«Lo viejo tiene que desaparecer para dar paso a lo nuevo». Este dicho chino parece haberse convertido en la piedra angular de la renovación que vive la capital china en su puesta de largo para los Juegos Olímpicos de 2008. Cada centímetro de esta gigantesca urbe de catorce millones de habitantes es pasto de las excavadoras. Pero, a diferencia de lo que sucedía hasta ahora en las ciudades agraciadas con el honor de organizar unas Olimpiadas, aquí la transformación va más allá del urbanismo puro y duro. Supone un radical cambio de mentalidad en la población, y un borrón y cuenta nueva con la Historia. Nosotros, a partir de ahora, tendremos que acostumbrarnos a pronunciar Beijing, y no Pekín.Los pekineses, sin embargo, tendrán que hacerse a la idea de que no pueden escupir en cualquier lugar si no quieren ser multados, de que los pinchos de piel de serpiente o de escorpión desaparecerán de los mercados locales, o de que los taxistas estarán obligados a utilizar el taxímetro y no podrán regatear por cada carrera. Todo forma parte de un ambicioso proyecto gubernamental que acabará también con los antiguos hutones, céntricos oasis en los que el tiempo se detuvo hace decenios. La polémica está servida.
Pekín nunca volverá a ser lo mismo cuando termine el mes de agosto del año que viene. Ni lo serán sus habitantes. Probablemente, muchas cosas en China cambiarán a partir de su puesta de largo. Incluso aquellas que nada tienen que ver con el deporte. «Los Juegos Olímpicos, para el Gobierno comunista, son mucho más que un evento lúdico», explica Oscar Urdangarín, responsable de Danobat en China. «Representan la posibilidad de que China demuestre al mundo de lo que es capaz. Y no están dispuestos a dejarla pasar. Su objetivo es impresionar a la comunidad internacional». Para conseguirlo, el Partido Comunista no escatimará medios.
Obras día y noche
Pekín se ha convertido en un bosque de grúas poblado por bulldozers y excavadoras. No hay descanso en la construcción. Se trabaja día y noche, en turnos de doce horas. Barrios enteros han sido reducidos a escombros, y otros muestran ya las órdenes de desalojo en las casas que van a ser derribadas. «No hay ningún tipo de miramiento. Las autoridades chinas simplemente marcan con una cruz lo que ha de ser destruido, y así se hace», explica Jesús Amezaga, director de Fagor Automation para Asia y uno de los vascos con mayor experiencia en la capital china. Huang Ping es uno de los afectados, y asegura que no abandonará el edificio en el que ha vivido y trabajado toda su vida, una pequeña casa en el centro de la ciudad, junto a la tristemente famosa plaza de Tiananmen.
Decide posar junto a la orden de desalojo que la policía ha pegado en su puerta. «No me importa lo que diga aquí, no pienso marcharme. Tendrán que matarme antes». Como Ping, muchos residentes de los hutones se resisten a mudarse a las colmenas de apartamentos de las afueras de Beijing que el Ayuntamiento ofrece como compensación. No obstante, la mayoría de la población apoya la transformación de la ciudad. «Se construirán ocho líneas de metro, se mejorarán las infraestructuras, y todas las viviendas contarán con electricidad y agua corriente», anuncia Wuei Xui, residente en uno de los nuevos bloques de apartamentos que parecen adueñarse de la ciudad.
«Es verdad que los hutones son parte de nuestra historia, y que su desaparición apenará a mucha gente, pero no podemos olvidar que las condiciones de vida allí son muy duras. Es más sencillo levantar nuevos barrios que adecentar aquéllos». Las autoridades parecen estar de acuerdo con Xui, pues en muchos lugares, más que las Olimpiadas parece que ha pasado un tsunami. En el lugar de las casitas grises de dos plantas y de tejados tocados con curiosas curvas, ahora sólo hay solares inhóspitos de los que, dentro de poco, se apoderarán rascacielos de acero y vidrio, acondicionados con pantallas gigantes. Para el Gobierno chino, destruir y construir no supone problema alguno.
Aunque, eso sí, se están llevando minuciosos procesos de restauración en los grandes monumentos de la ciudad, como el Templo del Cielo, el Palacio de Verano, el Parque Beihai o la Ciudad Prohibida. Todo para que los turistas que se acerquen a estos oasis de historia sientan como si los edificios acabaran de ser construidos. El resultado no deja de tener un aire de parque temático. De momento, los visitantes tienen que conformarse con las gigantescas infografías que cubren los andamios y que muestran cómo quedaran los monumentos. El año que viene, todo estará a punto. Sin retrasos.
Más difícil lo va a tener el encargado de baños públicos, un nuevo puesto creado por el Ayuntamiento de la capital china. Los estándares de higiene en cualquier establecimiento asustarían a los residentes de una pocilga. Incluso en imponentes centros comerciales, el espacio reservado a los servicios no concuerda en absoluto con la imagen lujosa del espacio comercial. De hecho, no hay más que seguir el hedor para llegar al baño. Si el nuevo encargado de baños públicos tiene éxito, en 2008 sólo habrá que seguir las indicaciones.
Más sencilla parece la transformación del transporte público, a la que se ha destinado un importante porcentaje del presupuesto. 50.000 nuevos taxis, en su mayoría modelos de fabricación coreana, van reemplazando a los antiguos Volkswagen y Citroen rojos, y sus propietarios reciben clases de inglés para que la comunicación con el cliente, más que fluida, sea posible. Ahora ya son capaces de dar la bienvenida con un tímido hello y despedirse con un thank you. Eso sí, todavía es una buena idea llevar la dirección escrita en chino.
La amenaza de la polución
Los autobuses antediluvianos a los que iban colgándoles piezas y que, en muchas ocasiones, se negaban a seguir avanzando, también han sido reemplazados por una moderna flota de vehículos propulsados con gas y equipados con un aire acondicionado que, a 40 grados a la sombra, más que un lujo es una necesidad. Las dos raquíticas líneas de metro, por su parte, tendrán compañía en breve, ya que el ayuntamiento prevé construir una red de suburbano de diez recorridos, lo cual aliviará el tráfico de superficie, toda una pesadilla en Beijing.
Pero, sin duda, lo que más preocupa al Comité Olímpico Internacional, es la polución. Los niveles de partículas en suspensión rozan lo tolerable por el ser humano. Este factor, unido a las altísimas temperaturas del verano, y a la posibilidad de tormentas de arena procedentes de Mongolia, hace peligrar las pruebas de fondo, como la maratón. Para evitar el descrédito que supondría la suspensión de pruebas de este tipo, el Gobierno baraja la posibilidad de cerrar las industrias cercanas dos semanas antes de la celebración de los Juegos, y limitar al máximo el tráfico.
En los hoteles también se viven cambios importantes destinados al cuidado del Medio Ambiente, el gran reto de China. Hasta no hace mucho, los baños de las habitaciones estaban siempre repletos de objetos de usar y tirar: cepillos de dientes, peines, pequeños botecitos de champú, toallitas y hasta palillos. Objetos que se reemplazaban a diario a los que se unían unas zapatillas, también de un solo uso.
En un esfuerzo por racionalizar los recursos naturales, dentro de la campaña Olimpiadas verdes, el Gobierno ha reducido la inclusión de estos productos a una sola vez por cliente. El problema radica en que los chinos están llevando este nuevo sistema al extremo, y ahora hay que lidiar con la recepcionista para que proporcionen toallas limpias una semana después de haber entrado en la habitación.
Una cosa es clara: lo que dicta el Gobierno se cumple a rajatabla. Ya sea el cierre de los populares mercados de productos pirata, la reubicación de miles de personas, el exilio forzoso de las hordas de mendigos que pueblan la ciudad, o la reeducación de los equipos médicos encargados de la salud de atletas y turistas. En las Olimpiadas, China no se juega un puñado de medallas, que nadie duda que va a ser abultado, sino el orgullo de la patria. Y en esta modalidad no hay segundo puesto.