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El sol sale para todos

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ALGAMECA CHICA. Tras las lluvias de octubre, la ensenada cartagenera amaneció luminosa: chabolas, tejados de uralita, el agua verdosa, embarcaderos de tablas....

JOSÉ MARÍA GALIANA


Amanece y la Algameca Chica no tiene prisa por despertar. Reducto de espíritus libres, glosadores de la divina acracia, su ensenada es uno de los desagües del histórico Mar del Mandarache, el estero o almarjal de Cartagena que rodeaba la ciudad amurallada, foco de epidemias e infecciones hasta que diversos proyectos y obras contribuyeron a su desecación.

En 1795 se acordó variar el curso de la rambla de Benipila mediante un caudal revestido con mampostería hasta la desembocadura de la Algameca Chica, y realizar plantíos de álamos, sauces y mimbres inmediatos a otros malecones con el fin de proteger el cauce; actuaciones que, por lo general, han sido insuficientes en época de lluvias torrenciales.

A día de hoy, la Algameca Chica es un espacio silencioso y degradado, un «rincón típico» situado en la desembocadura de una rambla con fondos escasos de fango y piedra. Apenas tiene capacidad para pequeñas embarcaciones y en sus riberas hay un núcleo de población improvisado en cuyos márgenes se apilan y entremezclan casitas con tejados de uralita, embarcaderos de tablas, unos pocos pinos, eucaliptos, acacias e higueras, los vertidos del Tercio de Levante y chabolas que carecen de agua corriente y desagües, un escenario apartado que repele a buena parte de la ciudadanía, de hecho, a la Algameca Chica se la nombra Shanghai.

Desde hace más de un siglo viven en este rincón marinero pescadores que se hacen a la mar en viejos barcos de motor, naturalistas con caravanas, inmigrantes, marginados e indigentes que han hallado aquí amparo y juegan al futbito, pescan cangrejos para merendar, apuran un cubata en El Chiringuito y disfrutan del azul del mar y de la isla de Escombreras, cuya silueta emerge en el horizonte. En los meses de estío se incorporan familias modestas que ocupan las viviendas heredadas de sus padres y abuelos.

La Algameca Chica se localiza entre la punta de la Veleta y el cabezo de Galeras, al poniente del castillo homónimo, y a doscientos metros del Tercio de Levante. Soporta una cuenca vertiente escasa -apenas cuatro kilómetros- pero muy accidentada. Su mayor altura es el cabezo Roldán (489 metros) y da lugar a una pendiente media de 20%.

Los contornos merecen ser visitados, como toda la línea de costa de Cartagena. Desde el cerro de la Estrella (412 metros) y cabezo Roldán, parte de cuyos terrenos los ha adquirido la consejería de Medio Ambiente, uno otea el privilegio de los dos mares: el Menor, al norte, el Mediterráneo al sur, atalaya que regala una deliciosa paleta de azules, rosas y grises.

En este fascinante litoral, desnudo y escarpado, zigzaguean senderos y ramblas que desaguan en playas vírgenes y solitarias, propicias para la recalada. Desde la playa del Portús hasta la isla de La Torrosa -en realidad, un atolón unido a tierra de forma natural-, durante los siglos XVI y XVII los atalayares municipales o guardas de costa se instalaban allí para avisar de la llegada de los piratas berberiscos mediante ahumadas de día o fogatas de noche.

La batería antiaérea de cabezo Roldán, emplazada a una cota media de 485 metros, fue artillada en 1932 con cuatro cañones antiaéreos Vickers. En 1965 quedó fuera de servicio y posteriormente se ordenó su desartillado.

Desde la Algameca Chica hay que seguir la pista de tierra que bordea el Mediterráneo y ganar el asombro de Fatares y la Parajola, las únicas playas de este tramo costero, así como los islotes de la Torrosa y de las Palomas, de notable valor paisajístico y ecológico. Rica en moluscos, la de las Palomas tiene una superficie de 28 hectáreas y tiene la consideración de ZEPA (zona de especial protección para las aves) debido a la presencia del paiño europeo y la pardela cenicienta; por el vuelo del halcón peregrino y del búho real hay otra ZEPA que abarca Tiñoso, la Muela y cabezo Roldán.

Dos son las Algamecas: la Chica y la Grande, ambas de interés militar, si bien la segunda, situada en las laderas de La Chapa y la punta del Morral, forma un puerto de uso para las unidades de la Armada, un pequeño puerto militar con un dique de abrigo, fondos variables entre los cinco y siete metros, y una boca de entrada muy ancha.

Las instalaciones logísticas de la base naval ocupan principalmente las dos Algamecas y el territorio aledaño. En las inmediaciones se prodigan manchas de pinar para recreo de senderistas.

ANSE entregó el año pasado 200 plantones de distintos árboles y arbustos autóctonos para restaurar una zona degradada de la estación naval, cerca de Tentegorra: lentisco, aladierno, palmito carrasca y ciprés de Cartagena, especies de alto valor ecológico.

Al declararse la Guerra Civil se instaló en La Algameca Chica un proyector para detectar la presencia de la aviación. Un vecino recuerda que, en las noches de verano, niños y mayores se dormían mirando las evoluciones y destellos de los haces luminosos que barrían el cielo.

Ahora, tras las intensas y persistentes lluvias de otoño, el Mediterráneo, radiante, saca los colores a la mañana, un pescador echa la caña, ladran los perros y una barca varada se hace a la mar.

Señal de que el sol sale para todos.




 
 
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