Noche cerrada. Tiniebla redoblada por el
silencio y por la absoluta falta de luz. Silencio activo.
Escenario pavoroso y solemne. Callen hermanos y visitantes,
callen los cofrades y el pueblo todo. Y, si alguno se siente
carente de la virtud necesaria para poder guardar el voto
de silencio, abandone sin más el cortejo y su presencia.
El parche flojo del tambor refleja lúgubres presagios,
y poco a poco se va perdiendo en la inmensidad de la noche,
substituido por el sonido cadencioso de los pies y de las
cañas: bordón barroco que pone ritmo a un
poema vanguardista y complejo de luz y sombras en claroscuro,
de movimientos armónicos y de tonos musicales de
construcción clásica o de honda raíz
popular.
La atmósfera se tiñe de ricos aromas: rosa,
clavel, alhelí, lirio, azucena y nardo; romero y
tomillo en flor. E incienso: encendida ofrenda que asciende
como callada oración.
Y la luz. Luz de luna que cubre en argénteo baño
las figuras de Cristo, de su Madre y de sus Santos. Luces
prístinas, diminutas e infinitas de aceite y cera
que, meciéndose en el aire, acompañan y muestran
al Redentor. Y bajo esas gotas ígneas que estilizan
el desfile y nos llevan a centrarnos en su esencia, penitentes
y portapasos que están porque no están.
Raros arpegios de escalonadas voces se hacen plegaria:
Miserere nobis pecatoribus... Stabat Mater Dolorosa iuxta
Crucem lacrimosa... Otras veces, finos dardos en forma de
verso racial parten el alma envueltos en el compás
certero del cante jondo. Clamor del pueblo hacia su Jesús;
a Ti, que a muerte te sentenciaron; al Cautivo divino, atado
con tan fuertes ligaduras que hasta las piedras quebrantan.
Ecce Homo. Ahí tenéis al hombre. Cristo de
la caña, de la corona de espinas y del manto grotesco.
¿No decían que eras rey? Y vienes hacia mí
con paso tranquilo y lento, con paso humano, paso de Dios
hecho hombre... Me miras y sigues viniendo hacia mí...
No te cansas nunca de venir hacia mí, de buscarme,
loco de amor; de un amor grande, sin límites.
En suave y estremecedor balance, cubierto de luna llena,
pasas ahora, Señor, crucificado, Santísimo
Cristo de los Mineros. Tú, Creador del mundo, de
todo lo visible y lo invisible, agonizando en la Cruz. Supremo,
inefable cambio: muere el Ser eterno para que quienes somos
mortales tengamos Vida por siempre. Oh Cruz santa, instrumento
de redención, camino de salvación.
La Cruz vacía, también en silencio, siempre
en silencio, ve alejarse del Calvario a los más fieles,
a quienes, a despecho de su temor y de sus dudas, han acompañado
a Jesús hasta el final. Ahora regresan del lugar
del tormento. Mas su paso no es trémulo ni perezoso;
caminan con decisión y con la mirada hacia adelante.
Intuyen que no ha terminado todo.
Y la Virgen, Madre del Creador, Madre del Salvador, Arca
de la Alianza, Puerta del Cielo, mecida amorosamente en
trono de luz, medita en su sacratísimo corazón
de madre los misterios de la Redención, y recibe
la oración que sus hijos le dirigen, oh Clementísima,
oh Piadosa, oh Dulce Virgen María, imbuidos ellos
también de la realidad que su advocación representa:
Esperanza.