JOSÉ MARÍA GALIANA
Arrasada y reconstruida en varias épocas, los periodos de prosperidad y decadencia han sido común denominador de Denia, soleada y apacible ciudad estratégicamente situada y defendida por una fortaleza inaccesible en buena parte de su perímetro. Desde la dominación romana corona un abrupto tosal que emerge en el llano y domina la bahía de aguas claras y someras, la ciudad reclinada a los pies del Montgó, los huertos que la ciñen a poniente.
No se han descubierto las ruinas de Hemeroscopión, topónimo griego que significa «la que se ve de día» (la cercanía del Montgó, con sus 739 metros, era la primera referencia de los marineros), pero en sus laderas, en la torre del Galliner, quedan huellas de Dianium, la ciudad romana. El trazado actual se debe a los musulmanes.
La alcazaba tenía cuatro hectáreas de superficie y dos recintos concéntricos: el albacar, que daba resguardo al ganado y a la población en momentos de conflicto, y la alcazaba, donde estaba el palacio árabe. La medina se hallaba en el exterior.
De aquella época almohade (siglo XII) quedan las murallas que protegían la medina y el arrabal, el Portal de la Vila, que conserva una doble puerta de medio arco apuntado, y la torre del cuerpo de guardia. En el recinto, muy cuidado y frondoso, es preciso ver la torre del Consell y el palacio del Gobernador, en cuyas dependencias se expone un rico patrimonio arqueológico.
Restos de murallas escalonadas parecen acordonar el cabezo, semicubierto por un espeso pinar y entreverado de columnas truncadas, basas, fustes, esculturas, sillares epigráficos, algarrobos, palmeras, cipreses, plantas aromáticas y maceteros de buganvillas, adelfas, hiedras, crespinillo, margaritas, geranios, ibiscus, lantanas, lirios....
El geógrafo Al Idrisi la describió en el siglo XII con estos términos: «Es una hermosa ciudad bien poblada, ceñida de murallas que, del lado de Oriente, han sido prolongadas hasta el mar con mucha inteligencia y arte. La ciudad está defendida por una qasaba (alcazaba, palacio del gobernador) y rodeada de campos cultivados, de viñedos y de plantaciones de higueras. Muchas embarcaciones van a ella y hay también astilleros donde construyen. Salen naves que se dirigen a las regiones más lejanas de Oriente; y también sale la flota en tiempo de guerra. Al mediodía de la ciudad, hay una montaña redonda desde cuya cima se divisan las alturas de Ibiza en alta mar. Esta montaña se llama Càóun».
Ocupada por iberos y griegos, convertida durante la dominación romana en importante centro de redistribución de productos traídos de Italia y del Norte de África, en época visigoda fue sede episcopal. Los musulmanes la conquistaron en el año 713, y tres siglos más tarde Muyahid, príncipe de origen cristiano y gobernador de Denia, la convirtió en un poderoso reino taifa con una intensa actividad comercial y militar que se acrecentó al incorporar las islas Baleares. Era tal la fuerza del temido Muyahid, que cuando Aben Hud se sublevó contra el poder almohade del rey Ibn Mardanís y unificó la España musulmana durante diez años, la taifa de Denia fue de las pocas que conservó su independencia.
El museo Arqueológico está en el antiguo palacio del Gobernador, frente al puerto del que se obtiene una panorámica subyugante. En las diversas salas se muestra la evolución de la ciudad desde sus orígenes, siglo II a. C. hasta el siglo XVIII.
Algunas de las piezas más notables son el sepulcro de Severina, el bronce de Neptuno, la cabeza de Palas Atenea, sin olvidar los hallazgos arquitectónicos, epigráficos y numismáticos. Vasos, lucernas, vajillas de cocina africana, una botella y ungüentarios de vidrio, piezas de bronce y de cerámica, ánforas, ajuares de objetos de bronce de origen egipcio, persa y andalusí, candelabros de peana, lámparas, braseros, incensarios, pebeteros, aguamaniles, esencieros y una cruz gótica del siglo XVII llaman la atención del visitante.
Las Atarazanas
Denia emana un claro acento francés, y para mayor concrección, provenzal: se aprecia en las tierras de labranza y guardavientos de cipreses que la preceden, en las umbrosas alamedas que filtran la luz del sol y en las cantoneras de piedra de los comercios de moda y antigüedades.
Cosmopolita y luminosa, abierta al mar desde los roquedos del cabo San Antonio hasta las largas y espaciosas playas de las Marines, ese ramalazo galo es herencia de los empresarios europeos que a mediados del siglo XIX se afincaron en la villa para dedicarse a la exportación de la uva pasa, próspero negocio de cuya existencia dan testimonio los viejos edificios de la compañía Cooperative Wholesale Society, y el almacén de Morand, en la calle del Mar.
Del siglo XVI, aunque reformado en el XVIII, es el edificio de las históricas Atarazanas (los astilleros), situado frente al monumento Bous a la mar, junto a la explanada del puerto que luce el nombre de Miguel de Cervantes, pues aquí desembarcó en 1580 el autor de El Quijote tras su cautiverio en Argel.