A las dos de la tarde, cuando el sol brilla en lo más alto, suben a las modernas golondrinas parejas de novios, familias numerosas, residentes y jubilados que añoran la caricia del mar. Una escalera de caracol lleva a la terraza, donde la mayoría toma asiento y disfruta de la brisa, del azul del Mediterráneo y de las gaviotas que planean sobre la estela salobre que deja la embarcación. Ir a Tabarca es volver a los dulces días de la infancia. Nueva Tabarca, supervisión submarina, tiene matrícula de Santa Pola y capacidad para 250 personas. A la hora en punto sueltan las amarras. Si lo que le apetece es un corto paseo, por trece euros puede ir y volver en sesenta minutos. Se agradece la brisa de levante cuando la golondrina enfila hacia Tabarca. A la izquierda se ve el cabo de Santa Pola, un relieve llano de color rojizo atravesado por diversos barrancos. Al sureste, el faro de Santa Pola despunta sobre un farallón calizo que resguarda la bahía de los vientos del norte. Desde allí se disfruta de una dilatada panorámica de Tabarca, a la que los griegos llamaron Planesia por su orografía llana.
Los aficionados al parapente utilizan ese escenario para volar como los pájaros desde este acantilado miocénico de 145 metros desde el que se avista el citado cabo, las calas de lAljub, las dunas del Carabassí, los arenales del Sol, el Altet y toda la bahía de Santa Pola ceñida por el cabo de las Huertas. En las inmediaciones del faro que corona la sierra de Santa Pola se alzan las torres vigías Atalayola y Escaletes que mediante señales de humo se comunicaban con la torre de Tamarit, en las salinas del Braç del Port, para alertar a los vecinos de las incursiones del corso y de la piratería. Tras años de abandono, se ha iniciado la restauración de la maltrecha y carismática torre de Tamarit.
Frente al cabo de Santa Pola verá la isla de Tabarca, declarada conjunto histórico-artístico. La parte occidental está cerrada por un conjunto urbano fortificado en cuyo interior se levanta la iglesia fortaleza de San José.
Tabarca permaneció deshabitada durante siglos, pero los piratas berberiscos la utilizaron como guarida y parada previa en sus continuas incursiones por el litoral, razón por la que Carlos III dispuso en 1770 la construcción de sus murallas y la libertad y posterior traslado de los pescadores italianos. Dirigió las obras el ingeniero militar Fernando Méndez de Ras que incluyó en el proyecto la torre de san José, la iglesia parroquial y la casa del Gobernador, que data del siglo XVIII y se ha utilizado como hotel.
Amurallada con sólidos sillares, la isla tiene un cementerio marino y tres puertas monumentales: la de San Rafael, a la que se accede desde el puerto, la de San Miguel o de Alicante, abierta a un roquedo bueno para el baño, y la de San Gabriel, de donde se extrajo la piedra con la que edificaron las murallas.
La iglesia de San Pedro y San Pablo, en proceso de restauración, pone de manifiesto la preocupación defensiva. Muestra una nave de rica sillería, altar mayor y ocho laterales con ventanas muy altas sobre un muro ciego.
A cien metros se alza el bien conservado torreón de San José, un fuerte artillado de planta cuadrada con muros en talud, tres pisos, patio, cárcel y alojamiento para la tropa. Antes lucía cuatro garitones en cada una de las esquinas y un foso alrededor. Dotada de doble planta y una amplia plaza de armas, protegía la parte norte de la isla.
El museo Nueva Tabarca, ubicado en el antiguo almacén de la almadraba, es una muestra de los encantos de la isla y su entorno marítimo. Ocupa la primera sala del museo y se emite un audiovisual donde el mar, la propia isla, su historia y sus habitantes son los protagonistas. La segunda está relacionada con aspectos geográficos y geológicos.
El tesoro de la isla, su gran riqueza son las praderas de posidonia, cuyas hojas, cuando mueren, se amontonan en las playas. A ellas hay que añadir anémonas, holoturias, erizos y estrellas de mar de color rojo intenso, y en lo concerniente a peces, se han recuperado algunos que estaban en peligro, como el sargo, la mojarra, la lisa, la oblada, el congrio y el mero.
Los fondos están protegidos por la primera declaración de Reserva Marina de España. Es la única isla habitada de la Comunidad Valencia y está declarada Bien de Interés Cultural, consideración que los especuladores se la pasan por el forro. Al aproximarse a la isla hay que frotarse los ojos a la vista de los últimos duplex edificados que atentan contra el patrimonio arquitectónica y paisajístico de esta isla única que, en los atardeceres, se siente el silencio y la soledad.
En la Reserva Marina se prohíbe la extracción de flora y de fauna, la pesca submarina, el fondeo de embarcaciones fuera de los límites autorizados, una velocidad de navegación superior las cinco millas y el buceo con botella. Lo aconsejable es llevar unas gafas submarinas y un simple tubo para contemplar tan emocionante panorámica.
Si el mar se ofrece calmo, un espeso silencio se cierne sobre esta gabarra de piedra varada a cuatro millas de la costa, donde únicamente vive una decena de robinsones adaptados a la crudeza del invierno.