| CONTRASTE. Naranjos, palmeras y un frontón de almagra reseco. / J.M.GALIANA |
Asentado en un cabezo, desde la Sierra del Oro se ve Abarán en el hondón de un valle cercado de montañas y una sucesión de huertas abrazadas a los márgenes del río Segura que se alarga siguiendo el curso fluvial y triscando por las estribaciones de los cerros que anuncian la embocadura del Val de Ricote. El visitante camina por sus calles íntimas, asciende sinuosas pendientes, angostas escaleras, y agradece, una vez arriba, el sosiego de una plaza recoleta y el tañido de una campana que convoca al vecindario. En la cima del cerro, que por el noroeste la domina, se edificó en 1.834 una ermita bajo la advocación de los mártires San Cosme y San Damián. La Balconada, en el paseo de la Ermite, regala una vasta panorámica. Con Lorquí, Ulea, Blanca, Ricote, Villanueva, Archena, Ojós, Alguazas, Las Torres de Cotillas y Ceutí, Abarán es una de las once villas del legendario valle de Ricote.
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