Semanario de LA VERDAD
 
 
 


MÚSICA

Música y pintura

Foto
CREADOR. El pintor José Lucas en su exposición Minotauro. / FOTOPRENSA

ANTONIO DÍAZ BAUTISTA


Sin duda por las profundas diferencias técnicas entre ambas formas de expresión artística, las relaciones entre música y pintura no han sido nunca muy fluidas. Cuando la música ha aparecido en los cuadros, ha sido casi siempre desde un aspecto puramente visual. Los conciertos de salón o campestres, los personajes que tocan, cantan o bailan, y los propios instrumentos musicales, han sido aprovechados por los pintores como motivos plásticos, sin pretender, o, al menos, sin lograr, que su representación suscitase en el espectador alguna sugerencia auditiva. La enigmática viola, arrinconada por Velázquez en Las Hilanderas, no despliega sensaciones musicales, sino que añade un punto más de misterio a un lienzo sobradamente misterioso y desconcertante. Quizá nuestro Ramón Gaya sea de los pocos pintores que ha imprimido un cierto sentido musical a su obra. Ni siquiera la pintura abstracta, que, al prescindir de la referencia a los objetos reales, podría haber asumido más fácilmente las connotaciones musicales, se ha prodigado en este aspecto, salvo algún caso excepcional, como, por ejemplo, las nebulosas, casi sonoras de Zóbel. Por el contrario, en el lenguaje de los comentaristas musicales, ha sido más frecuente el empleo metafórico de conceptos visuales y, consiguientemente pictóricos. Al hablar de música se recurre, a menudo, a expresiones como colorido, notas luminosas o sombrías, paleta sonora y otras de este tipo. Mussorgsky no tuvo inconveniente en glosar musicalmente los Cuadros de una exposición y el término pictórico impresionismo es universalmente admitido para caracterizar la música de Debussy y Ravel.

Me han venido a la mente estas reflexiones a propósito del disco, que comento esta semana, titulado Música para Minotauro, en el que los compositores Antonio Narejos y Miguel Franco traducen en música las sensaciones producidas por las pinturas que José Lucas dedicó al célebre monstruo mitológico. La interpretación de la partitura de Narejos corre a cargo del propio autor al piano, y la de Franco es traducida por el Cuarteto Saravasti. Por cierto que no esta la única ocasión en que este conjunto de cámara entra en contacto con la pintura, ya que el pasado otoño rindió homenaje a Mozart en la Sala Velázquez del Museo del Prado, en un memorable recital, ante el cuadro de Las Meninas. Las aladas notas del Genio de Salzburgo tuvieron la ocasión de entrar en el melancólico ambiente del Alcázar madrileño y posarse sobre la tierna infantita rubia, que llevaba esperándolas tres siglos y medio.

Abominable

Si el Minotauro de los dibujos de Picasso es un monstruo refinado y elegante, en su desvergonzado vitalismo, un cínico bon-vivant trasplantado de Creta a las playas de Antibes, el de Pepe Lucas es brutalmente telúrico, arrolladoramente abominable, inmisericorde, como la lava incandescente de un volcán en erupción, pura energía desmesurada, desnuda pasión sin el menor ápice de raciocinio. No caben con el Minotauro de Lucas pactos ni componendas, tan sólo es posible lo que con él hace el pintor: rematarlo, como Teseo, a golpes violentos de color, herirlo a fuerza de pinceladas y amortajar su cadáver sanguinolento en el ataúd del lienzo. Por eso pienso que ni Antonio Narejos ni Miguel Franco han pretendido hacer músicas del Minotauro, sino para el Minotauro, porque lo que recogen sus notas no es la desgarradora presencia del monstruo, sino la epopeya de su vencimiento por Teseo-Lucas. Sus partituras, a modo de réquiem, nos traducen la emoción estremecida que nos dejó en el ánima la visión de la espantable figura biforme del Minotauro, oprobio de la estirpe del rey Minos, fruto de la adúltera cópula de su esposa Pasifae con el blanco toro enviado por Poseidón, Opprobrium generis foedumque patebat matris adulterium monstri novitate biformis (Ovidio (Metamorfósis, libro 8).


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