Semanario de LA VERDAD
 
 
 



Pedro Serna, formas sencillas

Foto
'Huerta de Blanca', de Pedro Serna; y 'Vista de Venecia', de Antonio Sánchez.

Atravesamos unas fechas más que atractivas en lo que a exposiciones de arte se refiere, en las salas privadas y públicas. Además, con much variedad de géneros y de estilos. Pero uno cree que se debe ofrecer prioridad a las cosas que nos rozan, incluso acarician, más de cerca. Como puede ser la exposición que Pedro Serna presenta en la galería Chys, bajo el título de Murcia, una mirada.

¿Qué decir, a estas alturas, de la pintura de Pedro Serna, respetado y, pese al tiempo transido en su trayectoria, tan fiel a una forma de entender nuestros entornos? A la hora de ocuparnos de su obra, no debiera hacerse referencia a su modo de interpretar lo que tiene ante sus ojos. Más bien habría que referirse a su modo de transcribir, a través de sus acuarelas, los paisajes que tiene y contempla, al alcance de la mano. Aunque algunos puedan mostrar un deje de lejanía, el pintor nos los acerca de una forma no crítica, ni de ruptura; no forzada, sino con la mayor suavidad que sus pinceles saben transmitir.

En esta Murcia, una mirada, lo mismo nos enseña la mancha gris en que se está convirtiendo el cielo azul, que los rincones marinos que han perdido su furor, incluso sus colores, y que nos llegan en unos tonos de irreal mansedumbre. Hay de todo lo que cabe en la pintura que conocemos de Pedro Serna. Pero, como otras veces, él se recluye con mayor serenidad, para rendirse ante la enorme autenticidad de los reflejos de la huerta. Por eso pinta la acequia rodeada de verdores, casi marchitos, y con un agua que, aunque no huele, nos parece envejecida y sin fuerza para rompe su inmovilidad. Surgen impasibles las palmeras solitarias, que dominan todo el horizonte lejano. Y, sobre todo, descubre las casonas que se impusieron en su momento y que ahora son solo testigos de una época, pero que aún conservan el colorido desvencijado de su abandono. También está la balsa en la que la luz lucha por reflejarse ante el agua incolora; o la sendas perdidas salpicadas de cañaverales y matojos. Y los bodegones, en los que la mayor insignificancia casera se convierte en una mirada atractiva, emocionante.

Siempre hemos dicho que en la pintura de Pedro Serna hay un reflejo de la que nos dejara el gran Ramón Gaya. Es el propio pintor quien ya ha declarado, más de una vez, que sin seguir con exactitud las rutas pictóricas del genial pintor fallecido, sí ha mostrado su admiración hacia su pintura y su obra, que, ¿por qué no?, dejaron en el modo de hacer del pintor vivo unos dejes, que no tienen por que ser irrenunciables. Pero junto a eso está esa fidelidad personal, que lo ha mantenido, entresacando de su interior toda la obra que hasta ahora nos ha legado. Y Pedro Serna es pintor de fe, de mucha fe en sus planteamientos, porque, de lo contrario, no hubiera alcanzado la cota -el también cree en ello razonadamente- de calidad que de sus obras han ido manando poco a poco, hasta llegar al convencimiento. De no ser así, hubiese sido imposible mantenerse en una esencia, en una pintura y en sus reflejos.

Lo malo, cuando se trata de comentar obras de arte, es llegar al disparate asombroso, que lo puede ser aún más al opinar sobre las pintura de Pedro Serna. Uno piensa que lo mejor que puede escribirse es que está basada en unas pautas de sencillez, capaces de estimular al espectador. Pedro Serna pinta lo que ve, y cómo lo ve. Le cueste más o menos -es su problema-, lo mejor es que siempre aparece como una obra que recuerda, que atrae, que dice, sin autosuficiencia y sin aspavientos.

ANTONIO SÁNCHEZ EN CUADROS LÓPEZ

Siguiendo con lo dicho al principio, la exposición de Antonio Sánchez en la sala de Cuadros López también es muy cercana; por una parte, porque este es un pintor que siempre se ha caracterizado en esta y en otras muestras por su dedicación a recoger paisajes de la tierra, sin olvidar, como en esta ocasión ciudades tan pictóricamente atractivas como siempre ha sido Venecia. Paisajes de aquí y de allá es lo que el pintor ofrece. Y si en unas líneas precedentes se insistía en la suavidad o en la sencillez de Pedro Serna, a la hora de ocuparse de Antonio Sánchez hay que exponer posiblemente como una de sus dotes más atractivas la fuerza colorista que encierra cada una de sus obras. Hace un juego constante de azules -el azul es el color predominante, insustituible en la creaciones expuestas- con verdes atenuados, salpicados de amarillos, que conforman un conjunto más que llamativo, personalista. También es un pintor fiel a una línea de ideas y de resoluciones, porque sabe que cuanto hace es del agrado del espectador. Esta oferta no quiere expresar una inclinación viciosa hacia los gustos ajenos, sino la seguridad de que sus creaciones surgen del convencimiento y, al mismo tiempo, tienen capacidad para convencer al espectador.

Cultiva un estilo en el que no se ha dejado captar por esas visiones, tan en boga, de corte casi matemático, lineales. en los paisajes urbanos. El pintor gusta de dar rienda suelta a su imaginación y sobre los cuadros vuelca un sentimiento arrebatador, expresado en la fortaleza de los colores.


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