Semanario de LA VERDAD
 
 
 



Desde la caseta

Las ferias y presentaciones de libros proporcionan a los escritores situaciones hilarantes, ridículas, curiosas...

JUAN BAS es escritor.

Desde una caseta de feria del libro uno tiene una percepción extraña del mundo que pasa por delante -nunca mejor dicho-. Y por las curiosas anécdotas que se dan en estos actos de humildad y contricción que son firmar libros, parece que algunas de las personas que se te acercan a la caseta, también, dado los extraños huesos que te sueltan.

Uno de los fenómenos frecuentes es el de la confusión de identidades o directamente el da igual uno que otro. Marta Rivera de la Cruz firmaba este Sant Jordi su novela En tiempo de prodigios. Cuenta que le vino una señora blandiendo un libro de Lucía Etxebarria para que se lo firmara. Marta le dijo que mejor que lo hiciera la autora. La señora: «¿Y no es usted autora?» Marta: «Sí, pero no de este libro». Señora: «¿Y éste quién lo ha escrito?». Marta: «Lucía Etxebarria». Señora: «¿Y no es usted?». Marta: «Pues no». Señora: «¿Y cuándo viene ella?». Marta: «No tengo ni idea». La señora le puso cara de asesina, bufó y se fue.

Fernando Marías firmaba en Madrid El niño de los coroneles. Le vino un señor con un libro de Antonio Gala para que se lo firmara. Fernando le hizo ver eso, que era un libro de Gala, a lo que el señor adujo: «Ya, ya lo sé, pero es que él tiene mucha cola y total, también usted es escritor».

Miscelánea. Me contó Verónica Vila-San-Juan que en la parada de Las Ramblas de la librería Negra y Criminal, una mujer le dijo a Paco Camarasa: «Deme una novela de esas negras, pero que tenga poca sangre».

José Luis Muñoz firmaba Lluvia de níquel. Vio a un hombre que hojeaba la novela muy interesado. José Luis desenfundó la pluma, presto a firmársela, pero el hombre se escabulló hábilmente entre la gente y se marchó sin pagarla. Dice que se sintió honrado de que robaran su novela más negra. Seguramente, el librero menos.

Por la megafonía de la feria de Durango anunciaban que Iban Zaldua firmaba su novela Si Sabino viviría. Se le acercó un señor con chapela, muy enfadado, y le dijo que venía a comprobar lo que había oído por los altavoces porque no daba crédito. «El verbo está mal conjugado -le espetó con gravedad-, tendría que poner viviera. ¿Cómo no se ha dado cuenta su editor? ¿Ya no hay correctores de pruebas en las editoriales?» Al bueno de Iban no le dio oportunidad de explicarle lo que resultaba obvio, que el título así, era deliberado.

En Sevilla, Juan Ramón Biedma firmaba su novela El espejo del monstruo. Cuenta que le vinieron dos señoras muy mayores, una de ellas ostensiblemente beoda, que le dijo a la otra: «Éste es sobrino del catalán no sé qué de Biedma.» A continuación, cogió uno de los libros, ¡al revés!, y se puso a leerlo con atención. Después, lo tiró con desprecio contra la pila de los demás, derribándola, y concluyó: «Éste es un sobrino enchufado del catalán.»

Toti Martínez de Lezea firmaba en Vitoria su primera novela, La calle de la judería. Para hacer bulto y que pareciera que firmaba mucho, seis parejas de amigos se pusieron en fila india, como si no se conocieran, cada uno con un libro en la mano. Hoy en día ya no le hacen faltas estos divertidos recursos para poder firmar un montón de libros. También me contó que en otra ocasión una señora le metió un rollo recordando sus días de colegio juntas. El único problema era que Toti no había ido a ese colegio. Y eso sí, por muchos libros tuyos iguales que pongan juntos delante, y tu foto a tu lado, por sistema te confundirán con el librero y te pedirán El código Da Vinci. El colmo me sucedió en la feria de Bilbao, con una pareja que mientras hojeaba un libro mío, conmigo allí de estatua, me puso a parir.

Lo mejor me ocurrió en la feria del libro de Madrid con Alacranes en su tinta. Aquí la cuestión no fue el que me confundieran con otro o me tomaran por una figura de escayola. En la feria de Madrid, situada en El Retiro, hace siempre demasiado calor y es fácil caer en la alucinación. Una señora cogió la novela y mientras miraba el título me dijo: «Tengo que decirle que este libro suyo de calamares con tomate es una auténtica guarrada. Me ha dado hasta vergüenza leerlo». Yo balbuceé que nadie le había obligado a leerlo. La señora puso gesto como de verme putrefacto y añadió: «¡Bueno! ¡Bueno! Es igual. Póngame dos, pero no quiero que me escriba nada».

Las presentaciones de libros también son terreno abonado para el surrealismo. José Carlos Somoza, que antes de dedicarse en exclusiva a la literatura ejerció de psiquiatra, me contó que al final de una presentación, creo que de La dama número trece, se le acercó un hombre muy alto y circunspecto que le preguntó: «Señor Somoza, ¿usted es psiquiatra, verdad?». Ante la respuesta afirmativa, el hombre le tendió la mano y le dijo: «Encantado de conocerle, yo soy psicópata».

A José Javier Abasolo, durante la presentación de su novela Hollywood-Bilbao, se le puso malo de repente el presentador y tuvo que abandonar la mesa. El voluntarioso Abasolo hizo con presteza del problema ventaja y consideró que quedaba bien en la presentación de una novela negra algo que se podía tomar como la escenificación de un envenenamiento.

Julio Murillo, finalista del premio Alfonso X El Sabio con Las lágrimas de Karseb, tuvo que hacer toda una gira de presentaciones con la ganadora, Ángeles Irisarri, por Romance de ciego. Me contó Julio que durante los actos, la señora Irisarri, en su turno preferente, era de tal laconismo que él se acostumbró a completar sus escuetas frases y a hablar de su novela. A ella debió de parecerle bien y lo cogió de muleta. Así, le decía por ejemplo: «Explica, Julio, explica por qué le puse ese título de Romance de ciego».

Lo que es terrible es cuando no va nadie o casi nadie a una presentación y te ves allí de convidado de piedra. Toti Martínez de Lezea, cuando presentó La voz de Lug en Oviedo, se encontró con que había una única persona. Hizo la presentación, como la tenía pensada, para esa solitaria asistente. Después, pensó que mejor le habría invitado a un café.

Y la cota más alta de los absurdos que a veces se dan en este oficio está en la anécdota de Rafael Reig a cuenta de una presentación en la Fnac de Zaragoza. No fue nadie, así que su presentador, Ismael Grasa, y él, dieron por cancelado el acto. Pero los de la librería les dijeron que no podía ser porque tenían que grabarlo en vídeo. Debían fingir la presentación como si la sala estuviese llena e incluso contestar preguntas -ya me gustaría ver ese fantasmal vídeo-. El cachondo de Rafael dice que fue la mejor presentación de su vida y que se lo pasó en grande. «Veo muchas manos levantadas. A ver. Primero la chica del fondo... Voy a repetir la pregunta porque creo que no se ha oído bien». Genio y figura.


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