En Casas de Lázaro todos conocen el telar de Eustaquio Rosa. Está
muy cerca del ayuntamiento del municipio, y lo primero que
llama la atención, una vez dentro, son las reducidas dimensiones
del taller, iluminado por un gran ventanal que da luz a
la vieja maquinaria de confección. Sin embargo, de aquí
salen muchos de los refajos que lucirán las albaceteñas
durante estos días de Feria, auténticas piezas de colección
hechas a mano gracias al tesón de una empresa familiar que
ya va por la cuarta generación.
Como todo lo que lleva el sello de lo artesanal, cuantificar
la producción es difícil, aunque Eustaquio Rosa calcula
que, si cada pieza la hiciera una persona sola, se tardarían
varios días en darle forma. Sin embargo, la empresa funciona
como una cadena en la que los hombres de la familia se encargan
de tejer la lana y las mujeres de sobrehilar, forrar, plisar
y dar vapor a la tela hasta que, con ella, se cose el refajo,
el artículo principal que sale de estos talleres que apenas
tienen ya competencia en Castilla-La Mancha. Y es que, como
explica Eustaquio, «telares que vivan exclusivamente de
esto creo que estamos solos, incluso en la Región».
En Casas de Lázaro, desde luego, no hay otro además del
de esta familia, aunque la tradición del oficio parece mezclarse
con la historia de este municipio albaceteño en cuyo escudo,
que data del siglo XIV, se esconde la figura de una lanzadera.
Otro ejemplo de ello es la fábrica de lanas que antaño existía,
ubicada a poco más de un kilómetro del pueblo en dirección
a San Pedro y que se conocía como 'La máquina', en la que
se hacían útiles como las mantas traperas que protegían
el colchón de los viejos somieres. De familia Desde que
este artesano recuerda, su familia siempre ha tenido telares.
Su padre, que ya está jubilado pero que todavía les echa
una mano de vez en cuando, se ha dedicado a ello desde siempre,
aunque compaginando esta labor con las tareas agrícolas,
en la huerta.
También su abuelo y su bisabuela tejían, y él lo hace
desde que acabó el colegio: «Al dejar de estudiar me vine
a trabajar con mi padre y ahora estamos mi hermano y yo»,
contaba. El 'equipo' lo completan la mujer de Eustaquio,
su hermana y su madre, que a pesar de la artrosis que dejan
los años plisando las telas, todavía ayuda si es necesario.
La faena es laboriosa e incluye la preparación de los telares
-la actividad más complicada- y la confección de los dos
anchos de que consta el refajo. Después hay que encañonar
y darle vapor para que el plisado se mantenga, algo que
antes las mujeres hacían metiendo la falda debajo de la
cama para que se marcara la forma con el peso.
«El telar saca dos anchos, y el problema viene al hacer
el segundo, porque tiene que coincidir con el primero. Hay
que contar las pasadas para que las listas coincidan porque
la lana no tiene el mismo grosor, la tensión del hilo no
es la misma y el golpe mío no es igual», señalaba Eustaquio
sobre la tarea de tejer. Por eso cada refajo es único y,
hasta cierto punto, 'imperfecto', ya que en su elaboración
intervienen factores que no aparecen cuando la tarea se
hace en serie, a la manera industrial. En cuanto a los diseños,
lo que se hace sobre todo es reproducir dibujos antiguos,
de esos que muchos clientes traen mostrando el refajo de
la abuela. Ahí está la clave de lo que costará la pieza:
no es lo mismo una tela lisa que otra que lleve varios colores
en el 'labrado'.
En este sentido, Eustaquio comentaba que algunas de las
labores más complicadas las han hecho para clientes de Caudete,
el pueblo de Albacete que, según afirma, más se gasta en
indumentaria tradicional. «Algunos clientes nos han traído
el mantón de Manila para que copiáramos los colores en el
refajo, incluso hemos hecho algunos mezclando hilos de seda
con la lana», contaba este artesano. Más allá de estos encargos
especiales, la empresa dispone habitualmente de seis modelos
en la talla grande cuyos precios, según indicaba, oscilan
entre los 126 y los 210 euros.
En la actualidad, más del 80% de la producción de la firma
se distribuye en Castilla-La Mancha y, de ella, aproximadamente
un 60% se hace para la provincia de Albacete. Sin embargo,
los Rosa también trabajan para otras provincias como Jaén,
Valencia y Alicante. Folclore La pervivencia de estos telares
de Casas de Lázaro, que adquirieron forma de empresa hace
apenas una década, se debe en gran parte al 'boom' de todo
lo que tenga que ver con el folclore que ha experimentado
la provincia de Albacete en los últimos años, incluyendo
lo cursos de bordado que se realizan en asociaciones y entidades
como la Universidad Popular.
«Si no fuese por los grupos folclóricos, que no se visten
con cualquier cosa, y por los cursos, nosotros no podríamos
subisistir; antes íbamos almacenando en invierno para vender
en verano, pero ahora no, porque el público prevé la compra
con más tiempo», contaba Eustaquio, recordando que hay varios
establecimientos en la capital donde es posible adquirir
sus refajos. Junto a la indumentaria, de los telares también
salen otros artículos como juegos para tarimones, mantas
o alfombras, e incluso se guardan en el taller vestidos
con diseños a la moda de los años setenta confeccionados
a partir de la tela de los refajos de manchega.
Por ahora, y después de tantos años, el negocio funciona
con éxito, entremezclando la tradición con la presencia
de la empresa en internet. Sin embargo, Eustaquio Rosa reconoce
que no están a salvo de los dos principales problemas que
acechan al sector artesano: la comercialización y el relevo
generacional, mientras afirmaba que «esto va a en auge pero
mis hijos, uno con 14 y otro con 12 años, no sé si querrán
seguir».