| ACEQUIA NUEVA DE CHURRA. Limita al norte con Torre Arcayna. / J.M.GALIANA |
Hasta los muros desdentados del Castillejo o Castellar de Monteagudo, el legendario palacio de recreo de Ibn Mardenix, el Rey Lobo, sube el aroma de los huertos vecinos poblados de limoneros, chumberas y algunas higueras, un olor sutil y pegajoso a un tiempo. Esparcidos por sus estribaciones salen al paso restos de hogueras, escombros, ropa abandonada, caminos pedregosos, ramblizos y canaletas rotas, evidencia del olvido y deterioro de lo que debió ser un edén, una evocación del paraíso que promete el Corán, como describe Santiago Delgado en Crónica Particular: «Si algo, en algún lugar de la Mursiya musulmana, se pareció a los jardines legendarios de las mil y una noches, ese algo no fue otra cosa que el Castillejo». De fácil acceso, hay que llegar a lo más alto para conocer las dimensiones de la fortaleza y disfrutar de la dilatada porción de huerta que se contempla, los matices verdes, la raya azul de los montes que ciñen el valle del Segura.
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