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Los pinos de Churra

Foto

DOS SIGLOS. Los pinos piñoneros que dansombra a Torre Arcayna, tienen unos 200años y la catalogación de árboles singulares.El viento ha doblado uno de los más antiguos

JOSÉ MARÍA GALIANA


Churra, topónimo de origen preárabe, toma el nombre de las acequias que surcan su territorio, las llamadas Churra la Nueva y la Vieja, distantes una legua de Murcia, en el límite de su fértil vega. Localizada al norte del municipio, a unos tres kilómetros de la capital, esta pedanía cuenta con una superficie aproximada de seis kilómetros cuadrados, linda al norte con el término municipal de Molina de Segura, al este con la pedanía de Cabezo de Torres, al oeste con la pedanía de El Puntal, y al sur con la de Santiago y Zaraíche.

Churra fue línea divisoria entre las tierras repartidas a los cristianos para que las cultivaran los anteriores propietarios árabes, tal cual lo dispuso Alfonso X el 5 de junio de 1304. Hasta los siglos XIV y XV, el camino de Churra fue carretera de primer orden, aldea de realengo con alcalde pedáneo hasta 1785 y pedanía con los núcleos de población El Castellar, Senda de Granada y Torre Arcayna, una de las muchas que se edificaron en la huerta murciana, caseríos de labor orientados siempre al mediodía, dotados de horno, aljibe y habitación o cámara en la planta superior para conservar los productos hortícolas.

Durante la dominación árabe predominó el cultivo de viñas, higueras, frutales y palmeras. Tras la reconquista, se impuso el cereal, la vid, el arroz, las hortalizas y frutales sin tasa: granados, membrilleros, manzanos, higueras, ciruelos, cítricos, olivos y almendros. El naranjo abundaba en el siglo XVI y una centuria antes se hizo presente la morera, a la que tanto debe la huerta por la producción de la seda, de hecho, dos terceras partes de la huerta se destinaba al cultivo de la morera.

Hasta el siglo XVIII se críaba en la huerta «seda, trigo, maíz, mucho y escelente pimiento, aceite y legumbres», regándose en su término «1.959 tahúllas de tierra plantadas de moreras», especifica Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico Estadístico e Histórico, publicado en 1850.

La decadencia se dejó sentir a comienzos del XIX, a la vez que ganaban protagonismo los cítricos. En los últimos años ha prevalecido el cultivo del limonero y, en menor proporción, del melocotonero.

La refinada sociedad andalusí fue amante de la naturaleza y de los jardines, de ambientes perfumados y comidas aromatizadas. Este hedonismo se manifestó en un especial gusto por los cuidados del cuerpo y el cultivo de la poesía floral. Nada mejor que detenerse en algún jardín arropado por la noche, escuchando el murmulo de una fuente y aspirando el sutil aroma de los jazmines. Olvidado y apenas perceptible, este patrimonio de perfumes, sonidos y sabores, imágenes y espacios que nos son familiares, subyace en lo más hondo de nuestro inconsciente colectivo.

Aquella Murcia de cúpulas doradas y altos minaretes, la tenida por Jaime I como «mejor ciudad de Andalucía quitada Sevilla, rebosante de moradores, rica en monumentos, objeto del cariño y de la predilección de Alfonso X» (Abelardo Merino Álvarez), es una estampa literaria.

Nada hacía prever que, en tan breve plazo de tiempo, la huerta estuviera tan disminuida y amenazada. La carencia de agua y la inevitable expasión de la ciudad la han condenado al olvido y a su práctica desaparición. La huerta ha perdido terreno en aras del progreso, y donde crecía el olmo, el jazminero, el álamo blanco y la noguera, se han instalado polígonos industriales, centros comerciales de primera fila, urbanizaciones dotadas de campos de golf, espaciosas avenidas, zonas ajardinadas e instalaciones deportivas como Nueva Condomina.

Cerca de allí, en Torre Arcayna, hay limoneros con el fruto maduro y se vislumbra un largo pasillo de álamos blancos que el aire mece, próximo a la acequia de Churra la Vieja que nace en la Aljufía, poco antes de la rueda de la Ñora, y atraviesa los partidos de Guadalupe, Espinardo, Churra y Cabezo de Torres, antes de morir en el azarbe de Monteagudo.

Oloroso jardín

Torre Arcayna debió ser un fragante jardín levantino penetrado de huerta, donde la flor comparte espacio con el árbol frutal y el canto de los ruiseñores, la ingeniosa geometría del huerto, el bando de palomas que, súbitamente, alza el vuelo, los cipreses, las pérgolas enmarañadas de jazmínes, el frescor del arbolado, los pinos de copa redonda y lento crecimiento, el agua que canta en el estanque, las ramas mecidas por la brisa, el perfume del azahar que se extiende a lo lejos.

En 1960, Torre Arcayna tenía censados 645 vecinos; diez años después, 139, y en 1991 se cifró en 55 vecinos. Desde hace un tiempo, en numerosas zonas de la huerta no discurre el agua ni se mondan las acequias. De aquí a nada, sólo quedará el recuerdo y la esbelta sombra de los pinos piñoneros.

Histórico cruce de caminos, por Churra pasaba la calzada romana que unía Cartago Nova y Complutum (Toledo), y por el camino viejo de Churra arribaron los Reyes Católicos a Murcia en 1488. Cuatro siglos después, cuando las tropas de Napoleón entraron en Murcia, ya verdeaban los pinos de la finca de Torre Arcayna, paredaña a la iglesia de Churra que luce dos torres pintadas de azulete, un color muy arraigado en la huerta.




 
 
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