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La novela que sublimó el incesto como categoría literaria

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SUE LYON. La actriz, que tenía 15 años y no 12, se convirtió en un poderoso icono, junto a James Mason en el filme de Kubrick.

‘Lolita’ cumplió medio siglo en el 2005. Ahora comienza la edición de las ‘Obras completas’ de Nabokov, incluido el guión que hizo para Kubrick

CÉSAR COCA


Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta (...) Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita». Así comienza una de las novelas más famosas del siglo pasado, y una de las que mantiene en mayor medida su prestigio entre los lectores. Los numerosos actos y publicaciones organizados por el medio siglo transcurrido desde la aparición del libro en un pequeño sello francés, en 1955, concluyen en este comienzo del 2007 con la edición en español del primer tomo de las Obras completas de Nabokov (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores; estrictamente es el tercer volumen de las mismas, aunque aparezca antes), que incluye La verdadera vida de Sebastian Knight, Barra siniestra y Pnin, junto a Lolita y un documento de enorme interés para los aficionados e inédito hasta ahora: el guión que el escritor de origen ruso hizo para Kubrick y que éste rechazó a la hora de rodar la película del mismo título. Un rechazo inevitable, porque, entre otras cosas, el filme derivado del mismo habría superado las siete horas de duración. La novela dio fama a su autor aunque Kubrick y su película tuvieron parte notable en la responsabilidad de convertirla en una de las más leídas y estudiadas del siglo. Y en una de las pocas que ha creado un término: lolita es en castellano una adolescente atractiva y seductora. Quizá a la definición le falta un adjetivo algo más perverso.

La muchachita tendría hoy 63 años. Sería una mujer menuda, probablemente de modales vulgares y dueña de una biografía sin demasiado relieve, más allá de su lejana relación con su padrastro. No veamos en ello, sin embargo, ninguna referencia a una Lolita real, porque no la hubo en vida de su creador. Nabokov insistía mucho en que los lectores no debían ver relación alguna entre lo escrito y el autor, por más que en ciertos casos hubiese paralelismos más que evidentes. No obstante, Lolita sí es la sublimación en la mente de un hombre maduro (el protagonista, Humbert Humbert) del recuerdo de una muchachita a la que amó cuando ambos eran adolescentes y que murió poco después en la isla de Corfú. Nabokov lo cuenta con detalle al principio del relato, como si quisiera dar base al curioso prólogo de un inexistente doctor John Ray, que califica el texto de «exposición de un caso clínico». El prólogo es un sarcasmo del autor, que tuvo que hacer frente con esta novela a más dificultades de las habituales en una tarea así.

Obstáculos

El primer obstáculo fue con el idioma. Nabokov había nacido en el seno de una familia rusa adinerada, de las que veraneaban en la Costa Azul, y pronto aprendió el inglés y el francés. De hecho, según reconoció en la famosa entrevista a Bernard Pivot para la televisión francesa (una de las pocas que concedió), a los 3 años se expresaba mejor en inglés que en ruso. Además, estudió en Cambridge, donde se mostró también como un notable portero de fútbol, y más tarde impartió clases de Literatura en universidades de EE UU.

Resulta por tanto algo extraña su insistencia en destacar las dificultades a las que había tenido que hacer frente para escribir en una lengua que no era la suya. No sería la materna, pero para cuando comenzó a usarla para la escritura llevaba muchos años hablando más tiempo en inglés que en ruso. Pero sin duda fueron dificultades reales, porque de hecho su esposa Vera salvó de las llamas -al menos en una ocasión, hay quien asegura que fueron dos- el manuscrito de Lolita, adonde había ido a parar ante la impotencia de su creador para conseguir esos matices lingüísticos que buscaba.

Vera, su amada Vera, estaba moralmente obligada a sacar a Nabokov del atolladero. Fue ella quien le convenció, allá por 1940, de que debía abandonar el ruso porque se había quedado literalmente sin público lector. Hasta ese momento, había publicado diez libros en esa lengua («la historia de mi vida se parece menos a una biografía que a una bibliografía», llegó a comentar en referencia a sus dos etapas literarias). Borrón y cuenta nueva. Como si fuese empezar de nuevo. «Mi inglés (...) es una cosa algo rígida, artificial, que puede estar muy bien para describir una puesta de sol o un insecto, pero que no puede ocultar la pobreza de la sintaxis y la escasez de lenguaje casero», escribió.

La lectura de Lolita, con sus prolijas descripciones y sus mil y un matices parece revelar que la lengua fue otra fuente más de manías para un escritor que las tenía todas. Como cuenta Javier Marías en uno de sus trabajos (Vidas escritas), Nabokov odiaba el jazz, el circo, los camiones, las piscinas, los transistores, el bidé, los yates, los insecticidas, la música ambiental... La lista parece interminable.

La segunda dificultad fue la censura. Aún hoy, la carga erótica de Lolita es evidente, pero no parece un libro capaz de escandalizar por ello a demasiados lectores. El incesto y la pedofilia que se plantean de forma descarnada es otra cosa, menos frecuente en la historia de la literatura. Edipo inauguró el uso del incesto como material literario, pero Lolita lo llevó hasta un punto casi inimaginable. Por todo ello, en 1954 cuatro grandes editoriales estadounidenses se negaron a publicarla. El responsable de una de ellas se lo explicó con claridad: si la editaba, irían a la cárcel ambos. El asesor de otro sello le propuso un cambio sorprendente: sustituir a Lolita por un muchacho de su misma edad, a quien Humbert seduciría en un pajar, todo ello con un lenguaje muy violento.

Nabokov no aceptó cambios, aunque era consciente de que había tocado uno de los tabúes de la sociedad estadounidense. «Es muy cierto -escribió- que mi novela contiene varias alusiones a las necesidades fisiológicas de un pervertido. Pero, después de todo, no somos niños, ni delincuentes juveniles analfabetos, ni alumnos de escuelas públicas inglesas que, tras una noche de juegos homosexuales, deben soportar la paradoja de leer a los clásicos en versiones expurgadas».

El artificio

La novela fue publicada finalmente en París, en el sello Olympia Press, que tenía en su catálogo al marqués de Sade y a Henry Miller. A partir de ahí, el relato subió a buen ritmo los peldaños que llevan hasta la fama. No es, con todo, una novela de lectura demasiado fácil, por esa artificiosidad que tienen todos sus textos y que han destacado muchos autores, Marías entre ellos. La extrañeza no viene a cuento: en Nabokov no se hallan demasiadas concesiones a la espontaneidad ni a la sencillez. En sus clases universitarias, por ejemplo, llevaba su intervención cuidadosamente escrita, la leía con detenimiento y exigía que sus alumnos tomaran notas casi al pie de la letra de cuanto decía. Llegó a plantearse incluso la posibilidad de enviar al aula una cinta grabada con la clase para no tener que ir.

Sus textos son a veces tan minuciosos que el artificio llega a hacerse algo asfixiante. Cuando cuenta su peripecia como guionista del filme anota detalles tan nimios como la hora a la que atracó su barco en Nueva York o el número de cabina en la que viajaba. Y asegura que disfruta contando esas cosas. En sus entrevistas exigía siempre conocer de antemano las preguntas y llevaba las respuestas ya escritas. Ni siquiera ante una cámara de televisión evitó hacerlo. Algo de ese artificio, brillante, sofisticado incluso en la descripción del ambiente de pequeñas ciudades del interior de EE UU, se muestra también con claridad en la novela que le hizo famoso.

El poderoso haz de luz que Lolita proyectó sobre Nabokov hizo que sus siguientes novelas fueran recibidas con expectación, y que se tradujeran al inglés algunos de sus libros anteriores en ruso. A diferencia de otros escritores cuya obra queda oscurecida por un único título, nunca renegó de su novela más famosa. Incluso se empleó con afán en traducirla al ruso, aunque era consciente de que no viviría para verla publicada en su lengua materna.

«Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño», dijo de sí mismo una vez. Quizá pensaba en el niño que al principio de Lolita se enamora de una muchachita de su edad y que 30 años más tarde se ve arrastrado por la pasión incontenible suscitada por una nínfula.


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