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Mojones del Reino

BENIEL. Colocados en 1304 para delimitar la frontera de los reinos de Aragón y Castilla, 7oo años después aún marcan la línea divisoria entre las comunidades de Valencia y Murcia

JOSÉ MARÍA GALIANA

Como un Guadiana, la legendaria alquería de Beniel aparece y desaparece a la largo de la historia. Sus primeros pobladores debieron asentarse entre los siglos IX y X, cuando los musulmanes ocuparon el valle del Segura y procedieron a desecar el almarjal.

Una crónica árabe del siglo XI atribuye sus orígenes al episodio de las mujeres guerreras utilizadas por Teodomiro para confundir a los musulmanes: «Habiendo salido el rey godo Teodomiro al encuentro con los árabes, y siendo derrotado en campo raso, los pocos que pudieron escapar lo hicieron a Orihuela donde no tenían gentes de armas, mas Teodomiro, hombre inteligente, al ver que no era posible la resistencia con las pocas tropas de que disponía, ordenó que las mujeres dejasen sueltos sus cabellos, les dio cañas y las colocó sobre las murallas de tal forma que pareciese un ejército, hasta conseguir un acuerdo favorable».

De ser cierto, el nombre de Beniel sería consecuencia de la unión de las voces arábigas ben-ill, cuya traducción es «hijos del pacto», lo que justificaría la versión de quienes opinan que Teodomiro y los musulmanes firmaron la paz en estas tierras de Beniel. Sin embargo, al referirse a los orígenes de la alquería, la mayoría de historiadores citan a los Bani Yabyà, rama de la tribu de Kinana, que al apaciguarse los enfrentamientos entre mudaríes y yemeníes, se instalaron en este paraje en tiempos de Abderramán II y durante mucho tiempo dirigió los destinos de la Cora de Todmir: en unos documentos del siglo XIII se nombra a la pequeña alquería Benyahye o Beniaffie, topónimos derivados del primitivo nombre árabe: los hijos de Juan.

En el siglo XIII, tras la Reconquista, el pequeño núcleo de población desaparece y el lugar queda convertido en un páramo al producirse la huída masiva de mudéjares. Alfonso X la cedió al obispado de Cartagena, y en 1.304, para delimitar la frontera de los reinos de Aragón y Castilla -según sentencia arbitrada en Torrellas-, en la Vereda del Reino se levantaron dos mojones reales a los que la voz popular conoce por «pinochos» -posible derivación del término pinacho-, que han sobrevivido al paso del tiempo y en la actualidad determinan los lindes entre la comunidades de Valencia y Murcia.

Se alzan en la cruz de la Vereda Real y de la carretera que une Beniel y Orihuela. De planta cuadrada, tienen una altura de cinco metros: Pascual Madoz, en su consultado diccionario geográfico, estadístico e histórico, los llama «pirámides».

Por los Mojones del Reino cruzaban los rebaños trashumantes procedentes de Cuenca y Teruel que hacían la otoñada en el Campo de Cartagena o en la provincia de Alicante, y regresaban por la Vereda Real conquense-murciana que se bifurca en la sierra de La Pila. Hay constancia documental de estas vías desde el dominio visigodo (siglo VIII), si bien tomaron carta de naturaleza en el reinado de Alfonso X, cuando en 1273 reunió «a todos los pastores de Castilla en una asociación nacional» y les otorgó carta de privilegio. Había nacido el «Honrado Concejo de la Mesta».

Geografía de contrastes

El caminante toma la Vereda Real, deja atrás los últimos bancales de alfalfa, y llega a la pedanía de El Mojón, situada entre unos cerros que anuncian las estribaciones de la Sierra del Cristo. Una vez más se hace presente una extrema geografía de contrastes: al norte, la exuberancia de los naranjales que hacen piña hasta los huertos de Beniel; al sur, los pelados y blanquecinos cabezos de la sierra agostados por el mismo sol: a un lado la lagartija que trepa por los arbustos ratizos, al otro, el cauce del río Segura que atraviesa los huertos regados por las acequias, azarbes y azarbetas de Zeneta, Beniel, Gironda, Mediodía, Indiano y Reguerón.

Ceñido por el río Segura y la Sierra del Cristo, este término municipal ha duplicado en el último siglo su número de habitantes, pero sigue siendo una seña de identidad la dispersión de casas, hasta el punto de que sólo la mitad de los habitantes censados vive en Beniel, rodeados de bancales donde verdea el naranjo, el limonero, la morera, el ciprés, las verduras y hortalizas, el manzano, el pino y la palera. Tierras de regadío salpicadas de veredas, brazales y antiguas casas de labor cuajadas de jazmineros azules, bignonias, bungavillas y rosas de olor, sustituídas en buen número por nuevas edificaciones que han perdido los rasgos de su anterior arquitectura.

Viniendo desde el oeste, poco antes de llegar a Beniel se encuentra el soto que el Ayuntamiento de Santomera dedicó al poeta Julián Andúgar. Las riadas sufridas en los años 1986, 1987, 1988 y 1989 por causa de la temida «gota fría», impulsaron a la Confederación Hidrográfica del Segura a hacer una serie de encauzamientos, cortas, taludes, escolleras, muros y sotos propicios para caminar, como los de como los de Isla Perdida, en Puebla de Soto, Julián Andúgar, en Santomera, y Miguel Hernández, en Orihuela.

Desde la mota, el paseante disfruta de esa algarabía de verdes que es la huerta de Beniel, villa fronteriza y laboriosa, tierras que hasta el siglo XVI fueron marjales y dehesas, un territorio de aguas estancadas propicio a los desbordamientos del río que impidió el repoblamiento de la zona hasta el siglo XVII y suscitó numerosos litigios entre agricultores y ganaderos.




 
 
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