Las veletas de la iglesia de San Nicolás
quieren arañar el azul cielo de Murcia para que se
transforme en sudario del Santísimo Cristo del Amparo.
Es Viernes de Dolores y la Semana Santa de Murcia se mira
en el infinito, y este como si fuera un espejo, le devuelve
sus tonos para que desfile con ellos la Venerable cofradía
del Santísimo Cristo del Amparo y María Santísima
de los Dolores. La pasión, según la entiende
esta ciudad, ha comenzado.
Jesús se convierte ante el dolor de su madre en
amparo de los murcianos. Cristo, desde el madero, abre sus
brazos buscándonos en el callejero y sale a nuestro
encuentro para redimirnos.
En su peregrinar lo vemos como es flagelado; ante Pilatos:
convertido en Gran Poder camino del Calvario; encontrándose
con las Santas Mujeres; acompañado de Juan y de su
madre dolorosa.
!Qué amparo el tuyo, Señor!
Cómo tu angustia serena...
se cincela con la pena
de tu Pasión y tu Muerte,
mientras,.en la cruz, inerte
de gracia el alma nos llenas.
La procesión está en la calle. Una saeta
se convierte en oración cantada. Los redobles de
tambor y el sonido de los carros de bocinas ponen sonido
murciano al desfile. Flores de nuestros huertos adornan
los barrocos tronos en los que la imaginaria de nuestros
artistas muestran con todo el realismo los momentos de la
pasión.
Las hileras de nazarenos de hermosas túnicas azules
acompañan a los titulares de las hermandades. Ya
el cielo ha cambiado su tono, y tras prestar su color de
las siete de la tarde, el negro salpicado de destellos de
estrellas y luceros abraza el cortejo.
Entra en la barroca Plaza de Belluga el Cristo del Amparo
y parece como si toda la iconografía de la fachada
de nuestra Catedral suspirara a su paso.
Cuando la Santísima Virgen de los Dolores lo espera
en la puerta de su templo, su mirada está en ese
infinito de la primavera murciana, mirando las mismas veletas
que antes del desfile querían arañar el cielo
para hacer un sudario a su amado hijo.