ENERGÍA: ÉTICA, SOCIOLOGÍA
Y ECOLOGÍA
14-01-2001
El físico Stephen Hawking,
en su "Historia del Tiempo" describe
atractivamente que es la disipación de
la energía lo que atrapa a las tres flechas
del tiempo. La primera, la termodinámica,
señala la dirección en que aumenta
el desorden o entropía. La sicológica,
apunta el sentido en que opera nuestra memoria,
distinguiendo entre pasado, presente y futuro.
Y la tercera, la cosmológica, indica
la dirección en que se expande el Universo,
aumentando su desorden.
La energía es el componente
crucial de nuestra civilización, como
un informe técnico americano señalaba,
hace unos años: "La energía
es la fuerza propulsora, el factor universal,
que permite a la gente convertir los recursos
materiales en bienes y servicios útiles.
El suministro de energía es el factor
que limita la producción, así
como la fuerza que la impulsa". No siempre
ha sido así y, por ello, el de la energía
será posiblemente el hecho diferencial
más característico de los siglos
XX y XXI.
EXOSOMÁTICA. Para
referirnos a la energía hemos de medirla
y distinguir entre energía (equivalente
a trabajo) y potencia (energía por unidad
de tiempo). Por ejemplo, es bien sabido que
la combustión metabólica de nuestros
alimentos nos proporciona la energía
individual que necesitamos, menos de 3.000 kilocalorías
(Kcal.) diarias. Como una Kcal. equivale a algo
más de 4 Julios (J), ello significa unos
12.000 KJ diarios, que distribuidos entre los
segundos de un día, representa una potencia
energética media para el ser humano,
una potencia somática, de unos 120 Watios
(W), es decir, un valor semejante al de una
lámpara normal incandescente.
Durante casi toda la evolución
de la Humanidad esta potencia somática
fue su principal referencia. A lo largo del
reciente progreso humano la potencia somática
ha permanecido casi invariable, pero se ha incrementado
la demanda de energía exosomática,
que se iniciaría con los troncos de leña
que mantenían encendido el fuego de los
campamentos. Pero, hasta el final del siglo
XVIII, la cuantía de la energía
exosomática estuvo muy restringida: tiro
de animales, viento (molinos), ruedas hidráulicas,
y pocos artilugios más.
En 1705 Thomas Newcomen fabricó
la primera máquina de vapor. Transcurrieron
70 años hasta que James Watt la transformó
en una eficacísima fuente de trabajo,
posibilitando el uso de la energía exosomática
como movimiento, fuerza, presión, etcétera.
Cuando, hacia finales de la 2ª Guerra Mundial,
el carbón se fue sustituyendo por el
petróleo, comenzó una nueva era
energética diversificada al añadirse
otras posibilidades de obtención de energía:
hidroeléctrica, térmica convencional
y nuclear.
En el pasado medio siglo la Humanidad
ha asistido a un despliegue energético
impresionante, aunque desigual e injusto para
la mayoría de los humanos. Y con efectos,
a veces muy nocivos, sobre nuestro medio ambiente.
Por ello, desde los 80 comenzó a adquirirse
una fuerte conciencia de que todas las fuentes
de energía llevan aparejados unos elevados
costes sociales y medioambientales. Surgen numerosas
preocupaciones e interrogaciones relacionadas
con el uso adecuado de la energía, consecuencia
de tener que contraponer esos costes con su
indispensable concurso en los procesos de desarrollo,
LIBRO. En este contexto,
el Consejo de Seguridad Nacional acaba de editar
un espléndido libro, Energía y
Sociedad en el siglo XXI, por el que debe ser
felicitado muy efusivamente. La esmerada presentación
es bellísima, acompañada de unas
excepcionales reproducciones de ilustraciones
procedentes de esas joyas bibliográficas
de los siglos X y XI, que se conservan en diversas
bibliotecas españolas, conocidas como
los beatos, es decir, el casi medio centenar
de reproducciones diferentes existentes de Los
Comentarios Al Apocalipsis, escritos en el siglo
VIII por el beato de Liébana.
Esas espléndidas y apocalípticas
imágenes acompañan a unas lúcidas
reflexiones que nueve especialistas prestigiosos
realizan sobre diversos aspectos relacionados
con la energía, entre ellos algunas de
tipo ético, ecológico, sociológico,
de conservación del medio ambiente o
de control y regulación de las fuentes
energéticas.
Por ejemplo, la escrita por Emilio
Muñoz Ruiz, profesor de Investigación
del CSIC, quien con un brillante pasado investigador
bioquímico y de responsable gestión
de la Investigación, actualmente está
muy dedicado al análisis de las relaciones
entre Ciencia, Tecnología y Sociedad.
Su valiosa aportación se titula Energía
y Ética, habiendo escogido como presentación
de la misma dos breves citas que resumen certeramente
el conflicto. La de Herbert Spencer destaca
lo positivo: "El progreso no es un accidente,
es una necesidad, una parte de la naturaleza".
La de Horace A. Vachell nos alerta: "En
la naturaleza no hay recompensas o castigos;
hay consecuencias".
Y es que sucede que las cifras
energéticas son muy preocupantes. En
primer lugar existe una realidad insoslayable.
La fuente energética última es
la del Sol y ha de sufrir muchas transformaciones
antes de llegar a ser utilizable por el hombre.
Así, una gran parte de la energía
eléctrica consumida ha de producirse
en ciclos térmicos, con rendimientos
entre el 20% y el 45%, lo que significa que
se disipa (calor) entre el 55% y el 80% de la
energía inicial, lo que se traduce en
que, literalmente, estamos evaporando ríos
de agua dulce o auspiciando efectos medioambientales
negativos (efecto invernadero).
DESIGUALDAD. Si examinamos
la situación energética de los
6.000 millones (M) de personas del mundo el
primer calificativo que nos acudiría
a la mente sería el de injusticia. La
potencia somática a la que antes nos
referíamos, los 120 watios, nuestras
necesidades energéticas para vivir, significarían
para cada individuo una energía anual
equivalente a unas 0,1 tep (toneladas equivalentes
de petróleo) y para toda la Humanidad
unos 600 M de tep. Sin embargo, el consumo mundial
de energía primaria supera los 10.000
M de tep, procedentes de petróleo (55%),
carbón y lignito (24%), gas natural (21%),
energías renovables (15%) y nuclear (6%)
Ello significa, que a cada persona, como media,
le corresponden 1,66 tep anuales, es decir,
que para nuestro confort usamos 16 veces más
energía exosomática, que la energía
somática que necesitaríamos exclusivamente
para vivir y que, durante milenios, les había
bastado a nuestros antepasados.
Los romanos antiguos usaban esclavos
a su servicio. Ahora, es como si cada persona,
como media, contásemos con 16 esclavos
mecánicos que realicen las tareas a nuestro
servicio. Además, con la memoria reciente
de la última crisis de petróleo,
puede parecernos increíble, pero esos
esclavos, la energía, nos resultan bastante
baratos. Considerando la renta media mundial
per cápita, y un precio de 30 dólares
para el barril de petróleo, los gastos
energéticos individuales no representan
más del 8% de nuestros ingresos económicos.
Pero el principal problema es
el desigual e injusto reparto energético.
Muchos millones de personas morirán de
hambre al no contar ni siquiera con el mínimo
energético somático, es decir
las 0,1 tep. Y 1.200 millones de personas, es
decir, el 20% de la población mundial,
han de conformarse con el 4% de la energía
total. Otros 2.000 millones de seres humanos
disponen de unas 10 tep anuales individuales.
Y los 1.200 millones, el 20%, de personas más
consumidoras, acaparan más del 58% de
la energía mundial. El caso de Estados
Unidos es el más llamativo: con un 5%
de la población mundial gastan un 25%
de la energía mundial. Cada americano,
anualmente, energéticamente significa
8 toneladas equivalentes de petróleo,
es decir, volviendo a la metáfora, cuenta
con 80 esclavos mecánicos. Mientras,
los europeos nos conformamos con "solo"
unos 35 de esos esclavos.
Y muchas interrogantes quedan
abiertas: posturas sociales, deterioro medioambiental,
alternativas energéticas, previsiones
y evolución futura, etcétera.
De algunas de ellas nos ocuparemos en el artículo
siguiente.