TRADICIONALES PASTILLAS NAZARENAS EN LA CONFITERIA DE BONACHE. /NACHO GARCÍA / AGM
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la verdad
emotos nazarenos huertanos, cuya generación se extingue por momentos, atesoraban en sus senás la huerta vida en forma de habas y monas, pastillas de caramelos que les ayudaban a reponer fuerzas y rendir tributo a amigos y familiares a lo largo de la carrera. Este fue el origen de la generosidad de los cofrades, única en España, que más tarde se extendió hasta convertirse en tradición. Fue cuestión de tiempo que, entrado el siglo XIX, se adornaran los caramelos con mensajes aduladores y amorosos, con coplas y versos de arte menor, especialmente de tema religioso. El que vaya Viernes Santo a Jesús por la mañana, verá de Salzillo el arte y a las devotas murcianas. Los antiguos caramelos, como probaron los profesores María Josefa Díaz de Revenga, Manuel Ruiz- Funes Fernández y Francisco Flores Arroyelo en un extenso estudio acerca de la historia de estos dulces en la Semana Santa murciana, se confeccionaban sobre una base de agua, con azúcar, del tipo florete, y esencias de fresa, bergamota y anís. Los pasteleros, extendida la masa sobre el mármol y una vez que se solidificaba, la cortaban con un enorme cuchillo, que iba trazando pastillas rectangulares. De entre todos los obradores que antaño se dedicaban a la producción de pastillas se convirtió en memorable el de Ruiz Funes, ubicado en la calle Trapería, al que sucedieron el Horno de la Fuensanta o La Buena Moza. También el de Falgas. Los nazarenos actuales observan cada vez con menos apego el reparto de caramelos durante los cortejos a favor de las golosinas y los artículos en miniatura. En apenas cincuenta años se ha pasado de repartir pastillas de azúcar a dar bolsas repletas de gominolas y miniaturas que representan túnicas, estantes y medias huertanas típicas. Algunas de las modas que trajo el nuevo milenio fueron los pins de plata, que representan las tallas más emblemáticas de las distintas cofradías, y los recordatorios de papel, tarjetas que en el haz muestran una fotografía de los pasos y, al otro lado, cariñosas dedicatorias a quienes contemplan las procesiones. También se reparten diminutos estantes de madera que no miden más de cuatro centímetros, capirotes que se pueden coger con solo dos dedos e insignias de las diferentes cofradías y hermandades. Las monas con huevo, tan agradecidas cuando el sol alcanza su cenit, son las únicas que se libran de la renovación. Pocos nazarenos desfilan sin que en el interior del seno se recueza, cuando menos, una docena de huevos. Con mona o panecillo. Entretanto, los tradicionales caramelos pierden la batalla de los sentidos y sus ventas descienden año tras año. Bombones palotes, chupetas de caramelo, gominolas con formas que varían desde fresas a huevos fritos y caramelos de café con leche, uno de los productos más caros y apreciados, se imponen en todos los desfiles. De tela, con los colores de la cofradía, el escudo grabado en oro y un cordón dorado. O, sobre todo, de plástico con una cinta. La elaboración de bolsas de caramelos, que también incluyen pastillas monas, recordatorios y miniaturas, es una tarea que ocupa a algunos nazarenos durante horas.