Especial 'Semana Santa de la Región de Murcia- 17-03-2008' - laverdad.es

En Esperanza, Salvados


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stán ya próximos los días en que, de modo particular, podremos celebrar el misterio de nuestra Redención. Este se hace presente en cada Semana Santa y alcanza su culmen y máximo esplendor en el Triduo Pascual. Durante el mismo participamos plenamente de la salvación que Nuestro Señor Jesucristo nos ganó con su pasión, muerte y Resurrección.

Nos anima en este año, de modo especial, a buscar esa salvación de cada uno y de todas las almas, la Esperanza que, con providencial acierto y rica profundidad, el Santo Padre Benedicto XVI nos ha acercado aún más a través del regalo de su Encíclica Spes salvi. En efecto, la salvación nos viene por la muerte y resurrección del Hijo de Dios. Pero no es la muerte natural la que roba al hombre su felicidad, ni la que puede sustraerle la alegría de vivir.

Existe otra muerte más profunda y verdadera: el abandono de nuestra relación con Dios, fuente de la vida, como consecuencia de nuestro pecado. Es por ello que Nuestro Señor Jesucristo, ofreciendo su cuerpo semejante al nuestro en el ara de la Cruz, y perdonando nuestros pecados, redujo a la impotencia “al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo” (Hb 2,14), abriendo así para cada hombre la esperanza de la Vida Eterna.

Este milagro se produce y vive en la Iglesia, comunidad de salvados por la Gracia, que se expresa en la vida moral de sus fieles: porque, salvados, podemos morir a los pecados y defectos personales, a las propuestas de este mundo pagano y desviado -placer carnal y egoísta, riquezas pasajeras, poder terrenal-.

Es ésta la Iglesia -Lumen gentium, luz de los gentiles-, en la que sus miembros, con humildad y precariedad, pero también con la fortaleza que sólo de Dios viene, pueden vivir del cumplimiento del mayor mandamiento: Que os améis, como yo os he amado. Así, el Amor de Dios se refleja en nuestras familias -tan vilipendiadas últimamente por el sólo hecho de proclamar la belleza del amor cristiano-, en nuestros jóvenes -tentados frecuentemente a rebajar su dignidad y a hipotecar su futuro-, en la atención a los más débiles -enfermos, ancianos-, colaborando en la defensa activa de la vida desde su concepción hasta su extinción natural, compartiendo nuestros bienes con quien más lo necesita.

De ahí la importancia de que podáis preparar con dignidad y esmero todos los actos y procesiones que nos acercarán a todos al Amor que nos salva.

Enhorabuena por ello, y que el Señor os bendiga en vuestro servicio. Así se lo pido, por mediación de la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza.

Con mi bendición y afecto.


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