Algunos llevan la batuta en casi todos los grupos en los que participan: empresa, familia, peña deportiva, grupo parroquial, amigos, comunidad de vecinos, etcétera. Otros, sólo en alguno de esos grupos o en otros socialmente alternativos e, incluso, contraculturales.
El caso es que todos, de manera sostenida o puntualmente, asumimos alguna vez el protagonismo que lleva a que los demás nos sigan y hagan lo que proponemos, y eso nos hace sentirnos bien porque conseguimos lo que queremos, porque somos el centro de todas las miradas, porque experimentamos una sensación de poder.
¿Qué es eso del liderazgo? Basta con que el líder de un grupo manifieste un deseo para que siempre haya alguien dispuesto a satisfacerlo. Eso es influencia -una persona ha logrado que otra actúe voluntariamente y con un fin preciso- pero también se da entre amigos, hermanos y compañeros de trabajo como intercambio de favores.
¿Qué distingue entonces la influencia de un líder de la de cualquier otra persona? De entrada, cuando uno hace lo que le sugiere el líder del grupo al que pertenece -ya sea laboral, familiar o de su peña deportiva- espera algo que ningún otro miembro le puede dar aunque todos contribuyan a su aprobación, acogida, seguridad, etcétera.
Hablamos de reconocimiento -y, por tanto, de la afirmación de la propia valía-, lo que sólo puede proporcionar quien está facultado por su saber, por su peculiar manera de ser o porque tiene derecho formal.
En definitiva, porque tiene autoridad y seguridad. Y la firmeza que se desprenden de éstas satisfacen la necesidad de filiación que todos tenemos.
En el siguiente artículo hablaré sobre qué tienen los líderes que hacen que sus seguidores quieran parecerse a ellos.