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Mirador de los obispos

Foto

EL MARTILLO. Sobre el antiguo Arenal del río Segura que dio nombre a la calle que separa el Ayuntamiento del Palacio Episcopal se alza el privilegiado mirador de los Obispos

JOSÉ MARÍA GALIANA


Sobre lo que fue entrañable Arenal del río Segura se alza el mirador de los Obispos, ala porticada que la voz popular conoce por el Martillo, pues cierra la Glorieta con una galería que se proyecta hacia el sur. Construido por deseo del obispo Juan Mateo, a él se debe también el Palacio Episcopal (1748/1752), frente al imafronte de la Catedral, bellísimo retablo de piedra obra de Jaime Bort, escultor y arquitecto. Alarifes, pintores, doradores, escultores y ensambladores murcianos del siglo de Oro colaboraron en un proyecto catalogado de obra maestra del barroco internacional

Edificado en un período de cuatro años (1748 / 1752), el palacio se levantó paralelo a la ribera del río, en un solar cedido por el marqués de los Vélez, adelantados de Murcia desde el siglo XV.

Sobre el balcón principal de la fachada norte, revocado en rojo, campea el escudo del obispo Rojas y Contreras. En el interior destaca el patio de planta cuadrada y la capilla del Obispo.

El edificio consta de bajo, principal y segunda planta. La fachada roja se divide en tres zonas horizontales que luego se repiten en una de las portadas y en el patio interior. Su construcción estuvo dirigida por el arquitecto italiano Baltasar Canestro, que participó más tarde en el diseño del palacio Real de Madrid. Ambas fachadas son de de estilo rococó. El patio interior da acceso por una noble escalera a las dependencias y servicios, destacando en las amplias galerías una nutrida colección de retratos de los obispos de Cartagena, de desigual valor pictórico.

Desde el mirador

A un costado de la puerta sur, evocación de los cipreses, arriates y surtidores de agua que alegraban el Darajarife o palacio del Príncipe, el sol acaricia el bronce del cardenal Belluga, obispo y soldado que en tiempos de paz vadeaba el río y se adentraba en la huerta para interesarse por las cosechas y huertanos.

Desde la segunda planta del Martillo se disfrutaba de una panorámica muy despejada, apacible y luminosa, una atalaya de privilegio: el Arenal, nombre que se daba a la Glorieta y a toda la orilla del río; el Darajarife, hoy Ayuntamiento; el Puente Viejo, el promontorio donde los romanos establecieron un primer destacamento, «aquel Malecón entre los huertos» (Jorge Guillén), las barcas, los molinos, las almunias, los barbos y el agua viva que levantaba remolinos de espuma en los azudes.

Salvo algunos árboles, nada interfería el paisaje. En la otra ribera del río, sobre huertos y solares, se creó en 1756 la plaza de Camachos o de los Toros. El afán de celebrar festejos se cumplió en septiembre de 1759, si bien dejó de ser coso taurino cuando inauguraron la plaza de San Agustín. «A esos balconajes se asomaban autoridades de Murcia, elegantes damas y linajudos caballeros en las tardes de corrida. Su arquería de columnas en balconaje corrido es un ejemplo documental del estilo barroco en Murcia, que solamente existe en esta plaza».

Fuentes y Ponte, autor de Murcia que se fue, dejó testimonio de que en el siglo XVII, «entre la cruz del Puente y el convento del Carmen y de Capuchinos», se plantó una alameda de cipreses y álamos: «Por la de Capuchinos, a pie paseaban las señoras a un lado y a otro los caballeros, su escote adornado de piedras, tal estrenaba mejor encaje de Almagro ó de Malinas, entrometiendo no sólo modas de lazos en el tocado de su marañada cabellera, sino joyas».

Un siglo más tarde, desde el mirador de los Obispos se veía el verdor de la alameda a cuya sombra festejaban ferias y mercados. Fue el germen del actual jardín de Floridablanca, el más hermoso de la ciudad y el primero de carácter público en España.

Francisco Medina ha recuperado el espíritu del jardín hispano musulmán con andenes de flores, rumor de agua y un paseo con dos cortinas de chopos que evocan la alameda original. Le dan color y olor una rosaleda de 1.400 ejemplares y numerosos galanes de noche, romeros, retamas, jazmínes, lavandas y mirtos, el arrayán de los muslimes que dio nombre a Murcia.

Frente a la iglesia, en el jardín que lleva su nombre, perdura la estatua de Floridablanca, ministro de Carlos III, y la iglesia del Carmen, edificada en 1701 por fray José Chover, guarda la imagen del Cristo de la Sangre, admirable escultura de Nicolás de Bussi.

A los piés del mirador de los obispos nació y creció el frondoso parque de Ruiz Hidalgo, sobre la noria del Caramajul que levantaron los árabes para abastecer de agua a la alcazaba.

Algunos eucaliptos del desaparecido parque de Ruiz Hidalgo, paraíso vegetal con paseo de carruajes y andenes para peatones, no han perdido su estatura y despuntan sobre los edificios vecinos. Hasta 144 especies de plantas catalogó Ricardo Codorníu, autor de una guía exhaustiva del parque.

En escenario tan bucólico, los obispos debieron disfrutar de las puestas de sol y las noches estrelladas, de la Feria de ganado y la Batalla de flores.

A veces, en las largas noches de verano, apetece pasear por el Arenal, cuando la Glorieta se aroma con el incienso de los galanes de noche, y se percibe un temblor de rosas bajo los últimos eucaliptos.




 
 
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