Semanario de LA VERDAD
 
 
 


MÚSICA

Ataulfo Argenta

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ORQUESTA. Ataulfo Argenta dirigiendo.

ANTONIO DÍAZ BAUTISTA


Los años de la postguerra española no fueron propicios para la Música. Quizás algún día acierten los historiadores a explicarnos las causas. Siempre hemos pensado que aquel desdén de la sociedad hispana hacia el arte musical se debía a las penurias económicas y a la falta de libertad política, pero, si nos fijamos, en los países europeos, había una vida musical mucho más brillante que la nuestra, a pesar de la miseria que sufrían tras la Segunda Guerra Mundial, y, por otra parte, cuando Alemania, Italia y los países del Bloque Soviético estuvieron sometidos a dictaduras aún más opresivas que la franquista, floreció la Música, aunque el Poder intentase imponer sus criterios, incluso en este terreno, tan alejado de la política. Sólo en los años sesenta algún grupo de jovenzuelos comenzamos a acercarnos a los conciertos y a los discos, enlazando con la muy minoritaria élite de los mayores, que habían mantenido la afición musical en aquella etapa difícil. Por eso resulta casi milagroso que en la España de aquellos años surgieran algunas figuras destacadas, que alcanzaron renombre internacional, como Ataulfo Argenta, cuya muerte temprana truncó una brillante carrera en la dirección orquestal. No llegué tiempo de poder escuchar en directo sus interpretaciones y, para oprobio de sus compatriotas, no son muy frecuentes sus grabaciones, si exceptuamos las de algunas zarzuelas.

Ataulfo Argenta nació en Castro Urdiales (Santander), en 1913. Estudió piano en el Conservatorio madrileño, obteniendo brillantes calificaciones, y, después en Lieja y Berlín. En su juventud actuó con gran éxito como pianista en diversas ciudades españolas y extranjeras. Cuando regresó para establecerse en España, estalló la Guerra Civil y fue movilizado. Al finalizar la contienda contrajo matrimonio con Juana Pallarés, una antigua compañera del Conservatorio, y reanudó su carrera como músico, pero los tiempos eran difíciles y tenía que tocar en teatros y orquestas de bajo nivel para sobrevivir. Salió del ostracismo cuando consiguió una beca para estudiar en Alemania con Carl Schuricht, quien le aconsejó dedicarse exclusivamente a la dirección de orquesta. Consiguió, por oposición, una plaza de profesor de piano, en el Conservatorio de la ciudad alemana de Kassel. Volvió a nuestra Patria, donde fundó la Orquesta de Cámara de Madrid y, en 1947, fue designado Director Titular de la Orquesta Nacional, sucediendo a nuestro ilustre paisano, el lorquino Bartolomé Pérez Casas. A partir de este momento su carrera como director de orquesta fue fulgurante, actuando tanto en Madrid como en las más prestigiosas salas europeas. Murió inesperadamente en la sierra madrileña, en enero de 1958, a los cuarenta y tres años, cuando aún cabía esperar mucho más de él. Como entonces era yo quinceañero, recuerdo haber oído comentar que falleció por una intoxicación de monóxido de carbono emanado de su automóvil, pero no he podido contrastar este dato, que, por lo demás, nada añade al recuerdo del gran director desaparecido.

Aunque se suele recordar a Argenta por sus interpretaciones de autores españoles, especialmente de Falla, su repertorio fue muy amplio, comprendiendo desde el Barroco, no muy en boga todavía, hasta los compositores más modernos: se recuerda su memorable dirección del Mesías haendeliano, y el estreno, que preparaba cuando le sorprendió la muerte, del Edipo Rey de Strawinsky. Pero sus mayores triunfos los logró con las obras sinfónicas de los grandes románticos: Beethoven, Schumann, Brahms y Tchaikovsky. Los críticos destacaban su exquisito equilibrio, su elegante sobriedad en el gesto y, sobre todo, su honradez, al preferir un rigor de corte germánico a los excesos y alardes temperamentales de carácter meridional que, seguramente, le habrían deparado un mayor relumbre ante el público menos exigente.


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