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Playa de La Hita

ESPACIO ABIERTO. La playa de la Hita se encuentra en el Mar Menor, a trasmano de la civilización urbana, y al alcance de todo el mundo. Depende de que se la conozca.

JOSÉ MARÍA GALIANA

LINEA DE COSTA. Panorámica de la playa del Cámping Mar Menor, situado en un claro del cañaveral de La Hita, y al fondo la casa de la finca. / JOSÉ MARÍA GALIANA
Las playas silvestres, como las frutas y las verduras ecológicas, suelen tener peor aspecto que las premiadas con banderas azules, pero a cambio ofrecen un espacio virgen, agua limpia y una mayor intimidad. Es la sensación que se obtiene cuando llegas a La Hita, una de las últimas playas salvajes que jalonan el Mar Menor, donde la vida obedece sólo al milenario compás del viento y de la mar, un lugar abierto por el que adentrarse en el denso y oloroso cañaveral que se extiende desde las inmediaciones de Punta Calera (Los Narejos) hasta la espaciosa y solitaria playa del cámping Mar Menor, localizado entre el aeropuerto de San Javier y la laguna salada más grande de Europa.

Vista desde el cielo (puede verla si adquiere en una librería Aeroguía del litoral de Alicante y Murcia. Geoplaneta), el cámping ocupa la tercera parte del primitivo bosque de cañas que llega hasta la orilla.

Al este, abrigada por una arboleda, se alza una casa de tres plantas pintada en ocre y azul, con la típica torreta de la zona. Está orientada a mediodía, frente a una pasarela de madera utilizada por los escasos usuarios del cámping, y desde los ventanales se disfruta de un Mar Menor sosegado y silencioso, espejeante y apenas contaminado; el mar de nuestros ancestros, un paisaje que se ha salvado por la existencia de la Academia General del Aire, la Base Aérea de Los Alcázares y, más recientemente, el Aeropuerto Internacional de San Javier.

ZEPIM

La Hita es Zona Especialmente Protegida de Importancia para el Mediterráneo (ZEPIM), o para ser más explícitos: «es un lugar protegido capaz de desempeñar una importante función en la salvaguarda de la diversidad biológica del Mediterráneo, que conserva ecosistemas típicos mediterrános y hábitats de especies en peligro, y que tiene un interés especial desde el punto de vista científico, estético o cultural».

Forma parte del paisaje protegido Islas y espacios abiertos del Mar Menor, como la Marina del Carmolí, el Saladar de lo Poyo, las Salinas de Marchamalo y la Playa de las Amoladeras, humedales ribereños amenazados por el exceso de edificaciones. La Hita es un conjunto de charcas someras rodeadas de vegetación de saladar y carrizal. La importancia de estos humedales organizados alrededor de este tipo de salinas es mayor porque en ellos subsiste un raro endemismo ibérico y norteafricano, un pez de cuatro centímetros que responde al nombre de fartet, aunque los pescadores lo conocen por «zorrilla». La Unión Europea ha mostrado su apoyo a un plan de seguimiento y de recuperación.

En torno a sus frondas, bañadas por las templadas aguas del Mar Menor, habita la cigüeñuela, la garceta común y el alcaraván, y en época de migración se ven golondrinas, aviones, carriceros, mosquitos e infinidad de pajarillos procedentes del norte de Europa.

Con la tibieza del otoño, La Hita ha recuperado su antiguo silencio, no hay ni una nube en el cielo y el visitante descubre aquí el deseado refugio natural, un remanso de luz que reverbera en la cal de las tapias y en los penachos de las cañaveras donde se mece y revolotea la pajarería.

En un claro del cañaveral, entre la playa y el aeropuerto, hay dos contenedores malolientes, restos de sillas, colchones viejos y basuras expuestas al sol (el abandono es evidente). No obstante, a pesar de las continuas agresiones, pervive en esta llanura ribereña una vegetación de saladar y carrizal de interés comunitario, como el junco, el taray, la sosa y la siempreviva.

La última tarde de septiembre había una calma ociosa en esta laguna hipersalina: su salinidad alcanza el 50% (el más elevado de Europa), en tanto que el mar Mediterráneo sólo llega al 35%. Tan alto grado de salinidad resulta beneficioso para ayudar en la terapia de varias enfermedades. La sal, actuando por absorción a través de la piel, produce efectos importantes sobre procesos inflamatorios y degenerativos articulares, como la artritis y la artrosis. Estas propiedades no eran ajenas a los romanos, que edificaron sus villaes a orillas de la albufera y aliviaban sus dolencias óseas bañándose en agua del Mar Menor calentada por medio de un sistema de tuberías similar al que en la actualidad se utiliza en el Balneario de La Encarnación.

Al-Kazar, origen de Los Alcázares, fue uno de los núcleos surgidos en el Campus Spartarius, aunque siglos antes ya lo habitaron griegos y fenicios, consumados maestros en el arte de la pesca. Los árabes tampoco fueron ajenos a los beneficios de la albufera -nombrada también albohera-, y en el siglo XII construyeron un embarcadero que, según el geógrafo al-Idrisi, servía de punto de amarre para la flota pesquera que desde el Mediterráneo accedía al Mar Menor por las golas de La Manga.

A pesar de las modificaciones y del urbanismo desmesurado, aún es posible adentrarse en algunos espacios y riberas del bellísimo Mar Menor, que mantienen su identidad y son capaces de mostrar un paisaje virgen inalterado.




 
 
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