, la colección de obras de Zacarías Cerezo encierra una emocionante visión. Hay obras, en los que la luz es un reflejo manifiesto de un atardecer o de un amanecer, y hay juegos de colores llenos de autenticidad.

Todas las características que pueden conservar un paisaje natural, y de inhóspita apariencia, brotan en estos cuadros, pero el autor no ha falseado las obras, para hermosearlas indecentemente; más bien, las ha recogido, primorosamente, desentrañando su interioridad. No hay falsa poesía en una luminosidad irreal. Hay, sí, palmeras que se agitan en su soledad, y muestran su dominio del horizonte. Hay árboles retorcidos por el abandono y ruinas que transmiten la importancia que tuvieron en su momento de esplendidez. cuadros suficientes para recrearse en la


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