En tránsito ferroviario
entre Barcelona y Valencia, asaltamos telefónicamente
a Ed Harcourt, story- teller, que no cantautor,
indie británico que mañana abre en Bilbao
(Santana 27, 15/17 euros) la jornada inaugural del festival
itinerante Wintercase junto con The Veils. El miniálbum
casero titulado Maplewood puso su nombre en
el disparadero crítico y el respaldo del pequeño
elenco de cotizados productores (Tim Holmes, Gil Norton,
Dave Friedmann..) que se involucraron en su debut, Here
be monsters (Heavenly 01), situó definitivamente
a este compositor y multiinstrumentista (piano, guitarra,
saxo, batería, bajo y juguetes varios) tan prolífico
como versátil.
En los seis discos que ha grabado en sólo cinco años hay rescoldos de pop melancólico con aires de americana (Ed ha girado con Wilco y los REM de un Michael Stipe que canta sus temas), baladas con piano alteradas con guitarras, composiciones ampulosas que no desentonarían (mal que le pese) en un disco de Muse y canciones con melodías preciosistas como las de su último álbum, The beautiful lie, una colección de «historias» registradas con la colaboración puntual de Graham Coxon y cantadas con voz dramática.
Composiciones «maduras y diferenciadas» que sugieren conexiones improbables entre Tom Waits y Flaming Lips, Nick Drake y Neil Young, Radiohead y Andrew Bird o Elvis Costello y los White Stripes más desnudos.
-Vienes de girar en Inglaterra con una banda, pero en el Wintercase estás tocando en solitario, ¿no?
-Sí, es un poco extraño porque estoy tocando después de The Veils, que es una buena banda al completo con un sonido bastante intenso, y luego salgo yo, que canto y toco solo y hago un concierto bastante desnudo. Pero está bien; también me siento cómodo en este formato en el que actúo bastante, ya que a veces no hay presupuesto para viajar con una banda al completo. Cuando voy en solitario, reduzco las canciones a su esencia y tocándolas básicamente con piano y guitarras con pedales.
Colección de historias
-Aunque tocas varios instrumentos, la mayoría de tus canciones están basadas en el piano.
-Sí, es mi instrumento digamos favorito o central; sobre todo, para actuar. Lo toco desde hace ya veinte años, así que casi forma parte de mí. Empecé a dar clases de piano con nueve años con una profesora muy mayor. Mientras los demás chavales se iban a jugar al fútbol, yo tenía que practicar, pero me gustaba. Fue entonces cuando creo que me di cuenta de que me gustaría dedicarme a la música. Después aprendí a tocar el violonchelo, el saxo y, luego ya con mis primeros grupos de rock, la guitarra o el bajo, a los que me acerqué de forma autodidacta. Desde que empecé a grabar me ha gustado aceptar el desafío de emplear la batería o el bajo, que he tocado en los dos últimos discos.
-En tu nuevo álbum hay canciones más digamos pop y otras, más centradas en el piano y la voz. ¿Es algo premeditado?
-No, es debido a que, en principio, tenía treinta canciones para dos discos diferentes. Uno iba a ser de canciones en una onda más psicodélica o pop y otras, centradas en el piano y la voz, un poco en la línea de lo que estoy haciendo en directo. Pero luego en la discográfica prefirieron escoger las que más les gustaban para reunirlas en un único disco. Fue un poco frustrante, pero, al mismo tiempo, resulta interesante escuchar canciones sin ninguna ligazón.
-Así que no hay una idea central detrás de temas con títulos tan llamativos como Visita del perro muerto, Sólo me llamas cuando estás borracha o Yo soy la droga.
-No, mi anterior disco (Strangers) fue más una colección de canciones sobre el amor en sus diferentes formas, pero éste es más una colección de historias, como si fuera un libro de pequeños relatos. Visit from the dead dog es el primer single del disco porque se trata de una canción muy especial para mí, toca Graham Coxon (Blur) y habla de mi abuela. Esa visita del perro salvaje se refiere a la impresión que me producía de pequeño cuando se levantaba en la oscuridad, era una visión que aterrorizaba. Tiene que ver con el hecho de haber grabado en su vieja casa con un piano de principios de siglo, pero, más allá de eso, es una canción sobre la vuelta a la infancia, sobre esa inocencia que no deberíamos perder. Los otros son en realidad temas de amor; ya sabes, es el tema universal del que ningún compositor puede escapar. A mí también me inspira y me resulta difícil evitarlo, pero me gusta abordarlo de una manera distinta o alejada de la canción tópica y feliz.
Desengaños y desafíos
-Se te cataloga como songwriter indie romántico o así. ¿Te consideras cantautor?
-Supongo que hay algo en mí del romántico sin esperanza o desengañado del que hablan mis canciones. De hecho, soy un romántico empedernido, no puedo evitarlo. Estar enamorado me hace sentir bien y, aunque suene muy hippie, creo que el amor es lo único que puede salvar el mundo. Lo que no me gusta es que me cataloguen sin ir más allá, no me gustaría convertirme en un cliché porque hay muchos más matices en lo que hago. No creo que me ajuste a lo que se entiende por un cantautor tradicional, ni siquiera me gusta el término; parece que por serlo tienes que mostrar toda la gama de emociones. Es un tópico que te adjudiquen el perfil del compositor oscuro, solitario, desamparado, borracho o con el corazón roto. Yo siento que tengo algo nuevo que mostrar con cada álbum.
-De hecho, tus álbumes tienen una gama bastante amplia de registros. ¿Te planteas cada disco como una ruptura radical con lo anterior?
-En parte sí, me gusta que sea diferente a lo anterior. Creo que las canciones deben madurar y crecer contigo; si como personas vamos creciendo, la música debe crecer también. Pienso que, como artista, siempre tienes que cambiar de dirección; de alguna manera, tienes que desafiarte a ti mismo para no repetirte. Cuando has vendido mucho de un disco, lo fácil es repetir la jugada. Muchos grupos y artista lo hacen y creo que eso me mosquea; es decepcionante porque se supone que el desafío creativo es la razón para ser artista. Yo intento que cada disco sea diferente e interesante. Hago canciones pop con piano, guitarras y trato de que sean accesibles para la gente, pero, al mismo tiempo, igual lo mezclo con algo oscuro a continuación. Trato de mantener un toque de pop extraño.
Crítica tópica
-Te comparan con gente tan diversa como Rufus Wainwright, Badly Drawn Boy, Damien Rice, Elvis Costello e incluso con grupos como Coldplay, Muse o Doves.
-Entiendo que me comparen con gente, es inevitable que un día te asocien con Elton John y otro, con Jeff Buckley o Tom Waits. Al principio decían cosas graciosas, como que era el Oliver Reed del indie piano rock. Rufus me gusta, pero no creo que tenga mucho que ver con él; lo que hace es más music hall, diría. Y Damien Rice o Badly Drawn son más acústicos y tradicionales que yo. Y lo de grupos como Coldplay o Muse ya no me gusta; son los clichés de la crítica que ni siquiera se ha parado a escuchar con atención. En todo caso, yo no escribo para ellos, busco la canción perfecta según mi forma de entender y luego espero que a la gente le guste. Encontrarla es siempre complicado porque no existe una sola forma de canción perfecta, sino muchas.
-¿Qué influencias reconoces?
-Yo he crecido escuchando a los Beatles, Dylan, Beach Boys, Velvet Underground, Nick Drake o Tom Waits pero siempre estoy abierto a nuevas cosas, tanto de rock, como de jazz o electrónica. Por eso me gusta colaborar con otra gente y tengo varios proyectos al margen de lo que hago como Ed Harcourt.
-¿Por ejemplo?
-Bueno, preparo alguna banda sonora, colaboraciones
con gente como Grahan Coxon, que siempre encuentra la
manera de sacar su música, y también estoy
trabajando con música electrónica y con
el trompetista de jazz francés Erik Trufazz.