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JULIO WALLOVITS

«Somos una sombra»

Foto

TEXTO: LAURA CAORSI FOTO: SERGIO GARCÍA


Es imposible hablar con Julio Wallovits de cine sin mencionar las cosas que le preocupan. Filias y fobias. Publicidad, periodismo y dinero. Arte vacío, gente deshumanizada y ramificaciones del poder que se filtran en cada grieta. «Los conceptos van todos unidos», dice este argentino radicado en Barcelona, que hoy estrena su primer largometraje. Mejor dicho, el primero que ha hecho él solo, porque ya en 2002 escribió el guión de ‘Smoking room’, el filme que codirigió con Roger Gual y que le convirtió en ganador de un Goya.

«No lo busqué», asegura. Los premios no le interesan. «Si un autor escribía un libro a principios de siglo y le iba mal, se pegaba un tiro. Hoy, no. Todo lo que haces se olvida», razona. Esa es la filosofía que le permite crear «sin agobios». Con esa inconsciencia de base (o conciencia extrema de lo fugaz), se planteó rodar ‘La silla’, una película que reflexiona sobre la insatisfacción del hombre contemporáneo y la sociedad consumista, siempre ávida de lo que no tiene, mendiga de ‘un poco más’. «Comprar es un modo de comunicarse -opina el cineasta-, pero no somos dueños de casi nada».

-¿A qué te refieres?

-Mi casa se construyó en el año 1600 y yo la he mirado muchas veces desde el jardín. Al hacerlo, siempre pienso que un día me voy a morir y que ella seguirá en pie. No se le va a mover ni una sola piedra, ¿entiendes? Incluso he pensado en incendiarla, sólo por ver cómo se acaba antes que yo. Con el lapso de vida que tenemos, pagar una hipoteca para ser dueño de algo me parece ridículo. A eso me refiero. Queda muy poco margen de cosas para poseer de verdad.

-¿Las relaciones?

-No. El ‘viaje’ es en solitario y, en ese recorrido, hay grandes encuentros. De ahí el valor sagrado de los vínculos, que no son posesiones, sino excepciones a la maquinaria del mundo.

-¿Cómo se te ocurrió el argumento de ‘La silla’?

-El disparador fue un cuento que escribí hace dos años a raíz de una experiencia personal. Resulta que compré una silla que me gustó mucho y la puse en mi casa, pero la chica de la limpieza empezó a dejar la ropa doblada encima y mis hijos ponían allí sus juguetes. De pronto tuve la sensación de perderlo todo, de no poder defender ni siquiera ese espacio.

-Es decir, que tus películas hablan de ti.

-Absolutamente. ‘La silla’ me interesaba porque era un proyecto muy personal que aborda las cosas que me preocupan.

-¿Por ejemplo?

-El no aprovechamiento del tiempo, la fijación con un objeto que se vuelve imprescindible, el hecho de no sentirme cómodo en ningún bar al que voy… Cosas sencillas.

-Cosas sobre las que insistes una y otra vez en el guión.

-Sí. El texto va en espiral, igual que yo. Insisto en esos aspectos porque son los que nos acaban definiendo. No es la gran opinión de Schopenhauer lo que te define, sino la incomodidad ante determinadas cosas y el miedo.

Unirse al enemigo

-Uno de los personajes es artista y está enloquecido por la autoexigencia. ¿Te ocurre lo mismo?

-Sí, por supuesto. Los artistas son conscientes de que su actividad ya no tiene ninguna influencia en la gente. Este pánico está detrás de todas mis obras. Los creadores que todo el tiempo reclaman una revalorización del arte, en el fondo de su alma, creen que no tiene ningún valor. Por eso tienen la desesperación de ser reconocidos.

-¿De figurar?

-Claro. Hoy existen comunidades artísticas y la mayoría paga con aplausos para que otras se los devuelvan. Además, los políticos han entendido una cosa muy importante.

-¿Cuál?

-Que no había que censurar a los artistas, sino dejarles hablar. Abrieron tanto el grifo de las palabras, que hoy encuentras obras contra el Gobierno subvencionadas por el propio Gobierno. El sistema tiene la capacidad de absorberlo todo. Haces una película hiper radical contra el mundo y te dan un Goya. Y ya te jodieron. Es como Menem: lo odiabas y te ponía de ministro.

-Artistas sin discurso y personas deshumanizadas…

-Aposté por que los personajes fueran ideas y, mira, justo ayer me decían que eso era muy novedoso. Pero no. Hay un ensayo de Ortega y Gasset que se llama ‘La deshumanización del arte’ y ahí está todo. Él escribió sobre este tema en 1926 y lo hizo mucho mejor que yo.

-En la película retratas un consumismo atroz, aunque eres publicista. ¿Has vivido ese proceso como una dualidad?

-No. Todo es parte de lo mismo. Además, la gente ha levantado barreras contra la publicidad, de modo que ésta no llega a ser tan destructiva. El problema de hoy no es ‘lo estúpido’, donde se enmarcan los anuncios. El problema es ‘lo serio’, que también está manipulado y que tragamos como si fuera la Biblia.

-¿Conclusión?

-La publicidad tiene barreras altas. El periodismo, no. Y al periodismo me lo creo.

-Pero, ¿qué hay del consumo?

-Que la sociedad actual es así y la película lo documenta con cierta ironía. Fíjate en los domingos: ya son terribles cuando los comercios están abiertos, pero, cuando todo está cerrado, son una tragedia. Comprar se ha convertido en una forma de comunicarse.

-¿Cómo?

-Sí, ya no sólo es comprar, va más allá. La bolsa de algo te da derecho al espacio público y, a mayor cantidad de bolsas, mayor derecho tendrás. No es igual andar por la calle con un paquete que caminar sin nada en las manos. ¿Es terrible? No lo sé. Pero queda claro lo alejados de la vida que estamos. Pienso que somos fantasmas del pasado.

-¿Por qué?

-Porque hubo una época en que la gente estaba en contacto con la vida, pero, con el tiempo, se fue distanciando. Nosotros somos la sombra de la sombra de la sombra… de la sombra a través del móvil.

-Es la era de la información.

-Eso es una mentira. Franz Kafka, por ejemplo, sería un escritor costumbrista si viviera en la actualidad. La burocracia de su época era un chiste. El tema es que imaginó lo que iba a pasar.

-¿Y tú qué imaginas?

-No sé… cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que estamos yendo en una dirección jodida. Y a toda velocidad. Hay una corrosión de lo cotidiano, psicológica y mental.

Las ‘cosas blandas’

-Menudo tiempo nos ha tocado.

-Sí. La corrupción que hay por el dinero no tiene sentido. Antes, al menos, la pasta te daba cosas. Te aislabas, estabas con gente culta y la pobreza no te afectaba porque, directamente, no la veías. Hoy en día se ha democratizado todo. Sales con un Ferrari y te matan por la calle. Y además nos vamos a quedar sin agua, cosa que el dinero no puede resolver. Esta es una época dramática y absurda.

-¿Tienes más facetas para retratar?

-Sí. A menudo me pregunto qué pasa con la gente en una sociedad como esta, en la que todo está resuelto. Mi próxima película, de hecho, será sobre ‘lo blando’.

-¿Lo blando?

-Exacto. La idea es que la exposición permanente a ‘lo blando’, a lo que no nos hace daño, nos va dejando sin fuerzas. Es decir, que nosotros hablemos de la guerra es una ironía, porque no podemos ni levantar un teléfono hoy en día. En realidad, este es un momento ideal para escabullirse y estar solo.




 
 
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