Hacía apenas unos meses que la II República se había estrenado
en España, y Albacete estaba a punto de dar comienzo a otra
edición de su Feria. El nuevo gobierno del país se reflejaba
en la portada del programa festivo de ese año: en primer
plano, una pareja de manchegos con un ramo de mies y, al
fondo, un moderno coche, símbolo del progreso, y un edificio
en donde se ve ondear la bandera tricolor.
El 'Defensor de Albacete', la cabecera vespertina que tenía
sus oficinas en la calle Mayor, anunciaba desde una de sus
columnas el acontecimiento del día: «Hoy empieza nuestra
Feria tradicional, y al saludarla desde esta sección predilecta
queremos salir al paso de los agoreros que tratan de deprimir
el espíritu con temores ridículos, que no hay por qué sentir».
Al contrario, recordaba a sus lectores que «nada debemos
temer porque ningún conflicto existe que lo justifique».
Por delante, albaceteños y forasteros tenían ante sí nueve
días de festejos, que se extendían inicialmente entre el
7 y el 15 de septiembre y que sólo parecían ensombrecidos,
según el rotativo, por la posibilidad de que «la mala cosecha
pueda aminorar los resultados económicos de la Feria». Castillos
de fuegos artificiales, verbenas, conciertos y corridas
de toros componían la oferta lúdica, que se completaba con
las funciones teatrales en los teatros Circo y Cervantes;
las sesiones de los cines que funcionaban en el Paseo y
los espectáculos circenses.
Tampoco faltaba la feria de ganados en Los Ejidos y Eras
de Santa Catalina, donde según rezaba el programa de fiestas
«se instalará, como de costumbre, la típica cuerda donde
se celebrará el importante mercado de ganados caballar,
mular y vacuno, con exposición y venta de maquinaria y productos
agrícolas». El carácter eminentemente rural de la época
se mostraba, igualmente, en otro de los actos que se organizaban
en la ciudad con motivo de la Feria: la Asamblea de Cosecheros
de Esparto e Industrias Derivadas.
El día 8 de septiembre, el otro periódico de la capital,
el 'Diario de Albacete' -con dos ediciones diarias y que
tenía su Redacción en la calle Padre Romano-, se hacía eco
de los actos de apertura de la jornada anterior, en la que
la lluvia fue protagonista: «A las cinco de la tarde, se
reunieron en el despacho del señor alcalde las autoridades
y particulares invitados, haciendo los honores de la invitación
con dulces, licores y habanos». Proseguía informando de
que «a las seis en punto, hora en que cesó la lluvia, aclarando
un poco, se formó la comitiva, abriendo la marcha una sección
de la Guardia Civil».
Por aquel entonces era alcalde de Albacete Virgilio Martínez
Gutiérrez, que fue el encargado de entregar la llave que
abre la Puerta de Hierros al gobernador de la provincia,
«señor Cortés, quien cedió a su vez el honor de la apertura
al señor alcalde, quien declaró oficialmente abierta la
Feria de 1931». Posteriormente, «a eso de las diez de la
noche, descargó una fuerte lluvia sobre la ciudad, obligando
a suspender todos los festejos anunciados». Invitados ilustres
Entre los invitados ilustres que la ciudad recibió durante
la Feria de ese año destacó el general José Riquelme, cuya
llegada, el día 10, fue recogida por los dos periódicos.
Riquelme, jefe de la división militar de la Capitanía General
de Valencia, fue recibido por las autoridades de la ciudad
y por la banda de música de Almansa. Hospedado en el Gran
Hotel, el militar no dejó escapar la oportunidad de asistir,
esa misma tarde, a los toros. La Feria de 1931 se prorrogó,
por acuerdo municipal, hasta el domingo 20 de septiembre,
con tres verbenas más en las que se sortearon, entre las
señoras, «un mantón de Manila, un estuche de perfumería
y un paraguas». El último día de fiestas, tras la verbena
en los Jardinillos de la Feria, se quemó «una gran traca
que puso punto y final a los festejos». Magistralmente,
el 'Defensor de Albacete', en su sección Notas de Feria,
trazaba así la despedida:
«Comienza el epílogo de estas jornadas vertiginosamente
vividas y que dejan, cual cinta cinematográfica que ante
nuestros ojos pasara, imágenes imprecisas (...) resumidas
al fin en una melancólica visión del ferial que pudiéramos
concretar en el momento en que las últimas luces se apagan
y cesan las músicas, y por los caminos de la ciudad se alejan,
vuelven al campo, las sencillas gentes que para ver la Feria
vinieron (...) trabajadores del surco y de la mies ubérrima,
que con su esfuerzo hacen posible los progresos de la capital».