Hace nueve años
Ben Gibbard plantó la semilla de Death Cab for
Cutie. Desde entonces, el cuarteto asociado a Seattle
(en realidad, son de Bellighan, ciudad a caballo entre
Vancouver y la otrora meca del grunge) ha experimentado
una progresión constante que le ha permitido cambiar
el rol: de epítome del indie pop a ejercer de líderes
de opinión en la gira anti-Bush Vote for
change o a colocar más de medio millón
de copias de su último trabajo, que les ha hecho
acreedores al Grammy al mejor grupo de rock alternativo
en competencia con Beck, Arcade Fire, Franz Ferdinand
o los, a la postre ganadores, White Stripes.
Desde su primer álbum, Something about airplanes (98), DCFC han ido aumentando su reputación y su seguimiento gracias un sonido a medio camino entre el power pop melódico, la melancolía del emo, la lírica inteligente de Gibbard, romanticismo a medio tiempo con un punto mainstream y el pulso energético del indie rock que aseguran primar en directo.
Una fórmula que encontró su punto álgido hace dos años con su aclamado cuarto álbum, Transatlanticism, que propició su fichaje por Atlantic, multinacional que ha avalado el lanzamiento de su superventas nuevo álbum, Plans, que en marzo tendrá su contrapunto en Directions, un DVD con cortos basados en sus nuevos temas.
«Es un hito inesperado», nos dice su último batería, Jason McGerr, a propósito de un éxito sobrevenido que obedece a sus giras constantes, sus incursiones en series televisivas, las artes como productor indie del guitarrista Chris Wall (Nada Surf, Long Winters) y muy especialmente al impacto comercial logrado por The Postal Service, proyecto paralelo de indietrónica que Gibbard mantiene con Jimmy Tamborello.
En plena vorágine italiana de la gira europea que comparten con el francotirador de San Francisco John Vanderslice, hablamos con McGerr en vísperas del concierto que mañana ofrecerán en la sala Rock Star de Donostia (18/21 e).
-¿Cómo va la gira hasta ahora? ¿Cuál es vuestra conexión con vuestro telonero John Vanderslice?
-Muy bien, empezamos a primeros de mes y llevamos ya unos once conciertos de un tirón, vamos a tener el primer día libre y después nos quedarán otros tantos antes de dedicarnos a dormir un poco. Estamos muy a gusto porque la respuesta de la gente está siendo muy buena. En directo tenemos un sonido más rockero porque es más fácil mantener a la gente excitada con la energía que con los matices. Ya somos una banda bastante veterana y, aunque a veces sea un trabajo duro, vemos esto de las giras como un ciclo indispensable para realimentar a los álbumes. Además compartes escenario con gente con la que tienes alguna afinidad. Es el caso de Vanderslice, un gran multiinstrumentista y un músico muy interesante.
-Habéis pasado de la absoluta independencia a vender medio millón de discos en una multinacional. ¿Cómo ha sido la transición?
-De una manera muy natural; ha tenido mucho que ver con el trabajo que venimos haciendo desde hace ya bastantes años, en los que no henos parado de tocar. Somos una banda que sabe organizar sus giras y sus grabaciones. Atlantic quería que siguiéramos funcionando de la misma manera. Vendemos más discos, pero, por lo demás, nada ha cambiado, seguimos trabajando como lo hacíamos con nuestros sello (Barsuk) en Estados Unidos o con Houston Party en España. La diferencia es que ahora tenemos mayor distribución, más promoción y prensa, pero nada más. No temíamos perder crédito indie ni hemos tenido mayor presión más allá de la que nos imponemos nosotros al hacer los discos, tratar de escribir mejores canciones o hacer giras más largas.
Enfermedad necesaria
-¿Os ha sorprendido el impacto de Plans? ¿Ha tenido que ver el éxito del proyecto de Ben Gibbard?
-Hemos ido viendo cómo, poco a poco, nuestros discos se vendían cada vez más, pero no esperábamos algo así. Supongo que ha tenido mucho que ver que Ben se haya convertido en un músico y compositor conocido, pero también influyen muchas otras cosas. La gente que nos ha conocido en las giras se ha dado cuenta de que somos un grupo con una trayectoria y varios discos de catálogo.
-¿Qué aporta Plans a lo ya conocido de Death Cab for Cutie?
-Aunque el disco aporta algunas diferencias tanto en los textos como el tono más introspectivo de algunos temas, en buena medida, es la continuación de Transatlanticism, el resultado de llevar ya un tiempo trabajando con una formación fija. La diferencia es la confianza que surge por haber podido trabajar con más tranquilidad y en más estudios; casi dieciocho meses, y eso se nota en la calidez y la calidad de las composiciones. El disco muestra el potencial del grupo, que en directo suena como una banda de pop que trabaja sin restricciones y en directo, como un grupo de rock que hace buenas canciones de pop. Es complicado definir nuestra música, aunque creo que las categorías son una enfermedad necesaria: a todos nos gusta aparecer en esas lista de temas favoritos por estilos.
-¿Y cuál es ese método de trabajo? ¿Dais forma a los temas como grupo o es Ben, como compositor principal, quien marca la pauta?
-Trabajamos juntos como cualquier otra banda, pero hay algunos roles más o menos diferenciados. La composición es más o menos cosa de Ben, mientras que de todo lo relativo a la producción se encarga Chris (Walla, guitarrista). Normalmente, Ben trabaja por su cuenta con su ordenador y un cuatro pistas y viene con demos de los temas bastante definidas, a las que luego damos forma.
-Vais a editar un DVD con cortos basados en vuestros nuevos temas que habéis ido colocando en vuestra web. Concebir canciones como bandas sonoras es ya toda una tradición en el pop.
-Es verdad, a nosotros también nos encanta relacionar música e imágenes. Es una idea que ya explotamos en The photo album. A todos nos interesan las buenas películas, la fotografía y los buenos directores. Somos conscientes de que, desde la aparición de la MTV, el elemento visual es crucial en la música, pero creemos que los vídeos se han convertido en herramientas promocionales de las grandes compañías y han perdido el aspecto creativo y desafiante. Nosotros hemos querido devolver a los directores de los vídeos la libertad artística, hemos sido intérpretes al servicio de su visión. Queríamos ofrecer aquella otra forma de escuchar la música que suponían cuando empezábamos a verlos. Luego pensamos que sería interesante juntar todos los vídeos que hemos ido colgando en nuestra web (www.deathcabforcutie.com) en un DVD (Directions) que ofreciera la visión que distintos directores han tenido de nuestras canciones.
Interacción con los fans
-¿Y qué sensación tenéis al escuchar vuestras canciones en series adolescentes como The OC?
-Es extraño, porque gran parte de la radio nacional y la televisión musical en EE UU está dominada por el sonido urban, ya sabes: rnb y hip hop. Así que cuando el director creativo y musical de la serie nos dijo que era un gran fan nuestro, que nos había escuchado mucho cuando era un adolescente y que le gustaría relacionar nuestras música con sus guiones, nos pareció una buena idea. Al margen de la promoción, es interesante y paradójico ser escogidos como reflejo o banda sonora de una juventud con la que no tenemos nada que ver. Aunque, honestamente, prefiero que Death Cab hayan aparecido en otra serie tan interesante como Six Feet Under. En esas cosas hay que ser muy selectivo porque puedes corres el riesgo de acabar sobreexpuesto.
-Habéis utilizado Internet para difundir vídeos y canciones, pero, al mismo tiempo, el nuevo álbum se podía descargar en un montón de webs. ¿Pensáis que el futuro de la música pasa por Internet?
-Me temo que sí; es una herramienta fantástica que te permite tener todo al alcance de los dedos. Que la gente se intercambie tu música es inevitable, pero no tiene por qué ser negativo. De hecho, la interacción con los fans y el intercambio de archivos nos ha beneficiado y ahora vendemos más discos que nunca. Sin contar que algunos grupos han logrado una gran popularidad a partir de la red. Creo que su uso crecerá a medida de que todo se normalice y mejoren aún más los formatos de audio y vídeo.
-Sois de Bellingham, como los Posies, pero se os considera una banda de Seattle. ¿Cómo vivisteis el boom del grunge?
-Es verdad que el grupo viene de allí, pero todos vivimos en Seattle, que está muy cerca, a unas 80 millas. Supongo que pasará lo mismo con los grupos de las cercanías de Barcelona. No tiene ningún sentido decir que eres de Bellingham en la otra parte del mundo. Fueron días muy excitantes; a principios de los 90 éramos muy jóvenes y seguíamos la música como fans. Todo el mundo hablaba de Nirvana o Pearl Jam, pero también de grupos más pop como los Posies; había un montón de bandas interesantes. Por aquella época vimos a Mudhoney, Screaming Trees
Después, todo se normalizó, pero en Seattle ha quedado una escena independiente muy autentica e interesante.
-¿Supuso algo para vosotros estar nominados al Grammy?
-Teníamos bastante recelos hacia los Grammys, no eran algo que nos importara porque los que votan son gente bastante conservadora de la industria a la que en muchos casos no le interesa la música de verdad. Pero la categoría en que fuimos incluidos es bastante diferente y resulta muy estimulante competir con tipos tan buenos como Beck, Franz Ferdinand o White Stripes.