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La puerta de América

Foto
ESTAMPA. Praderas y acantilados marcan los límites de la comarca de Cobh con el océano Atlántico. / TOURISM IRELAND

COBH. El puerto que vio emigrar a

millones de irlandeses está marcado por

las tragedias del ‘Titanic’ y el ‘Lusitania’

SERGIO EGUÍA


En Cobh todo mira al mar. Cada ventana de cada vivienda, escalonadas entre el muelle y las 49 campanas del carrillón de la catedral de St. Coleman’s, se convierte en un mirador que ofrece una espléndida panorámica de la bahía. Situada en la costa sur de Irlanda, esta ensenada -ese es el significado de su nombre, adaptación gaélica del inglés ‘cove’: ensenada, refugio- ha sido a lo largo de la historia no sólo resguardo de marinos y pescadores, sino el principal puerto de partida para un pueblo, el irlandés, tradicionalmente forzado a emigrar.

Las primeras referencias sobre ‘The cove of Cork’ se encuentran en 1750. Hasta entonces, se la conoció por los nombres de las diferentes tribus que la poblaron: Olean Ard Neimheidh, en recuerdo de Neimheid, quien mil años antes de Cristo fue el primero en atracar en la bahía y vivió allí hasta que una plaga borró a su clan para siempre de la faz de la Tierra; Crich Liathain; Olean Mor an Barra (la gran isla de los Barra & Barramoore); y, finalmente, Ballyvoloom, durante el siglo XVIII.

En aquella época, existían ya unos 30 negocios en la localidad. Entre ellos el primer pub de Irlanda: el Anti-Gallicon, un local desaparecido por el que, al parecer, hasta Neptuno pasaba a tomar una pinta, ya que se inundaba parcialmente al subir la marea. Unos años antes, en 1720, el Water Club había inaugurado en Haulbowline el primer club náutico del que se tiene noticia y que ha llegado hasta nuestros días, en sus nuevas instalaciones de Crosshaven, bajo el nombre de Royal Cork Yacht Club.

El cambio de siglo llegó marcado por la revolución francesa. La amenaza napoleónica convirtió el pequeño atraque pesquero de Cobh en uno de los puertos fuertes de la Armada Británica. La Royal Navy se refugia en la segura bahía de Cobh atraída por el calado de sus aguas, que permiten la entrada de grandes navíos.

Al firmarse en 1802 la paz de Amiens, que zanjó las hostilidades con Francia, Cobh se convirtió en el lugar al que se trasladaban los marinos heridos en campaña para recuperarse de sus lesiones y disfrutar de su benigno clima -en opinión de los ingleses, porque rara vez se alcanzan los 25 grados en verano y llueve con frecuencia-. Con el surgimiento de los barcos de vapor, la localización como puerta del Atlántico hará de la bahía una parada obligada. En 1838, el ‘Sirius’, procedente de Londrés, abandona Cobh hacia Nueva York; será el primer vapor en surcar el océano hasta el Nuevo Mundo. Años más tarde, miles de personas se agolparán en los muelles, desesperados por conseguir un pasaje y huir de la miseria provocada por la Gran Hambruna provocada por sucesivas malas cosechas de patata entre 1844 y 1848.

Despedida

Más de seis millones de irlandeses migraron hasta mediados del siglo XX. Dos y medio partieron de Cobh. Entre ellos, Annie Moore, la primera persona de la que hay registro de entrada en las oficinas que las autoridades estadounidenses abrieron el 1 de enero de 1892 en isla de Ellis -bajo la estatua de La Libertad- para recibir a los paupérrimos emigrantes que anhelaban el sueño americano. Hoy, un bronce de Annie, una jovencita de Cork de 15 años, y sus hermanos señalando al Nuevo Mundo rememora aquel éxodo en el embarcadero de Cobh.

Pero no todas las travesías llegaron a buen puerto. Durante cien años, Cobh fue la última escala de los grandes transatlánticos antes de enfrentarse al océano. El 11 de abril de 1912, un fastuoso festejo despedía al más grande y lujoso crucero jamás construido, que partía rumbo a Nueva York en su viaje inaugural. 1.455 pasajeros flameaban alegremente sus pañuelos a bordo de un barco considerado insumergible, tripulado por 903 hombres y capitaneado por Edward J. Smith. Tres días más tarde, el ‘Titanic’ chocó contra un iceberg y se hundió sin alcanzar su destino. 1.503 personas fallecieron en las gélidas aguas.

Otras muchas victimas de diferentes naufragios yacen en tierra, en el camposanto de Cobh, junto a la catedral de St. Coleman’s. Un templo, de estilo neogótico, que corona las empinadas calles del pueblo. Allí, 1.198 tumbas recuerdan la entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra, que asoló Europa entre 1914 y 1918. Se trata de los cuerpos recuperados el 7 de mayo de 1915 frente a Kinsale -al otro lado de la ensenada- de entre los restos del lujoso crucero ‘Lusitania’, torpedeado por un submarino alemán. Dos monumentos recuerdan a las víctimas de estos naufragios junto a la plaza de Queenstown, denominación en honor a la visita que hizo la reina Victoria en 1848, por la que fue conocido el pueblo hasta 1922, año en el que Irlanda se independizó del Reino Unido.

En la actualidad, Cobh ha dejado de ser un puerto de partida. Los motores diésel permitieron a las grandes líneas transoceánicas eliminar esta parada y, a partir de 1950, ninguno de sus buques pasaba ya por la ensenada. Los aproximadamente 10.000 habitantes de la bahía, repartidos en tres islotes que están conectados por puentes -Great Island, donde está Cobh, Little Island y Fota-, han buscado nuevas formas de vida, desde los campos de golf hasta el Parque de Animales Salvajes de Fota; pero siempre sin dejar de mirar al mar y a su historia.

El Cobh Heritage Centre, un museo dedicado a las penalidades vividas en el éxodo hacia América y Australia, y el Titanic Trail se han convertido en un importante reclamo turístico para los millonarios estadounidenses que cruzan el Atlántico en lujosos cruceros para conocer sus orígenes y el de sus antepasados.




 
 
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