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La tragedia de la Feria de 1956
EL SUCESO. El camión que traía la pólvora para los fuegos artificiales estalló en la calle Santa Quiteria. Hubo un muerto, decenas de heridos y 12 casas destruidas
Fue una tragedia que conmocionó a los albaceteños como pocas. La capital tenía entonces unos setenta mil habitantes, y vivía una Feria tranquila, en los espesos años del franquismo más intenso. La explosión, cuentan las crónicas, se escuchó en toda la ciudad, y la nube de humo llegó hasta el Parque de los Mártires. Albacete, en el Ferial y fuera de él, se llenó de los rumores más alarmistas.

El camión, un Volkswagen matrícula V-23813, venía de Moncada, en Valencia, cargado con 25 kilos de explosivos para el castillo de fuegos artificiales que iba a dispararse en la explanada de la Plaza de Toros. Viajaban a bordo el conductor, Benjamín Giner; un hijo de la dueña del vehículo y tres operarios de la pirotecnia, que se iban a encargar del montaje.

Eran las ocho menos cuarto de la tarde. El camión avanzaba por la calle Santa Quiteria, a la altura del número 7, enfilando ya la próxima plaza Carretas. Sus ocupantes se dieron cuenta de que el motor había empezado a arder, y durante unos momentos trataron de apagarlo. Al ver que no lo conseguían, se lanzaron fuera y empezaron a avisar del peligro a los viandantes.

No dio tiempo de que llegasen los Bomberos ni a hacer nada más. Instantes después se produjo la explosión. El camión voló por los aires, dejando en la calle sólo el bloque del radiador. Las casas de los números 5, 7, 10 y 12 fueron las que recibieron el mayor impacto, y se hundieron sus techumbres.

Humareda

La explosión llegó acompañada de una enorme humareda, del apagón de toda la iluminación y de los gritos de los heridos; la confusión fue general. Poco a poco, se fueron tomando decisiones, como la de conseguir luces de emergencia: el Circo Americano y el Teatro Cirujeda cedieron sus reflectores. Se habilitó también un generador de emergencia en el Hospital Provincial, que había quedado sin suministro y empezaba a atender a los heridos.

Bomberos (del Ayuntamiento y de la Base Aérea), Guardia Municipal, Policía Armada, Guardia Civil y Cruz Roja (que ese día celebraba su Fiesta de la Banderita) acudieron con todos sus recursos.

Cuando se iluminó el lugar y el humo de la pólvora se fue disipando, se pudo comprobar la dimensión de la tragedia. Una treintena de heridos y doce viviendas destruidas. Uno de los heridos, el anciano Ginés Tendero, de 90 años, moría poco después a consecuencia de sus heridas. Un niño y dos mujeres también estaban en estado muy grave; el resto sufrían quemaduras, fracturas, contusiones… un panorama más propio de un campo de batalla que de una tranquila ciudad en fiestas. Una de las heridas estaba en el patio de su casa, en la calle Marzo, y fue golpeada por un trozo del camión, que cayó en ese lugar.

Esa noche, los afectados que se habían quedado sin casa fueron alojados en el cercano colegio Cervantes. Llegaron las autoridades; el gobernador, Santiago Guillén, informó al Gobierno; el obispo Tabera, que se encontraba en Madrid, se interesó por las víctimas.

Los ocupantes del camión quedaron a disposición judicial, hasta que se aclarasen las responsabilidades.

La empresa del Maestro Cabrera ofreció una función en pro de los damnificados en el Teatro Circo. Pero la Feria siguió adelante, aunque marcada por la conmoción del suceso.

Poco a poco, el barrio y la ciudad fueron recuperando la normalidad, y la tragedia quedó como un oscuro hito en la historia de la Feria.

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