Individuales, guerreros e imaginativos, los iberos ocupaban en el siglo VII a. C. el sur y el este de la península que conserva su nombre. Los celtíberos habitaban la meseta central, y los celtas el norte y el oeste a la par que astures, cántabros y vascos. Desconocidos y olvidados durante siglos, su receptividad a las relaciones comerciales con fenicios y griegos influyeron decisivamente en su cultura y evolución. Pocos museos hay en la Región de Murcia concebidos y conservados con tanto esmero como el monográfico de El Cigarralejo, situado en el palacio del marqués de Menahermosa, José de Llamas, que ordenó levantar en el siglo XVIII. Se trata de una sobria edificación del barroco murciano construida con ladrillo de tejar y tapiales. La portada luce mármoles rojos y negros de las canteras locales, y bajo los aleros hay una gola decorada con pinturas alusivas a la profesión del fundador. El interior, se conserva intacto: acceso para caballerías, bodega, baldosines de barro barnizado, puertas verdes, tinajeros y la capilla donde a diario se oficiaba misa. Desde el jardín, entre las palmeras y los frutales, se yergue la clásica torreta recortada en el azul a modo de privilegiado mirador. La reproducción de una de las tumbas excavadas en la necrópolis de El Cigarralejo ilustra este museo, propiedad del Ministerio de Cultura. Fruto de los desvelos de Emeterio Cuadrado, el Museo de Arte Ibérico de El Cigarralejo contribuye a conocerlos y amarlos.
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