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Ciudad abierta
Cuando pienso en la Feria de Albacete me viene a la cabeza, inexorablemente, el título, que no la temática, de la magnífica película de Roberto Rossellini Roma, ciudad abierta, pero en versión castellano-manchega, Albacete, ciudad abierta. Lejos de ser una evocación espontánea, arbitraria, palabras semejantes, ritmos iguales, la evocación viene fundada, tiene cimientos: decir Feria, en Albacete, es hablar de una ciudad abierta; abierta a la provincia, a la región y al mundo. Albacete sin puertas, Albacete sin fronteras.

En mis años de concejala he podido observar con curiosidad sociológica cómo conforme se acerca el final de agosto y el inicio de la feria empieza a extenderse un discurso políticamente correcto, patriótico, beato, complaciente, de orgullo manchego, en una alocada carrera de a ver quién es más beato de la virgen de los Llanos, quién baila más manchegas y quién se siente más albaceteño y más manchego. Y «tenemos la mejor feria del mundo, y somos los mejores, y diez días de feria son pocos, y la cabalgata debería durar dos días…». Y me pregunto si se puede ser albaceteño, vivir en esta ciudad y vivir la feria, sin ser creyente, aficionado a los toros, llamarse Llanos, sentirse manchego o pensar que la feria de Albacete es la octava maravilla del mundo.

Y si se puede hablar de la feria intentando ser ecuánime, justo , equilibrado y sincero. Por su puesto, no hay en mí ninguna presunción de que los demás sean falsos o fingidores: el entusiasmo humano es libre, y los sentimientos también. Lo que reivindico es el derecho a sentir la feria de otra forma, digamos, laica y cosmopolita. Y sin duda la feria de Albacete puede entenderse como lo que simplemente es, un espacio abierto de ocio, fiesta y derroche. De exuberancia. De exceso. Todas las sociedades se desbordan en momentos puntuales, bien administrados y programados para el equilibrio del ocio y del negocio, del descansar y el laborar. En ese hacerse colectivo, la feria no es ni más ni menos que el esfuerzo común, fuera de la cotidianeidad, de hacer ciudad, sin mayores trascendencias ni discursos marianos: feria comercial, feria de ganado en el origen. En el ahora, a pesar del localismo ramplón, lo mismo: ocio y posibilidades de negocio, mercado donde mostrar lo que somos; o lo que queremos ser. Y ahí reside, a mi juicio, el meollo de la cuestión: no seremos mejores, no habrá más ciudad, no nos divertiremos, ni venderemos, ni seremos más en Feria por el regodeo autocomplaciente en lo que hay. Las sociedades crecen en pos de lo que tiene que haber. Las ciudades se ensanchan con lo que sueñan. Respiran cuando se abren a los distintos, a los otros, cuando hacen de su identidad no un pedestal desde el que mirar a los demás, sino una lanzadera desde la que arrojarse al mundo.

La Feria de Albacete crecerá con nosotros si la reconocemos abierta, plural, laica; porque nadie tiene el patrimonio de la fiesta. La Feria es de los creyentes y de los ateos; de los taurinos y los antitaurinos; de los seguidores de los Brincos y de los amantes de la ópera. La Feria es de los que tienen vacaciones y de los que no las tienen, suponer que porque es feria no se ha de poder dormir constituye, sin duda, una aberración más del discurso imperante. No caigamos, pues, en arengas populistas: la ciudad y la Feria que amamos no caben en el decir monocorde de los que pretenden imponer su feria; la ciudad y la Feria que queremos saldrá del coro multicolor de todas las voces de la ciudad. Albacete, ciudad abierta.

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