M.F.J.
«El vino es cosa admirablemente apropiada para el hombre, tanto en el estado de salud como en el de enfermedad, si se le administra oportunamente y con justa medida, según la constitución individual». Su experiencia como galeno y sus conocimientos empíricos llevaron a Hipócrates, cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo, a incluir al vino dentro de los elementos considerados como virtuosos. Y es que la condición de Mediterráneo del que está considerado como el padre de la medicina moderna y su sistema racional basado en la observación y experiencia para el estudio de las enfermedades le llevó a realizar una clasificación de los vinos según su naturaleza y su acción.
De esta forma, Hipócrates clasificó a los vinos negros y secos como astringentes; los negros de y baja acidez, como húmedos, flatulentos y evacuantes; los blancos secos como astringentes y diuréticos; los blancos dulces y ácidos como aquellos que humedecen, refrescan y debilitan la sangre; los blancos viejos como diuréticos y los vinos nuevos y gruesos, aquellos que tienen bouquet, como evacuantes y nutritivos.
Aconsejaba beberlo en pequeños sorbos y, tomado como medicamento, era preferible consumirlo por la mañana, en ayunas y antes de cada comida. Pero también era consciente de la pérdida de sus virtudes cuando era bebido en exceso. Tanto Hipócrates, como anteriormente Galeno, el médico más importante de la antigüedad, consideraban que bebido en exceso perdía todas sus cualidades. Ambos consideraban la embriaguez como un grave desorden físico y moral y aconsejaban para combatirla el empleo de la piedra pómez, las almendras amargas, el laurel, el iris y, sobre todo, el repollo.
Que Hipócrates desarrollara su actividad en el mediterráneo y que la inmensa mayoría de sus remedios estuvieran basados en el vino y en el aceite de oliva no es baladí. Ya consideró importantísimos dos de los elementos por excelencia de la dieta mediterránea, la misma que hoy en día se considera una de las más saludables. Esta cuestión adquiere una relevancia especial tras los descubrimientos que se han realizado en relación a la prevención de las principales causas de mortalidad que afectan a las sociedades más avanzadas: las enfermedades cardiovasculares (responsables del 50% de todas las muertes) y el cáncer (culpable de más del 20%).
Los clásicos
Si ya desde el primer milenio antes de Cristo se encuentran recetas cuya composición es el vino; si en Grecia los poetas arcaicos como Homero e Hesíodo se refieren a él como una terapéutica privilegiada es porque desde tiempos inmemoriales el vino ha sido considerado como fuente de salud.
Una circunstancia que también dejaron plasmada los clásicos en términos menos científicos. Platón, para quien uno de los mejores efectos del vino era que servía para mantener la juventud, decía: «el vino es un arma contra la ancianidad, que renueva la juventud y ayuda a olvidar la desesperación», mientras recomendaba que la ingesta del vino se hiciese como acompañamiento de las comidas. E incluso se atrevía a ir más allá y aconsejaba beberlo a partir de los 40 años, para conservar la juventud y el ardor, del alma y del cuerpo.
El culto al vino se extendió por todo el Mediterráneo y el Próximo Oriente. Así, no sorprende que la Biblia base buena parte de sus parábolas en el vino o lo recomiende para los asténicos y los neurasténicos, para los males estomacales, o durante el rito de la circuncisión, cuando el operador rociaba la herida con una bocanada de vino; ni que sean monjes mozárabes y, posteriormente, de Cluny y el Císter, quienes preserven su saber, lo cultiven en sus monasterios y lo extiendan por Europa en los siglos venideros.
Entre los siglos XII y XIII surgen los hospices y hospitales, como el Beaune en la Borgoña, dotados de viñedos y bodegas para financiar con sus productos el mantenimiento de estas instituciones. En los leprosarios se aconsejaba consumir el vino para mitigar los padecimientos de los leprosos. Se proclamaba consumir no más de 2 litros diarios por persona.
El vino aparece en los tratados de Medicina y Cirugía, como el de Pierre de Crescent del año 1300. Fue Arnaldo de Vilanova quien dijera que el vino tomado en pequeñas dosis es considerado como el primero de los alimentos y una medicina universal.
En 1904, un investigador llamado Cabot se refirió a la posibilidad de que el consumo del vino fuera beneficioso para la arterioesclerosis. Y en 1952 otro investigador, I.S.Wright, recomendó abiertamente su ingesta para estos enfermos.
Llega la modernidad
Los primeros efectos sobre el efecto de la bebida sobre las enfermedades cardiovasculares datan de 1957, cuando se realizaron una serie de experimentos con ratas, en los que se demostró que el organismo reducía la absorción de grasas y alcohol. Más tarde se comprobó que algunas sustancias presentes en los tintos ayudan a la reducción del colesterol en sangre.
Muchos de los estudios que examinan el tipo de vida occidental (referido al modelo de alimentación) han encontrado que casi todas las bebidas alcohólicas, cuando el consumo es moderado, pueden tener efectos positivos en la salud, protegiéndola contra las enfermedades cardiacas y favoreciendo la longevidad.A finales del siglo pasado, Louis Pasteur, afirmó que "el vino es la más sana e higiénica de las bebidas", gracias a su contenido en diversos elementos favorables para el organismo.
Recientemente, los estudios han empezado a diferenciar entre las bebidas, encontrando en muchos casos que las personas que consumen vino tinto de forma moderada disfrutan de ventajas especiales.
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