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Azules y blancos rivalizan en arte y pasión desbordados Los desfiles bíblico pasionales de Jueves y Viernes Santo compendian el trabajo y los esfuerzos de las cofradías a lo largo de todo un año
A. SORIANO
LORCA La ciudad vive en estos días pendiente del mayor acontecimiento religioso y cultural del año. No es exagerado afirmar que casi el cien por cien de los lorquinos, de los que viven habitualmente aquí, y de los viven fuera y son incapaces de dejar pasar estas fechas de Semana Santa alejados del bullicio especial de las procesiones, respiran estos días en blanco o azul, aunque en un rincón de su corazón conviva también el morado o el encarnado. Jueves y Viernes Santo, como es bien sabido, son los días cumbres de los desfiles bíblico pasionales. Pero no hay que olvidar el resto de la semana, que cada año cobra mayor contenido porque las cofradías intentan llenar esas fechas. Por la proximidad, conviene centrarse en las dos jornadas que se avecinan. El Jueves Santo la procesión es muy especial porque azules y blancos ponen en la carrera a buena parte de sus grupos bíblicos. Antes se decía que este cortejo era como un ensayo general, pero ese concepto hace tiempo que se superó y el desfile de Jueves Santo constituye una procesión muy completa que, además, aporta elementos que no se repiten otro día. El visitante, si tiene oportunidad de encontrar un asiento en la carrera principal, puede unirse a la pasión de los lorquinos que no se privan de gritar, aplaudir y vitorear a los integrantes del cortejo de su color, en especial cuando van a lomos de briosos caballos.Esto forma parte de lo que pudiéramos llamar la liturgia de los desfiles. Y así hay que entenderlo para no caer en el escándalo. El cortejo bíblico aporta una riqueza en bordados que es difícil de apreciar. Uno de los aspectos que marcan la singularidad de las procesiones de la Semana Santa lorquina es, precisamente, el bordado.Desde que la rivalidad se asentó entre blancos y azules a finales del siglo XIX, uno de los aspectos en que más se aprecia este constante gesto de superación es en la riqueza y belleza de los ropajes que lucen los personajes y las imágenes. Y ahí estriba uno de los valores que más llaman la atención del visitante, porque los lorquinos, muchas veces, tan acostumbrados están a ver los bordados, que no los aprecian. Junto a esta faceta procesionil, no cabe duda de que los espectadores vibran de forma especial con el paso de las caballerías y de los veloces carros guerreros. Ese es otro de los motivos de rivalidad. Cada año, azules y blancos intentan traer a la ciudad los mejores corceles. En los desfiles de Jueves y Viernes Santo, más de 200 caballos sirven de soporte a los grupos espectaculares. Y por las calles se ven pasar personajes bíblicos e históricos arrancados de las páginas de los libros sagrados, que cobran vida cada año como elementos sustanciales de un cortejo destinado a mostrar el triunfo de Jesús sobre las civilizaciones de todos los tiempos. La coordinación de ambos aspectos, belleza y riqueza de bordados y espectacularidad y emoción de caballerías de alta escuela, forman un cortejo que es posible gracias a un trabajo de preparación de meses y a una puesta en escena muy complicada que convierte a los mayordomos de las cofradías en piezas imprescindibles para que todo marche a su ritmo. Y junto a lo anterior, el espectador se quedará con el corazón encogido de emoción en dos momentos que son claves para entender la mayor parte de las motivaciones que arrastran, de manera incontenible a los cofrades. La presencia en la procesión, el Viernes Santo, de dos imágenes singulares por la devoción que despiertan. La Virgen de los Dolores, en el Paso Azul. La Virgen de la Amargura, en el Paso Blanco.Ambas advocaciones marianas cierran los cortejos de las cofradías que las tienen como titulares. Y el broche no puede ser mejor. Las gargantas, que han hecho esfuerzos repetidos a lo largo del paso del cortejo, sacan fuerzas renovadas y atronan con sus vivas la carrera. Los aplausos suben de intensidad y las manos casi echan humo. Desde balcones, ventanas, y desde las propias tribunas, la gente lanza flores sobre los tronos. Estos sentimientos, que afloran más en Semana Santa, son la rúbrica de un espectáculo singular.
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