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El rumor del regadío

Foto

finestraT. Asentado en las estribaciones del Puig Campana, sus vecinos disfrutan del mar, de los huertos y del pico rocoso, una montaña que les ha imprimido carácter


JOSÉ maría GALIANA

Desde la peña roja de Finestrat, apostado en estos contrafuertes del legendario Puig Campana, a 238 metros de altura se abarca una dilatada panorámica de Benidorm y sus contornos: los rascacielos, el horizonte fulgente, la autovía del Mediterráneo que divide en dos el término municipal, la playa de la Cala poblada de bañistas, las urbanizaciones que trepan con descaro por las laderas, el cielo estrellado, la isla de Benidorm, la cumbre tajada y desafiante de la «cuchillada de Roldán» (1.406 metros), primer peldaño para adentrarse en una sucesión de macizos imponentes, de hecho, la provincia de Alicante es, proporcionalmente, la más montuosa de España.

Tan a mano y tan lejos, a cinco kilómetros de Benidorm, Finestrat es un pueblo grato, próspero y soleado que ha sabido conservar su identidad. Los días transcurren sin prisa por estas callejas de vivos colores, pinas, ceñidas y escalonadas. Aquí se prodiga la cal y una filosofía heredada de sus antepasados. Camino de la iglesia hacen compañía los viejos portones con aldaba, las macetas preñadas de geranios, los zócalos azules, almagras y verdes, el humeante olorcillo del guiso cotidiano, la pescadería, la farmacia, la casa del pianista, las galerías de arte.

Orden de fábrica

La parroquia de San Bartolomé, edificada extramuros -según reza su orden de fábrica-, se espiga sugerente. Consagrada el 24 de agosto de 1751 en honor al patrón, llama la atención verla encajada entre el edificio del Concejo y una vivienda particular que apenas nos deja pasar. Debió construirse a mediados del siglo XVII, a tenor de las cerámicas recuperadas en la cripta de la iglesia. De estilo barroco, la fachada, lisa y austera, muestra la influencia de un incipiente neoclasicismo. La corona una cúpula azul y el remate del airoso campanario.

La cultura es un bien vivo en Finestrat. Esta semana, la Concejalía de Cultura ha organizado el I Curso Internacional de Dirección de Orquesta dirigido a músicos y profesores, con la singularidad de que los estudiantes van a practicar con una orquesta creada para la ocasión. El curso se celebra en la Casa de Cultura, un fin de semana al mes, desde el 27 de octubre al 1 de junio de 2008.

Centinela de la Marina Baja, la peña roja donde se apoya Finestrat es una paleta ancha de policromía. Restaurado el casco antiguo, hay mucho amor en este laberinto de calles salpicadas de adelfas, higueras y algarrobos, macetas encarnadas, tejas de cañón, adoquines y barandales de forja abocados al despeñadero, de hecho, alguien ha acuñado la cita de que, en Finestrat, «los burros se asoman a las ventanas». Otra singularidad es el KK Can Park, espacio reservado al mundo canino, aportación de los euroresidentes afincados en un paraíso que registra un censo de 1.500 vecinos.

Apetece subir a lo más alto, donde se conservan restos del castillo conquistado por Jaime I, recinto fortificado de época almohade del que hay constancia en numerosos documentos fechados en el siglo XIII. Convertido ahora en mirador y destinado a auditorio, le da verdor el ciprés, el árbol donde más anida y busca amparo la pájarería.

Comparte protagonismo con la ermita del Cristo del Remedio, erigida tras la reconquista. En un principio fue una humilde capilla, la última estación de un vía crucis donde se custodiaba una imagen del Cristo crucificado que trasladaron de la iglesia.

Desde la fortaleza, el horizonte invita a disfrutar del Mediterráneo y la montaña. Es al norte donde Finestrat sorprende más por el tajo del Puig Campana, cuya ascensión está recomendado para senderistas habituados a largas caminatas.

«Abierta al mar y anclada en la tierra», el tesoro de este pintoresco municipio es el nocturno rumor del regadío, sus manantiales, algunos tan caudalosos como el del Molino, que brota en los faldas del Puig Campana y riega huertos de nispereros y naranjos, manzanos, algarrobos, parrales de uva moscatel y palmeras que dan sombra a las antiguas masías. Va en aumento la afluencia de vecinos de los contornos que acuden con envases de plástico para llenarlos en la inagotable Font del Molí.

A 1851 se remontan las primeras ordenanzas para su regulación. Vierte aguas por quince caños, siendo el del centro el de mayor dimensión. Proporciona un caudal de veinte litros por segundo, media establecida en los últimos años.

En los alrededores, husmeando el olor a romero y tomillo que emana de la sierra, hay dos tramos de acueducto de época islámica que alimentaban los molinos. No es nada nuevo. Hace cuatro mil años, en las estribaciones del Puig Campana, se establecieron comunidades agropecuarias que se surtían de los arroyos y nacederos. Era el escenario más idóneo debido a los cerros de los contornos y la visibilidad de toda la zona.

Ahora, desde el mirador de la peña roja, los visitantes miran con especial delectación los azules de Altea, Benidorm y La Vila Joyosa, «la cuchillada de Roldán», el verdor de los huertos, las palmeras y las masías esparcidas por las soledades del Puig Campana.




 
 
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