ARTÍCULOS DEL ESPECIAL

Recordando a Cascales
Foto
Manuel Cascales tuvo la mayor virtuid como torero: la de emocionar

Su concepción del toreo le hizo merecedor de más altas metas

JOSÉ MARÍA GALIANA MURCIA

En la conserjería de La Condomina hay algunas fotografías de Manuel Cascales que sorprenden al aficionado de hoy por que desvelan usos y costumbres inimaginables, como es el hecho de coger el estaquillador por la punta contraria, donde está la púa, mientras los toreros contemporáneos de mayor pureza lo toman, a lo sumo, por el centro, Lo que hacía Cascales era reducir la extensión del engaño, o sea, que toreaba con media muleta. Ahora, lo común es asirla por el extremo opuesto y embarcar al toro en el pico, con lo cual el riesgo es infinitamente menor.

Otra de sus virtudes fue la quietud, que unida a la verticalidad componían una imagen dramática, y si a esa puesta en escena se sumaba el desmayo de los brazos y el toreo hacia los adentros que quebranta al toro y lo obliga a humillar, a arrastrar el hocico por la arena, la imagen transmite una estética heróica, de gran belleza y personalidad. Es fácil entender que la pasión se desbordara cuando Cascales alumbraba media docena de estatuarios sin enmendarse, y a renglón seguido se iba al lado opuesto de la plaza, se echaba la muleta a la mano izquierda, la flameaba y dejaba que llegara a su jurisdicción sin mover ni un alamar.

Para mayor adversidad, Cascales carecía de técnica lidiadora. Necesitaba que el toro tuviera movilidad, y en ese caso los dejaba venir de lejos. Si tenía que cruzarse no toreaba. Pepe Castillo, que compartió con él los primeros entrenamientos en Los Felices, recuerda que, con frecuencia, se cansaba de entrenar y bajaban al río a bañarse en el azud de la Contraparada: «Otras veces dejaba la muleta y disparábamos a los conejos o subíamos al palomar y simulábamos el tiro al pichón».

El Niño de Caravaca fue el primero que le enseñó a coger el capote y la muleta. Los principios no fueron alentadores. Fue en un festival celebrado en Calasparra cuando sorprendió a sus propios compañeros, entre ellos, Montero y Pedrés. Tras dos temporadas como novillero y 33 festejos lidiados, incluido el de la presentación en Madrid que se saldó con una oreja, Cascales tomó la alternativa en Murcia el 5 de septiembre de 1954, de manos de Antonio Bienvenida, Julio aparicio por testigo y reses de Garcigrande. Efemérides poco comentada es que fue el primer torero murciano que tomó la alternativa en La Condomina. Los otros matadores, Juan Ruiz Lagartija, Bartolomé Jiménez, Murcia, Ricardo Martínez, Yeclano, Enrique Cano Gavira, Pedro Barrera y José Vera, Niño del Barrio, se doctoraron en Valencia, Alicante, Jumilla, Cartagena, Valencia y Orihuela respectivamente.

La corrida de la alternativa constituyó un gran éxito para el diestro y cierta conmoción en una pequeña ciudad que aún no había restañado las heridas de la guerra civil. Cascales se vistió en el Hotel Victoria y la crónica de El Ruedo firmada por José Antonio Ganga alude a «una artística, inteligente y valerosa faena, entre olés, música y ovaciones, destacando de la misma 18 estupendos naturales, en 3 series, engarzados con el de pecho. Coronó la faena con una estocada. Cascales oyó una gran ovación, cortando las dos orejas y el rabo de su enemigo».

La segunda tarde lidió toros de Samuel Flores y alternó con César Girón y Pedrés, y su actuación adquirió mayores proporciones al enfrentarse a toros de más enjundia. Concluida la feria de Murcia, el impacto era tal que se organizó un mano a mano con Julio Aparicio, y el torero de Madrid que no solía poner banderillas, ejerció la suerte para que Cascales no entrara en quites.

La primera cornada sobrevino días después en Lorca, toreando con Antonio y Pepe Ordóñez, y en la primavera siguiente, en Valencia, a plaza llena, el toro lo prendió en la cara interna del muslo izquierdo, de pronóstico grave. «Después de una cornada le costaba coger el sitio -dice Andrés Salas- Mentalmente le afectó mucho, la prueba es que dejó de hacer el quite de frente por detrás». Cascales contó a su hijo Manolo que en Barcelona había sonado la banda cuando hizo el quite de frente por detrás. A lo largo de su carrera tuvo como apoderados a Torquito, Ángel Belmar, Camará, que duró una semana, y El Pipo, con quien suscribió contrato en la sala de fiestas Pasapoga.

A Cascales le descomponía ver un gato negro: «Si llegaba al hotel un chepao, un tuerto o alguien con camisa amarilla no lo dejábamos entrar» dice Casimiro Sánchez, que le sirvió la segunda alternativa. «Daba gusto viajar con él. Era muy alegre y nunca tenía prisa; se vestía a última hora».

Pablo Lozano, uno de los profesionales más respetados, dijo que no había visto a nadie torear al natural como a Cascales. «No fue torero de rodillazos ni lances de efecto -recuerda Manolo González-. Con la derecha los templaba más, siempre con la mano muy baja y hacia adentro, y abrochaba las series con la giraldilla, no con el de pecho. Lo impresionante eran los parones. En Lorca surgió la cascalina. Consistía en remataba el derechazo con un giro de la mano y el toro, humillado, parecía besarle las zapatillas».

También hubo detractores, que le llamaban el «torero pijama» y «transportes Levante» porque apenas salía de la Región. Eran injustos e insensibles. Aún hoy, a través de unas pocas fotografías, el toreo de Cascales tiene la virtud de emocionar.