Navidad,
tiempo de amor
OFELIA
SEQUEROS
Si
prescindimos del consumismo que
distorsiona y deforma las cosas
y los conceptos, hasta hacerlos
casi irreconocibles a fuerza de
anuncios y estratagemas, con el
único fin de hacer dinero,
la Navidad fue siempre y será
algo que nos conmueve y que, pese
a todo, llevamos en el alma, sin
que podamos evitarlo, hasta el punto
de que en todas las etapas de la
vida, solos o acompañados,
nos produce un sinfín de
emociones. Estas emociones de todo
tipo, de alegría o de tristeza,
de amor, de soledad, de júbilo
o de nostalgia llevan la impronta
de la Navidad.
Es
posible que con los años,
con tanta Navidad ya pasada a nuestras
espaldas y tantos cambios en la
senda de nuestra vida, hayamos perdido,
no la fe, pero sí esa hermosa
ilusión de nuestros verdes
años. Cada uno va almacenando
sensaciones distintas, sucesivas,
mejores y peores, que quizás
modifiquen en nuestro ánimo
el sentimiento de la Pascua. Así
creemos que nos sucede, pero de
pronto, cuando se acerca esta fecha
gloriosa de la Navidad, como tocados
por un mágico resorte, volvemos
a llenarnos de ilusión y
nuestro pecho rebosa de afecto hacia
todo y hacia todos. Nos saludamos
con una efusión desconocida
normalmente, nos amamos más,
nos ayudamos más, nos inundamos
de amor. Es el milagro de la Navidad.
Recuerdo
con complacencia las Navidades de
mi niñez, rodeada de toda
la familia, al amor del fuego alegre
y trepidante del hogar, como nuestras
ilusiones, porque éramos
cinco niños y como decía
Alejandro Casona «donde hay
niños siempre hay fuego encendido».
Propios y extraños, todos
cabían en nuestra casa, acogidos
de muy buen grado, por la sumisa
ancha y bondadosa de nuestra madre
que a todos atendía y confortada
en cuerpo y alma. He aquí
el poder de convocatoria de esta
entrañable Fiesta.
Navidad
es tiempo de amor, bien sea en nuestras
latitudes mediterráneas o
latinas donde un Belén o
Nacimiento, mezclado a veces con
el árbol nórdico y
la ingenua personificación
de los Reyes Magos, que llegaron
al Portal de Belén a la Natividad
del Niño Dios y que tanto
han hecho vibrar nuestro espíritu
infantil o bien en otras geografías
donde suena esta fecha en distintos
nombres como Noel, Santa Claus o
San Nicolás..., pero al fin
y al cabo Navidad es siempre Navidad
lo mismo en los países de
los renos voladores por las heladas
estepas, guiados por un orondo,
alegre y bonachón Santa Claus
o en las tierras calientes de los
países americanos, donde
quizás las ofrendas llevadas
al Portal sean aromáticos
y exóticos frutos tropicales,
nacidos en el pleno calor de su
invierno, pero llenos también
del fervor de su Navidad.
Todos
nos hermanamos, nos hacemos mejores
en la Navidad. Si hay penas se mitigan,
si hay soledad siempre hay un recuerdo
por teléfono o un secreto
brindis concertado de antemano,
si hay una lágrima se borra
con un beso...porque es Navidad.
Es
verdad que hay gente triste, desamparada,
enferma o sola, que ha perdido quizás
la sumisa por los avatares de la
vida, por la crudeza de su situación.
Démosle, pues, la mano generosa,
un cálido saludo, un rato
de compañía que tanto
se agradece cuando se está
solo o entristecido, porque es muy
posible que si damos amor, se nos
devuelva también amor.
Toma
sosiego en mi cobijo, hermano. Toma
mi pan y mezcla tu palabra, con
mis voces de amor agradecidas, porque
la Navidad nos acompaña.
Ofelia Sequeros es escritora
y licenciada
en Filosofía