Semanario de LA VERDAD
 
 
 


CRÓNICA DE ACTUALIDAD

Colores fuertes, colores suaves

Foto
Paisajes de Pablo Lambertos y de Pepe Galiano.


o es necesario preguntar qué pretende mostrarnos Pablo Lambertos con su pintura. Para unos será un modo de mezclar colores en un tonos fuertes, que provoquen la atención del espectador; para otros, tras ese colorido intenso, debe existir un mensaje que será preciso, y que costará, descubrir.

Así las cosas puede parecer que no hay nada más allá que lo que los ojos contemplan -esas ráfagas de colores- o que el mensaje es pieza obligada en toda obra de arte. Quizá hay que dar de lado a las obligaciones que nos autoimponemos para poder interpretar y sentir sensación placentera ante un cuadro.

Lo primero que ofrecen las obras de Lambertos, expuestas actualmente en la Galería Fernando Guerao, es placidez, sin complicaciones y sin escándalos, gracias a ese cúmulo de colores repartidos, salpicados, colocados en sus espacios debidos. ¿Acaso no es suficiente? Sea como fuere, hay quienes se inclinan más por ver, tras esos cuadros, como sueños inconclusos o como otro modo de ir abriéndose camino. Quizá, lo que aquí se impone es un modo personal de ver las cosas, lejos de las normas que nos quieren complicar la existencia a base de métodos que aburren de tan manidos.

Es que hay pintores que agobian con su insistencias, que sólo ellos entienden, pese a que quieren imponer a cada obra un tocado lleno de presuntos misterios, de cifras indescifrables y de palabras ininteligibles. Y así, cansan.

Es que no se hace preciso recurrir a lo indescifrable. En la obra de Lambertos también aparecen las cifras y las palabras, pero más bien son instrumentos con los que colmar un espacio; son colores que forman parte del conjunto, sin necesidad de concederle mas significación de la que por sí mismos encierran. Aparece un número tres, lo mismo que podría hacerlo un cuatro. Son eso: un color más, que utilizar en ese contexto global.

Cuando una pintura no ofrece una imagen definida, es difícil de entender cuál es la pretensión primaria de su autor. Por eso, es complicado adentrarse por desconocidas rutas de los descubrimientos. Aún así, somos capaces, con tal de perseguir el sinsentido de muchas cosas, de buscar misterios donde solo hay naturalidad. La pintura de Lambertos es natural, espontánea, que no quiere decir que no esté trabajada debidamente, para encontrar espacios precisos sobre los que verter un afinado conjunto de colores. Podría decirse que cada obra está dividida en departamentos, y cada uno de ellos acoge una serie de colores precisos. Son como experimentos, en los que utiliza esos materiales tan diversos (madera, papel, aluminio, látex, metacrilato, fotolitos, metales, colas, barnices...), que aplica a sus creaciones. Con ellos hace y deshace hasta dar con la configuración, que quiere asignar a sus obras, en las que prima -por enésima vez- el dominio del color sobre cualquier otra fase y metodología, aunque también pueden descubrirse, debidamente solapados, los objetos que acompañan. Hay que hacer una salvedad: el uso del color por sí mismo entraña un riesgo respetable.Puede chocar, puede herir. En Lambertos, por fuertes que sean los colores, son bien recibidos.

PAISAJES DE GALIANO

En la sala de exposiciones de Cuadros López (plaza de San Pedro) cuelga sus paisajes Pepe Galiano, quien, por lo leído en el catálogo de una muestra todavía reciente, en Blanca, pueblo natal del pintor, se ha pasado veinte años utilizando los pinceles, pero sin haberse atrevido a presentar al público su obra. Y, por lo que contemplarse puede, es una pintura que parece iniciática, amable y llena de búsquedas. La exposición está compuesta de paisajes a la acuarela. Y en todos ellos se utilizan unos colores de tonos suaves, como si quisieran ir en consonancia con el espacio natural que el autor ha elegido.

Lo más curioso pudiera ser las diferencias que se advierten en el modo de reproducirlos. Por eso se cita anteriormente la vertiente inicial, porque Galiano no parece haberse decidido por una forma concreta de plasmar lo que contempla y, mucho menos, de concluirlo de un modo definitivo. Parecen indicios que surgen de quien quiere posesionarse de una forma de pintar, pero por la que todavía no se ha decidido. Hay obras que son amagos de decir las cosas, con unos trazos muy sueltos, como proyectos y apuntes, frente a otras en las que ya se dibujan líneas precisas y unos fondos coloreados a conciencia. Lo que sí derrochan los cuadros de una u otra forma, estilo es placidez y deseos de llegar hasta el final del horizonte, captando la anchura y la altura del paisaje con unos tonos que, sin idealizar, parecen invadidos de verdadera naturaleza.


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