El catador ya ha probado el vino; lo ha disfrutado hasta el tuétano. Y entonces comienza la última fase, de duración casi infinita: almacenar los datos en el cerebro, analizar su evolución, relacionarlo con otros vinos.
Comienza en esos momentos el momento de deleite sublime. Para el catador, la fase mental es la que le recuerda que cada vino es diferente y que todos se pueden disfrutar de una manera especial.