Especial Navidad 2001

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Navidad en la huerta

Juan Galdós

Con el frío aire de diciembre y a poco nostálgico que uno sea nos asaltan por las esquinas de la memoria recuerdos y evocaciones que los primeros días del mes decembrino nos traen de navidades pasadas en que la huerta de Murcia, al calor de bancales, bajo el parral desnudo y de las higueras, bajo las escarchas blancas que adormecen las pisadas, ha sido pródiga en costumbres, usos, coplas que pueblan el tiempo y nos traen gavilla de recuerdos .

En Israel una profecía afirmaba que habría paz cuando una virgen diera a luz al Mesías. Esa paz, no sólo la bélica, también la de las conciencias, se extendía como bendición por la huerta y pueblos llegada la Navidad.

Desde los primeros días del mes se adelantaba ésta con las novenas a la Purísima, para caldear ambiente, incrementado por Santa Lucía, el trece, con las misas de gozo, al alba, en iglesias y ermitas de la huerta. Decía la copla: «El ocho la Purísima / el trece Santa Lucía / y el veinticinco del mes / parió la Virgen María».

Por los caminos y sendas de la huerta, blanqueados por la escarcha, llegaba la calma de la Navidad. En los hogares las mujeres preparaban las masas con almendras, mantecas, piñones, cabello de ángel, de donde salían exquisitas confituras legadas de sus mayores, que harían las delicias del más exigente gastrónomo de los que hoy escriben en revistas o nos aturden por la radio. De los hornos morunos, por encima de los cañares, volaba el olor a tortas y cordiales, preparando los estómagos para los grandes banquetes de la Pascua.

Se pedía el aguilando por los zagales al atardecer y se acudía a la Misa del Gallo con los estómagos henchidos, eruptando anís y coñac sobre las figuras del Nacimiento, donde un San José de barro, hecho en los talleres del barrio de San Juan, presenciaba atónito cuanto sucedía sin entender nada, como siempre ocurre en Navidad.

Después venían los bailes de Inocentes, a las puertas de las iglesias, para recaudar fondos, los bailes de pujas, todo con generosos obsequios a las cuadrillas de mantecados y confituras caseras. Eran días de alegría, de celebraciones y holganzas con el marrano muerto y la longaniza en las cañas. «¡Qué rebonico es el Niño/cuando acaba de nacer!/¡Qué orgullosa está la Virgen/qué contento San José!».

Luego venían los Reyes, ya en el nuevo año, sin los copiosos regalos de ahora, para montar en la plaza del pueblo el Auto de Reyes Magos, donde los vecinos, el hijo del Colás y la nieta del tío Facorro recitaban de memoria amarillentos versos medievales, sacados de las arcas con sabor a membrillo.

Todavía se estiraba le Navidad, apurando por alacenas tortas y rollos olvidados, hasta San Antón, el diecisiete de enero, porque «hasta San Antón Pascuas son».

Las costumbres se pierden por el escotillón del tiempo, un aire gélido las barre y lleva por alto como hojas del otoño. Queda la memoria ,el suave bálsamo que en los postreros años, como dulce arrope, nos endulza la vida evocando el tesoro de una huerta que se debate en estertores. En este recuerdo placentero nos deleitamos.

 

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