El rape: desde la cabeza hasta la cola
El
otro día coincidí con un amigo en los puestos
de pescado de un mercado coruñés. El tiene un
restaurante conocido, cuya fama se asienta sólidamente
en la calidad del producto que ofrece.
En uno de los puestos vio dos hermosísimos
ejemplares de rape; es una manera de hablar, porque el pescado
en cuestión es de todo menos bonito. Descomunales:
por encima de los siete kilos cada uno. Eran rape propiamente
dicho, es decir, de tripa negra; los de tripa blanca por Galicia
se llaman 'julianas' y son menos estimados y, consecuentemente,
más baratos.
En estas fechas, el rape de ese tamaño
y condición se pagaba en el mercado a 23 euros el kilo.
Mi amigo dudaba. Como sabe todo quien haya visto un rape entero,
más de la mitad de cada ejemplar lo ocupaba su desproporcionada
y feísima cabeza. El problema es que, dadas las características
de su restaurante, las cabezas no le servían prácticamente
para nada.
Si sus clientes quieren rape, quieren rape.
Cola de rape. No son de arroces ni sopas, preparaciones en
las que las cabezas de rape tienen mucho que decir: no
hay nada que haga tan buen caldo de pescado, como una cabeza
de rape, sin contar que sus 'mejillas' encierran una carne
deliciosa, pero no vistosa.
Así que mi amigo pensaba, por un lado, en la gran calidad
del pescado, mientras calculaba a cuánto tendría
que vender la ración para, al menos, no perder dinero.
Por otro, se imaginaba que tanto él como el personal
de su restaurante iban a pasarse unos cuantos días
a dieta monográfica de platos preparados con cabeza
de rape.
Al final los compró. Pagó 360
euros por ellos; ya se sabe que en estas fechas los pescados
y los mariscos ven dispararse sus precios. Quedé en
pasarme por su restaurante para probar el rape, indicándole
que no me importaría nada tomar algún plato
elaborado con el monstruoso 'subproducto' capital del pescado.
Un pescado que da muchísimo juego. La
especial textura de sus carnes lo hace indicadísimo
para unas brochetas, que muchos cocineros vulgarizan insertando
entre taco y taco de rape insípidos langostinos congelados.
Hace también un magnífico salpicón, en
el que no molestan como compañeras unas colitas de
cigala. Por supuesto, está buenísimo simplemente
frito, al estilo asturiano; o a la gallega, o en salsa verde...
Ya apuntamos que su cabeza es la mejor materia
prima para un caldo de pescado con el que preparar después
una deliciosa sopa o un sabrosísimo arroz. Y con sus
'mejillas' o carrilleras se pueden preparar platos excelentes.
Todas estas posibilidades se las sugerimos a
nuestro amigo, en un intento de dar variedad a su inevitable
dieta de cabeza de rape. Una fórmula magnífica
es ésta: carrilleras
de rape en conchas de vieiras, muy adecuada, además,
para el Año Xacobeo.
Ante todo, hay que hacerse con unas cuantas conchas de ese
molusco bivalvo; la mejor manera es adquirirlas con bicho
dentro, comerse el interior y luego lavar y limpiar concienzudamente
el exterior.
Por otro lado, deberán lavar bien la cabeza del rape,
trocearla y cocerla de seis a siete minutos en agua con sal
y una hojita de laurel. Naturalmente, si añaden al
conjunto unas verduritas tendrán un proyecto de caldo
de pescado excelente. Bien, cuando el rape se enfríe
a temperatura manejable, extraigan con cuidado todas las partes
carnosas de su cabeza y divídanlas en trozos pequeños,
pero no minúsculos.
Sí que deben ser minúsculos los trozos a los
que reducirán dos tomates, un pimiento verde de los
de cristal, un trocito de calabacín y otro de la parte
blanca de un puerro. Una vez todo ello hecho daditos mínimos,
sofríanlos en un chorrito de aceite de oliva, añadiendo,
cuando esté listo el sofrito, los trocitos de carrilleras
de rape.
Mientras tanto, mejor dicho, como primera medida, preparen
una bechamel suave con harina, mantequilla, leche y nata.
Trabájenla bien, para que quede perfectamente homogénea
y, como decimos, suave. Por otro lado, mezclen una cucharada
sopera de pan rallado -mejor si lo hacen en casa- con otra
de almendra molida.
Distribuyan la mezcla de rape y verduritas en las conchas
de vieira, y cúbranla con la bechamel. Espolvoreen
sobre ésta la mezcla de pan rallado y almendra molida
y terminen rallendo encima de todo un poco de queso; parmesano,
emmenthal, gouda... Un queso de vaca, en cualquier caso.
Metan las conchas al horno hasta que se caliente
bien su contenido, se funda el queso y la costra externa adquiera
un bonito y apetitoso color dorado. Con las mismas, a la mesa;
les va muy bien un Chardonnay, tal vez el excelente 'Milmanda'
del 2001, de Torres.
Y... qué quieren que les diga: se me
ocurren 'dietas' mucho menos atractivas.
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