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A orillas del río Mula

Foto

Fruto de los desvelos de EmeterioB Cuadrado, el Museo monográfico de Arte Ibérico El Cigarralejo, conserva la colección de armas más importante de España

JOSÉ MARÍA GALIANA

En el paraje de El Cigarralejo, dominando la vega y el curso del río Mula, gana altura un escarpe grisáceo por nombre Punta Plomera, en cuya vertiente septentrional se conservan restos de un poblado ibérico, una necrópolis emplazada a menor altura y, en la terraza más elevada, frontera a la salida del sol (un templo semejante al del santuario de La Luz, Murcia), que coronaba el conjunto de edificaciones utilizado durante tres épocas: preibérica, que se remonta al final de la primera edad de hierro (tránsito del siglo VI al V antes de Cristo, ibérica clásica, reconocida por el hallazgo de cerámicas griegas de la segunda mitad del siglo V al siglo IV a.C., y la fase tardía correspondiente al siglo II a.C.

Situado a caballo de las sierras de Espuña y Ricote, el emplazamiento era envidiable, teniendo en cuenta que, en aquellos años, se prodigaban pinos y encinas, exponentes del bosque mediterráneo, el trigo doraba el paisaje. Y el río Mula, rumoroso, bañaba los plantíos de frutales.

La desertización es implacable -no lejos de allí hay un paisaje lunar-, si bien la vega de Mula conserva el verdor de los albaricoqueros, naranjos y limoneros, en las estribaciones del poblado amarillea la jara, y en algunos tramos del río Mula se espiga el ciprés, el pino y el eucalipto. Los iberos del Cigarralejo, que llegaron a formar un poblado importante, rendían culto al domador de caballos, un dios al que se ofrecía exvotos de yeguas, potrillos enlazados, todos en piedra caliza del camino de Yéchar.

La cultura ibérica se remonta al siglo VII a.C., cuando España estaba situada en los confines de la tierra entonces conocida. Surgió como consecuencia de las relaciones comerciales con fenicios, griegos y etruscos que trasmitieron a los iberos sus hábitos, ideas y manfiestaciones artísticas.

La mayoría de los poblados estaban fortificados y disponían de graneros y cisternas. Criaban caballos, tenían alfabeto, cultivaban el cereal y utilizaban el arado.Los hombres vestían capa de lino y una túnica corta ajustada con un cinturón de hebilla, y las mujeres túnicas superpuestas.

Estrabón describió así su modo de combatir: «Al modo de bandoleros, armados con jabalina, honda y espada. Llegando a montar dos en el mismo caballo».

Príncipes de occidente

La importancia del Museo monográfico de El Cigarralejo, que estos días cumple 17 años de vida, se puso de manifiesto tras la aportación de una veintena de piezas a las exposiciones itinerantes El Mediterráneo desde la otra orilla, y Los Iberos, príncipes de occidente, que tras su presentación en París se exhibió en numerosas capitales españolas y europeas.

El museo guarda piezas únicas del mundo ibérico, como el Vaso de las granadas y los puñales, junto a una copa decorada con relieves de conejos, águilas y patos: debe tenerse en cuenta que se hallaron 548 tumbas con sus ajuares, y que el museo alberga la colección de armas más importante de España.

En la tumba de un guerrero importante aparecieron cuatro lanzas de hierro de dos metros, una espada o falcata con cabeza de pájaro, un disco de plomo con epigrafía autóctona y caracteres griegos, un vaso pintado con figuras de guerreros y músicos, una empuñadura de escudo y una espuela. Asimismo, de la colección Emeterio Cuadrado, se cedieron dos ex votos: el caballito de El Cigarralejo, una pieza admirable, y un bajo relieve con asno y pollino.

La tumba de incineración se encontró en 1957. Se trataba de una vasija ovoidal de cerámica ibérica decorada con figuras geométricas y cerrada con un plato invertido de cerámica adornado con franjas. En la urna se encontraron las cenizas del guerrero, varias de sus armas convertidas en unA masa de hierro oxidada, un anillo de bronce, una vasija de alabastro o mármol y un alfiler de hueso. El resto de las ofrendas se encontraba en el exterior de la urna, en una patera griega recubierta de barniz negro de finales del siglo IV a.C, dispuesta en el centro de una masa de piedras de tres metros de lado.

Las diez salas del museo, ordenadas cronológicamente, muestran la destreza y sensibilidad de los iberos en la confección de armas: lanzas, jabalinas, espadas, puñales de antenas atrofiadas, escudos rectagulares y redondos, cuchillos y cascos con penacho.

En la sala dedicada a la cerámica hay objetos de varios tamaños, formas y calidades. Los iberos ya no comían de la misma fuente; la vajilla de mesa, decorada con pintura, constaba de jarras y copas para la bebida, y de platos, fuentes y cuencos para la comida. Usaban pequeños recipientes para perfumes, pinturas o cremas , y otros de gran tamaño y boca ancha donde almacenaban frutos secos, miel, aceite y bebidas.

En estos mismos recipientes introducían los restos calcinados del difunto y otros objetos. La mayoría aparecen enriquecidos con representaciones geométricas y motivos florales pintados en rojo. Los calcinaban de tal modo que sus restos cabían en muy poco espacio. Alrededor de la vasija colocaban el ajuar: armas si eran guerreros, y cuentas de collar, anillos y útiles de casa si se trataba de mujeres.




 
 
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