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La Nao, un faro simbólico
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Uno de los panoramas más serenos y dilatados de la costa alicantina se aprecia desde el Promontorium Ferrariense de los romanos, uno de los últimos coletazos del Sistema Bético, la cordillera alpina más importante de la Peninsula Ibérica. Se adentra en el mar, como una avanzadilla dispuesta a conquistar el Mediterráneo, flanqueada por la Isla del Descubridor -en su lomo se alza la torre de Ambolo- y el cabo San Martín. El grueso de esta meseta proyectada al mar lo forman cabo Negro, la isla del Portichol y cabo la Nao, en cuya cresta se alza, a cien metros de altura, uno de los faros más simbólicos de la costa levantina, sobre el que bascula la navegación hacia Valencia. Su radiofaro marítimo tiene un alcance de cincuenta millas. La isla de Faros, situada a la entrada del puerto de Alejandría (Egipto), fue el precedente de las primeras hogueras que se encendían en lugares altos y visibles para guiar a los barcos que arribaban a ese fondeadero al caer la noche. La isla está unida a la ciudad por un rompeolas (285 a. C. ), y la torre construida por Sóstrates de Cnido, a instancias de Tolomeo Filadelfo, es el célebre faro de Alejandría, una de las siete maravillas de la antiguedad. A griegos y romanos se debe el impulso de ese sistema de señalizaciones a lo largo y ancho del Mediterráneo para facilitar la navegación de los barcos en la proximidad a la costa, evitar los peligros en las zonas de arrecifes y proporcionar información sobre la situación en la que se encontraban los navegantes.
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