Callen hermanos y visitantes, callen los cofrades y el pueblo
La Verdad Digital  
   Webmail    Alertas   Envío de titulares   Página de inicio
PORTADA ACTUALIDAD ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
ESPECIALES
Miguel Ángel Cuevas / Notario de Cartagena
Callen hermanos y visitantes, callen los cofrades y el pueblo
Foto
EL CRISTO DE LOS MINEROS ES LLEVADO HACIA LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE GRACIA
Noche cerrada. Tiniebla redoblada por el silencio y por la absoluta falta de luz. Silencio activo. Escenario pavoroso y solemne. Callen hermanos y visitantes, callen los cofrades y el pueblo todo. Y, si alguno se siente carente de la virtud necesaria para poder guardar el voto de silencio, abandone sin más el cortejo y su presencia.

El parche flojo del tambor refleja lúgubres presagios, y poco a poco se va perdiendo en la inmensidad de la noche, substituido por el sonido cadencioso de los pies y de las cañas: bordón barroco que pone ritmo a un poema vanguardista y complejo de luz y sombras en claroscuro, de movimientos armónicos y de tonos musicales de construcción clásica o de honda raíz popular.

La atmósfera se tiñe de ricos aromas: rosa, clavel, alhelí, lirio, azucena y nardo; romero y tomillo en flor. E incienso: encendida ofrenda que asciende como callada oración.

Y la luz. Luz de luna que cubre en argénteo baño las figuras de Cristo, de su Madre y de sus Santos. Luces prístinas, diminutas e infinitas de aceite y cera que, meciéndose en el aire, acompañan y muestran al Redentor. Y bajo esas gotas ígneas que estilizan el desfile y nos llevan a centrarnos en su esencia, penitentes y portapasos que están porque no están.

Raros arpegios de escalonadas voces se hacen plegaria: Miserere nobis pecatoribus... Stabat Mater Dolorosa iuxta Crucem lacrimosa... Otras veces, finos dardos en forma de verso racial parten el alma envueltos en el compás certero del cante jondo. Clamor del pueblo hacia su Jesús; a Ti, que a muerte te sentenciaron; al Cautivo divino, atado con tan fuertes ligaduras que hasta las piedras quebrantan.

Ecce Homo. Ahí tenéis al hombre. Cristo de la caña, de la corona de espinas y del manto grotesco. ¿No decían que eras rey? Y vienes hacia mí con paso tranquilo y lento, con paso humano, paso de Dios hecho hombre... Me miras y sigues viniendo hacia mí... No te cansas nunca de venir hacia mí, de buscarme, loco de amor; de un amor grande, sin límites.

En suave y estremecedor balance, cubierto de luna llena, pasas ahora, Señor, crucificado, Santísimo Cristo de los Mineros. Tú, Creador del mundo, de todo lo visible y lo invisible, agonizando en la Cruz. Supremo, inefable cambio: muere el Ser eterno para que quienes somos mortales tengamos Vida por siempre. Oh Cruz santa, instrumento de redención, camino de salvación.

La Cruz vacía, también en silencio, siempre en silencio, ve alejarse del Calvario a los más fieles, a quienes, a despecho de su temor y de sus dudas, han acompañado a Jesús hasta el final. Ahora regresan del lugar del tormento. Mas su paso no es trémulo ni perezoso; caminan con decisión y con la mirada hacia adelante. Intuyen que no ha terminado todo.

Y la Virgen, Madre del Creador, Madre del Salvador, Arca de la Alianza, Puerta del Cielo, mecida amorosamente en trono de luz, medita en su sacratísimo corazón de madre los misterios de la Redención, y recibe la oración que sus hijos le dirigen, oh Clementísima, oh Piadosa, oh Dulce Virgen María, imbuidos ellos también de la realidad que su advocación representa: Esperanza.



Vocento