| EL LEÓN DORMIDO. Así llamó Gabriel Miró al Ponoig, vigía del valle de Guadalest,que ofrece varias vías de escalada. Al sur emerge el Puig Campana, a 1436 metros . / JOSÉ MARÍA GALIANA |
POLOP DE LA MARINA.
Sobre un mar de nísperos se alza la antigua Baronía
de Polop, pueblo luminoso que ha conservado el alma rural
y la memoria del escritor Gabriel Miró
JOSÉ MARÍA GALIANA
Adustos cipreses y matas de lavanda y tomillo aroman la subida del antiguo y cerrado cementerio de Polop de la Marina, al que Gabriel Miró llamó Huerto de Cruces: «En lo antiguo, aquello que pisaban no era todavía camposanto. El camposanto estaba en las últimas peñas». Raro es el día que algún turista o escritor no encara la pendiente jalonada de hornacinas enjalbegadas, vía crucis o camino de la cruz formado por catorce estaciones o altares donde los fieles se detienen para rezar, evocación de los pasos que dio Jesucristo camino del Calvario. La subida se hace corta y grata por los nispereros que verdean las hondonadas, los muros de piedra, la muralla medieval, los tejados de adobe, las callejuelas del casco histórico, la casa de la Senyoría que preside la plaza de la Diputación, la iglesia de San Pedro que data de 1703 y los últimos repechos que llevan a la fortaleza edificada por el poderoso Al Azrak, legendario caudillo que lo convirtió en plaza fuerte y plantó cara a Jaime I, quien precisó de denodados esfuerzos para su conquista. Años después, a raíz de la revuelta agermanada contra Carlos I, los mudéjares fieles al emperador buscaron refugio en el castillo. En 1609, cuando Felipe III decretó la expulsión de los moriscos, los cristianos se guarecieron en la fortaleza para repeler posibles asaltos de los musulmanes. Pueblo blanco y acogedor, ceñido por un fértil valle, ocupa un cabezo entre las sierras de Orxeta y los breñales de Bernia, dominando desde tiempo inmemorial la entrada desde la costa mediterránea por el valle de Guadalest, hacia las montañas de interior. Habitado por los iberos, a tan estratégico emplazamiento debe Polop de la Marina la fortaleza que corona la ciudad y la condición de villa y baronía que agrupaba Benidorm, Alfaz del Pi y La Nucia. Cavanilles la visitó en 1797, cuando apenas tenía 300 vecinos, y vio un término «muy extenso con abundantes aguas para el riego, y como la aplicación de los naturales compite con la fertilidad del suelo, sacan preciosos frutos: trigo, cebada, maiz, judías y algo más de las demás legumbres, pasas, algarrobas, almendros, higos, lana, aceite, seda y vino. El león dormido Todo se empequeñece ante la presencia del Ponoig, soberbio macizo al que Gabriel Miró inmortalizó con el sobrenombre de El león dormido, centinela del valle de Guadalest que ofrece interesantes vías de escalada. Al sur emerge el Puig Campana, a 1.436 metros sobre el nivel del vecino Mediterráneo. A pesar de las nuevas urbanizaciones que trepan por las faldas del Ponoig, Polop de la Marina no ha perdido sus raíces hortenses ni el espíritu musical, pictórico y literario de los que buscaron refugio en el cerro, como Óscar Esplá, Sagivela, Gabriel Miró, que disfrutó de varios veranos en la Casa de Sigüenza, que se halla en la carretera de Guadalest, y Benjamín Palencia, cuyo taller aún se conserva y sus restos reposan en el camposanto. «Sobre la tapia, una calavera monda miraba con nosotros hacia Callosa de Ensarriá. Entramos en el cementerio. ¡Pobre Huerto de Cruces sin cruces! Huerto de huesos, de tierra de huesos...» «Quise coger la calavera de la tapia y darle tierra ¿por última vez? Estaba monda y limpia como un buen verso de Jorge Guillén, como una piedra del lecho de un torrente. Mientras la alcanzaba. Sigüenza había desprendido otra del suelo con su bastón...» (Años y leguas). Llega a mis manos un cuaderno editado por el Museo Gaya dedicado a Juan Guerrero Ruiz, que fue secretario del Åyuntamiento de Alicante, en calidad de fotógrafo, personaje esencial de una Murcia lejana aunque corta en el tiempo, y recuerdo la exposición titulada «Juan Guerrero Ruiz, álbum fotográfico», donde se mostraron imágenes de él y de sus amigos: Bonafé, Gaya, Antonio Garrigós, Luis Garay, Carmen Conde, Antonio Oliver, Planes, García Lorca, Salinas, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Andrés Sobejano, Alberti, Unamuno, Gabriel Miró y Gasparo, el enterrador del cementerio de Polop. El 2 de septiembre de 1928, desde Benidorm, Guerrero llegó a mediodía a Polop con su máquina Kodak de 6 por 9: «Ramón Gaya se quedó en la Venta de Baltasar, y yo fui a casa de Gabriel Miró, donde me esperaban. Apenas enterados de que me había acompañado Ramón, enviaron por él y todos, sentados a su mesa, comimos un cocido murciano. Por la tarde, temprano, subimos al pueblo. Mejor cruzamos el pueblo para subir a su Huerto de Cruces, al cementerio donde se han ido acumulando, siglo tras siglo, todos los vecinos muertos de Polop». Huele la tarde a miel, a romero y a cantueso. Atrás quedan las murallas del castillo de Al Azrak, las estaciones con cerámicas de colores, los pinos, olivos, cipreses y matorral bajo: lavandas, salvias, adelfas, lágrimas de la virgen, lantanas, piteras moras, mirtos y crespinillos, plantas aromáticas cuyos nombres quedan reflejados al pie de cada arbusto. La luz va cayendo lentamente, y en el horizonte se dibuja la silueta de un león dormido.
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