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Puerto de la Cadena

EL MORRÓN. La magnitud del castillo y la escasez de recursos frustraron su edificación completa: de planta cuadrangular, tenía 25 metros de lado y 12 torreones rectangulares

JOSÉ MARÍA GALIANA

Foto
Castillo del morrón
A menudo, cuando amanece, la neblina invade la rambla del Puerto de la Cadena, curso de agua esporádico que vierte su caudal al valle del Segura. A lo largo del cauce, generoso en restos arqueológicos, pozas de agua cristalina y frondosa vegetación, se han documentado tortugas fósiles del mioceno de más de un metro de longitud (debieron ser desplazadas mar adentro por las corrientes), y esparcidas por la ladera aún se descubren restos de cerámica argárica. Paso natural del campo de Cartagena al valle del Segura, la rambla conserva tramos de la calzada romana que enlazaba Cartagena y Toledo, así como un centenar de círculos excavados en la roca correspondientes a las piedras de molino que extrajeron los musulmanes en el siglo XIII.

Durante la Edad Media, el Puerto de la Cadena fue una de las vías de acceso a Murcia desde la costa (entonces se llamaba Puerto de Cartagena). En 1432 se llevaron a cabo obras de acondicionamiento para facilitar el paso de las carretas, y en 1480, Alonso de Sevilla, «maestro de calzadas», realizó las reformas pertinentes «a cambio del usufructo del camino y el cobro de la renta que produjera durante cinco años».

Ese peaje fue denominador común durante siglos; evidencia de ello son las Casas del Portazgo situadas estratégicamente en la primera y más pronunciada curva del puerto en dirección a la ciudad departamental, más arriba del caserío de La Paloma. Portazgo tiene un doble significado: derechos que se pagan por pasar por un sitio determinado de un camino, o edificio donde se cobran.

Serafín Alonso, autor del Libro de los castillos y fortalezas de la Región de Murcia, indica que el «control de las galeras y correos a caballo, diligencias y carruajes de labor, así como el pago del portazgo por las viandas y otros artículos de consumo sujetos al pago o alcábala (pescado, carne, huevos, etc.,) se realizaba en las construcciones levantadas a la bajada del camino». Era imprescindible pagar las tasas «para que quitaran la cadena» de ahí el topónimo de Puerto de la Cadena.

Hasta mediados del siglo XX, las ramblas han sido espacios transitados y llenos de vida debido a la existencia de fuentes, caza y vegetación. Legendario cruce de vías pecuarias donde los pastores celebraban sus asambleas, de aquí partía la cañada real de Torreagüera de 23 kilometros de longitud hasta adentrarse en el reino de Valencia.

Cuando el excursionista se adentra en la rambla, a la altura de las casas del Portazgo, agradece la espesura del pinar, el aire que mece las cañaveras, la amenidad de una rambla poblada en sus comienzos de granados, limoneros, olivos e higueras. Inmerso en la pinada, sale al paso un cipresal, y flanquean el sendero eucaliptos, baladres, algarrobos, plantas aromáticas, muros de presa, canaletas y pozas de agua que, en ocasiones, estrechan el camino. Al otro lado de la autovía, junto a las casas del Portazgo, se ven los muros del castillo de la Asomada que alardeaba de tres torres prismáticas macizas, y se comunicaba visualmente con la fortaleza del Puerto de la Cadena, incrustada en el Morrón, a 531 metros de altura, una muela muy escarpada de difícil acceso por la cara septentrional.

Desde la fortaleza, dominando la antigua cañada, se avista todo el campo de Cartagena, las sierras prelitorales, el Mar Menor y las vegas del Guadalentín y del Segura, privilegiada atalaya desde la que se hacían fuegos y ahumadas para avisar de las incursiones piratas. De planta cuadrangular y muros de tapial a base de mortero, tenía cincuenta metros de lado por uno de grosor y diez torreones de planta rectangular y catorce metros de altura. Fue el último sueño de Ibn Mardanish, el legendario Rey Lobo que hizo de Murcia la capital del Levante peninsular. Ahora, ocho siglos más tarde, incrustados en la escarpada meseta, los muros maestros de aquel castillo inacabado se esparcen por el Morrón, espacio habitado desde la Edad del Bronce.

De la rambla a la cima hay unos tres kilómetros de continua pendiente siguiendo una senda de un metro de anchura que va ganando altura y nos lleva a rincones de quieta inmediatez y cielo fragmentado. La pendiente va bordeando otra rambla hasta llegar al collado Mosqueras. Finalmente, ascendiendo entre rocas, se alcanza el castillo por la cara norte. La mejor opción es seguir el sendero que rodea la fortaleza y ganar la cumbre por la vertiente meridional. Merece la pena.

El aire frío de estos días barre las ruinas del castillo del Puerto de la Cadena, construido sobre restos fenicios y un «castro» romano (de hecho, el tipo de planta del castillo no es árabe).

Abajo, el sol dora los muros del castillo de la Asomada, propiedad de un conocido empresario murciano. Se alza en una quebrada estribación de la sierra y sus defensas se limitan a las tres torres macizas prismáticas citadas con anterioridad. Como el castillo del Morrón, descubre la entrada del largo y serpeante desfiladero surcado por la calzada romana que, tras salvar el Puerto de la Cadena, se dirigía al caserío de Voz Negra, villa romana situada en las inmediaciones de Alcantarilla.




 
 
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