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Todo lo que usted piensa sobre la Navidad y no se atreve a decir


Puede pecar el título de pretencioso. Quizás. De lo que no cabe duda es de que es bastante woodyano. Los que ya somos algo más que carrozas, verdaderos museos, palabra que gustaba repetir a ese gran actor de la escena, don Guillermo Marín, está clarísimo que las Navidades de ahora casi nada tienen que ver con las que vivimos algunas generaciones. Ni en la forma, ni en el fondo. Lo único: el motivo y las fechas, que, por ahora, no han cambiado, cosa de agradecer.

El mensaje viene siendo el mismo, pero disfrazado. Menos auténtico. Más cínico e hipócrita, y, a lo mejor, sin maldad. Está claro que, en Navidad, todos debemos ser más buenos, más amables y querernos mucho, como la trucha al trucho. La paz, la felicidad, el amor, el bien y demás palabras son las que se van repitiendo en las felicitaciones navideñas. Esas que se mandan incluso a personas que casi desconocemos y que igual no vemos a lo largo del año. Como la de ese banco (entidad bancaria) que incluso te ha llegado a putear, pero, en Navidad, eres majo, buen cliente y te quiere mucho. No huele a falso, en ocasiones, todo eso.

Si nos vemos en las calles, cargados de bolsas y regalos navideños, nos saludamos con ese ¡Feliz Navidad!, que yo siempre asociaré con José Feliciano por cuestiones personales. O ¡Felices Fiestas!, o ¡Feliz año! Y es que parece ser que hay que ser feliz casi por decreto-ley. Por narices. Y si no lo soy, ¿por qué he de pasar unas felices fiestas? Durante unos días, el ser humano debe aparcar toda esa pequeña maldad que lleva dentro y ser muy bueno. Todas las imposiciones me repatean. Me sublevo. No dudo de que las fiestas navideñas son las más bonitas. Pero, con el paso de los años, se convierten en las más tristes, las más amargas, llorosas, sensibles. Hay ausencias, dramas. Hay demasiados recuerdos bonitos como para tener que recordarlos. Y es normal. Esa ilusión que tuvimos cuando fuimos niños se transforma al peinar canas o estar medio calvo. Lo que no se puede negar es que las fiestas de Navidad se han reconvertido, como en casi todo el mundo. Y Alicante es una prueba palpable en los últimos años. Podrá seguir habiendo inocencia, magia e ilusión. Pero esa magia e ilusión ya no es la misma. Hemos pasado a un consumismo puro y duro. Se nos planifican las fiestas. Desde un mes antes, se nos indica en la publicidad, en los medios de comunicación, que la Navidad está llegando. Nos inundan de anuncios las televisiones, los diarios y los grandes almacenes, grandes superficies y centros de ocio. Nos la van vendiendo con tiempo, como un producto más. Y los domingos nos abren los comercios para «facilitarnos las compras». Puro marketing. Igual hemos deshumanizado la Navidad. Nada es como antes. Antes se compraba, se regalaba. Y se colocaba el Belén y el árbol. Todo era más modesto y más auténtico. Casi artesano. Ahora, las Navidades están supercomercializadas. Usted puede encontrar de todo. Lo que no puede comprar es la felicidad. Lo demás, hasta con tarjeta de crédito o a plazos. Todo vale, pero, ¿la ilusión o al magia se pueden comprar con tarjeta? Dispone de todos los juguetes para sus niños. Demasiados. Todos quieren, todos. Ahora, ya no sólo vienen los Reyes Magos, los de toda la vida, sino el Cartero Real y Papá Nöel en Noche Buena, o Santa Claus. Y las ciudades se engalanan con bombillitas de colores. Los escaparates lucen sus mejores galas. Y decoran las calles y hay música. Y alfombran las aceras, aunque la ciudad está un poquito patas arriba.


DIVERTIRSE POR NARICES

Navidad melancólica. Para unos será mejor la de ahora. Para otros, la de antes. Quizás hayamos pasado de una Navidad humana, de carne y hueso, sin darnos cuenta, a una Navidad estandarizada, excesivamente plastificada. Hay que comer por narices y divertirse porque es así. Y aunque no tengas ganas y andes apretado, tienes que comprar, incluso aquello que no vas a necesitar. Comprar pavo, cordero, marisco para ese día u otro. ¿Es preciso? Como creyente, veo unas fiestas preciosas dentro de mi religiosidad. Pero, además del carácter festivo, las hemos comercializado. A unas generaciones nos ha tocado vivir esas fiestas con cambio de milenio y de siglo incluidos, y eso no ocurre todos los años. Y está bien que lo brindemos con vino, con cava, con whisky o con agua mineral. Pero, de ahí al derroche, al desmadre y, sobre todo, al delirio, me parece exagerado. Ahora bien, yo no soy quién para decirle qué debe hacer. Es usted libre, faltaría más.

A uno, en su filosofía de vida, le gustaría que toda esa serie de valores que intentamos potenciar durante estas fiestas se siguieran conservando todo el año. Día a día. No sacarlo del baúl durante los días clave. ¿No cuenta el resto? El pasado viernes, algunos ciudadanos y ciudadanas tuvimos que concentrarnos por el asesinato de un concejal del PP en un pequeño pueblo catalán. ETA había acabado con su vida. Imagino la Navidad que se le presenta a esa familia como a las 21 familias restantes de los 22 atentados mortales en lo que llevamos de año 2000. Y lo hicimos en la Plaza del Ayuntamiento. La plaza ya lucía, lógicamente, sus adornos navideños y la preside un árbol navideño. Se nos ocurrió colocar el lazo blanco, el de siempre, en el árbol con la palabra PAU, y lo llenamos con lazos azules. Bajo el mismo, en semicírculo, los allí concentrados portábamos un folio en la mano. Podía ser como una estampa prenavideña. Nada más lejos. No estábamos cantando un villancico, Noche de paz, por ejemplo. No. Estábamos pidiendo la paz de una vez por todas, en silencio, alrededor de un árbol de Navidad. En unos días donde tanto se predica esa palabra y porque una banda de sanguijuelas acababa de matar a una persona. Esas víboras no conocen de fechas ni de días. Allí estuvimos pidiendo a paz. Una paz muy especial. Y en el papel se podía leer: «¿No somos capaces de ir juntos contra la violencia?». Podía haberse escrito: «Noche de paz, noche de amor...». No era el caso. De corazón, me resultaba todo un tanto surrealista. Una nueva experiencia, pero auténtica. Se pedía la paz en los típicos días que pedirla o decirlo es lo típico y lo tópico. No fue una paz de boquilla, salía, más que del corazón, del estómago.

Como no me gusta caer en tópicos, como intento ir contracorriente, permítanme ustedes que les diga que, mientras exista hambre en el mundo, mientras exista violencia en la tierra, el lujo seguirá siendo un crimen. Por eso, desde aquí les digo, con todo cariño, ¡Feliz Navidad!

PD. Estará de acuerdo conmigo, miren como miren estas fiestas, que es mucho más estimulante poder hacer un regalo que recibirlo.

 
    
 
    
    

 

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