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«Para cada cristiano la muerte de Cristo no es ajena»
Queridos cofrades:

Todo el año, pero de un modo especial en cada Semana Santa, celebramos los misterios centrales de nuestra fe que culminan con la solemne Vigilia de Resurrección y el día de Pascua.

Para cada cristiano la muerte de Cristo no es algo ajeno, que sucedió hace veinte siglos y a la que asistimos, a lo más, como espectadores. De alguna manera, cada uno debe identificarse con Jesucristo en su muerte, muriendo también a sí mismo: a los pecados y defectos personales, a las tendencias desviadas del hombre viejo y a la tentación ancestral del orgullo y del egoísmo.

Esto se consigue sacramentalmente en el Bautismo, pero pide asimismo la libre adhesión para secundar esa acción bautismal en el alma. Es decir, el bautismo pide hoy de cada uno -aunque hayan pasado muchos años- que muramos a nosotros mismos; a todas esas inclinaciones no adecuadas que hemos referido. Pero, atención, todo esto es imposible sin la asistencia del Espíritu Santo, sólo con Dios podremos luchar contra el constante resurgir de nuestros pecados.

En esa lucha tenemos muchas ayudas, y entre ellas destaca toda la labor de evangelización y formación que las cofradías realizáis. Os animo a contemplar desde la fe la hermosa obra que lleváis a cabo. Sin duda vuestras acciones os ayudarán a entender el infinito amor de Dios por los hombres y os dispondrán para corresponder con un amor que sea capaz de gastar la vida por Dios y por vuestros hermanos.

Con mi bendición y afecto.

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