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La Feria del nuevo estadio
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DISCURSO. El alcalde, Carlos Belmonte, se dirige a los asistentes al evento / FILMOTECA ESPAÑOLA

En 1960, el No-Do se desplazó a Albacete con motivo de la inauguración del Carlos Belmonte

TEXTOS: JOSÉ FIDEL LÓPEZ / FOTOS: FILMOTECA ESPAÑOLA

LA Feria, de nuevo, como excusa. Por segunda vez -y no sería la última-, las cámaras de No-Do visitaron la ciudad para recoger en unos cuantos fotogramas parte de la riqueza de un evento de calado social casi único en España: la Feria de Septiembre. Pero además, aquel año, los camarógrafos mataron dos pájaros de un tiro; por un lado, tomaron imágenes de la Cabalgata de apertura, y por otro, de la inauguración del estadio municipal Carlos Belmonte.

La Feria de 1960 estuvo repleta de importantes acontecimientos, que comenzaron por el tremendo esfuerzo que realizó el rotativo local La Voz de Albacete, publicando un número extraordinario que, como carta de presentación, y en su portada, ofrecía un dibujo de Benjamín Palencia. El artista barrajeño, confeso devoto de la Feria, fue casi perenne en los tendidos de la Plaza de Toros, donde, con lapicero en mano, captó con maestría y talento retazos de algunas de las faenas más destacadas que aquel año se pudieron ver en el coso albaceteño. En los mismos tendidos el maestro de Barrax competía, sin pretenderlo, como diana de las miradas de los aficionados más curiosos con un norteamericano cuyo parecido con el escritor y gran aficionado a todo lo español, Ernest Hemingway, era extraordinario. Se trataba del empresario estadounidense Kenneth H. Vanderford, quien, sabedor de la confusión que generaba por su parecido con el autor de ¿Por quién doblan las campanas? o Fiesta, solía repartir entre los vecinos de barrera unas tarjetas en las que se podía leer: «Aunque dos gotas de agua se parezcan, son distintas».

El americano Vanderford

No sería Vanderford el único norteamericano que visitó aquel año Albacete; también lo hizo un buen número de estudiantes de aquel país que, junto a otros de medio mundo, tomaron parte en la I Semana de la Convivencia, organizada por el SEU.

En aquella ocasión pasaron por el albero figuras como Montero, Dominguín, Diego Puerta, Curro Girón, Pedrés o Mondeño, junto a otros como Manuel Amador y Osuna, todos ellos contratados por la empresa de la plaza albaceteña, Jumillano, que optó por traer todas las ganaderías de tierras salmantinas, salvo una novillada sevillana.

Aquella Feria reunió otros muchos ingredientes, como algunos de los estrenos cinematográficos más esperados de la temporada. El empresario José Pérez García, responsable del Capitol, Gran Hotel, Astoria o Productor B, entre otros cines, consiguió exhibir Los bucaneros, con Charlton Heston; El hombre que sabía demasiado, con James Stewart, y ¿Dónde vas triste de ti?, con Vicente Parra. Por el Teatro Circo pasaron dos espectáculos; en los primeros días de la Feria fue el turno de la compañía Muñoz Román, procedente del Teatro Martín de Madrid. Sobre las tablas del teatro de la calle Isaac Peral pusieron en escena Tócame Roque, con Alicia Calderón como supervedette; en la segunda parte de la Feria la compañía del Maestro Cabrera representó Una chica peligrosa, que contaba con Tito Medrano como primer actor y con Carmen Jareño como supervedette.

Pero aquel año otros espectáculos se vistieron de Feria, como los Festivales de España, que ofrecieron a los albaceteños la posibilidad de ver al Ballet Español de Antonio o a la Compañía de una jovencísima Nuria Espert, que representó Medea; ambos espectáculos tuvieron como escenario el Parque de los Mártires, hoy, de Abelardo Sánchez.

Para la Caseta de los Jardinillos se contrató a artistas como Arturo Millán y al Ballet Kos co, aunque también hubo tiempo para la fiesta de la Cruz Roja.

Y el circo tampoco faltó; en este caso, de lujo, Circo Kron, procedente de Alemania, con un menú de 15 actuaciones entre trapecistas, acróbatas, perros amaestrados, ilusionistas o mimos; solamente faltaba el hombre botella; en total, más de un centenar de artistas hicieron las delicias de mayores y pequeños. Pero el Kron no estuvo solo, ya que hasta la ciudad se desplazó otro circo, Panamá, que anunciaba a la «cinematográfica Mula Francis» entre un largo listado de artistas.

No obstante, la Feria de 1960 pasó a la historia por coincidir con la inauguración del estadio municipal Carlos Belmonte, el 9 de septiembre, que vino a sustituir al campo del Parque de los Mártires, insuficiente e impropio de una ciudad como Albacete que comenzaba a despertar tras un largo letargo.

Parque de los Mártires

El periodista Luis Parreño contaba en el libro La Mancha Blanca que el viejo campo del Parque de los Mártires era propiedad del Círculo de Cazadores, el Cinegético; un campo de tierra, «que se regaba y al que se pasaba el rulo». Sólo contaba con gradas, de madera, en la zona de preferencia, con palcos de seis sillas a todo lo largo de la banda. «Era una bombonera -recordaba Parreño- donde el público estaba encima de los jugadores, con el más cálido aliento, lo que, por el contrario, suponía cierto handicap para los contrarios».

A juicio de Luis Parreño, el nuevo estadio era «una necesidad apremiante» como respuesta al tremendo esfuerzo realizado por el club albaceteño, presidido por Policarpo Tornero, reuniendo a una «excepcional plantilla» que contaba «con las mayores posibilidades de ascenso a Segunda». Bajo la dirección técnica de Guti, el Alba de aquella temporada 1960-1961, que militaba en el Grupo X de la Tercera División, tenía entre sus filas a Timor, Salazar, Moreno, Salas, Aparicio, Bazaco, Ambrosio, Mateo, Dagoberto Moll, Tino, Riquelme, Fuentes, Leal, Baila, Simón, Periquín, Jesús, Frutos, Manolo, Cesáreo y Eduardo.

Pero había otra razón que aconsejó la construcción del nuevo estadio: los desagradables altercados acaecidos en el final de la temporada 1958-1959, cuando un partido entre el Albacete y el Recreativo de Huelva en el Parque de los Mártires, dentro de la Promoción a Segunda División, acabó como una batalla campal, con varios sancionados en el equipo local, invasión del terreno de juego y hasta botellazos a agentes del orden. El viejo campo se despidió con un partido entre el Albacete Balompié y el Oriental de Lisboa, en el que los locales perdieron por dos goles a tres.

Así las cosas, el Ayuntamiento se puso manos a la obra, y el alcalde, a la par, arquitecto, Carlos Belmonte, llamó a cuantas puertas fue preciso para conseguir sacar a flote el proyecto, que él mismo diseñó, y que se convirtió en un reto para la adjudicataria de las obras, Cubiertas y Tejados; la propia empresa se vanagloriaba de haber construido el estadio «en un tiempo récord», apenas un año.

Los terrenos

Los terrenos fueron cedidos por la teniente de alcalde Carmen Falcó García-Gutiérrez, y para la financiación de las obras, el consistorio lo tuvo más que difícil ya que las arcas municipales no estaban como para tirar cohetes.

Así, una de las medidas adoptadas consistió en la puesta a disposición de los aficionados de mil abonos para diez temporadas con un precio de 30 euros (5.000 pesetas); la campaña obtuvo unos resultados medianamente satisfactorios, ya que se vendieron más de 700 abonos, lo que permitió recaudar en torno a 21.035 euros (3.500.000 pesetas). Además, se logró un crédito de la Delegación Nacional de Deportes de 45.075 euros (7.500.000 pesetas).

Una vez hecho este derroche de esfuerzo, el Ayuntamiento preparó un completo programa de actividades para inaugurar por todo lo alto el estadio. Los precios para asistir a la apertura oscilaban entre los 30 céntimos de euro (50 pesetas) de los asientos de preferencia numerados a los 0,03 euros (5 pesetas) de las localidades de pie para niños en los goles Norte y Sur. La inauguración consistió en una espectacular exhibición de gimnasia y atletismo a cargo del club Tajamar de Madrid; también, un desfile en el que tomaron parte en torno a 200 deportistas, entre los atletas de Tajamar, las jóvenes de la Obra de Formación Profesional y los equipos locales de baloncesto, natación, fútbol..., todos ellos precedidos de la Banda Municipal de Música.

La bendición de rigor, corrió a cargo del vicario general de la Diócesis, Cristóbal Gómez Díaz, quien dio paso al discurso del alcalde. El punto final fue, como no, un partido de fútbol, el que enfrentó al Albacete Balompié con el Sevilla Club de Fútbol. El resultado del encuentro no dejó lugar a dudas sobre la supremacía en aquel momento del equipo sevillista, que venció a los albaceteños por siete goles a dos. Parreño, en La Voz de Albacete, criticó la actuación del equipo local, aunque aquel día la noticia era la inauguración del «stadium municipal» -como lo llamaba el periódico-; Luis Parreño, en la crónica que escribió de los actos de aquel 9 de septiembre, señaló que «nos corre prisa que en el frontispicio del recinto se ponga el nombre de Carlos Belmonte».

De cualquier manera, los albaceteños se desquitaron y en un segundo partido de inauguración, celebrado el 15 de septiembre, el equipo local venció al Murcia por dos goles a uno.

Poco después, y cuando la alcaldía ya estaba en manos de José Gómez Rengel, la Comisión Municipal Permanente acordó bautizar el campo municipal con el nombre de Carlos Belmonte.

12.500 espectadores

El nuevo estadio, con capacidad para 12.500 espectadores, dio suerte al equipo local, ya que en la temporada 1960-1961 logró el ascenso a la Segunda División, todo un hito, ya que era la segunda ocasión en la que se alcanzaba ese objetivo; la alegría duró poco, ya que en la temporada 1961-1962, y en una fase de Permanencia con el Melilla, el Albacete perdió la categoría y dio de nuevo con sus huesos en el pozo de la Tercera División.

El No-Do redujo a apenas unos segundos la apertura del nuevo estadio. Las imágenes fueron acompañadas por la siguiente voz en off: «En Albacete, y con motivo de sus ferias, se inaugura con esplendor el nuevo estadio deportivo. El alcalde lee unas cuartillas antes de la exhibición gimnástica que realizaría el club Tajamar de Madrid». Según el No-Do, primero fue el discurso del alcalde y después los actos de inauguración, en clara contradicción con lo publicado en la prensa, pero a estas alturas, éso es lo de menos.