EVASIÓN. Ocio y tiempo libre
 PORTADA
 ARTE
 CINE-TV
 GENTE
 LITERATURA
 MÚSICA
 NATURALEZA
 RUTAS-LUGARES
 TIEMPO LIBRE
 TECNOLOGÍA
 VIDEOJUEGOS


El sueño de Luis II

NEUSCHWANSTEIN. El deseo irracional del rey de Baviera de imitar a Versalles fraguó una colección de castillos de fantasía

YOLANDA VEIGA


Las nubes y una lluvia tímida de verano no restaban un ápice de belleza al entorno de los Alpes bávaros, al suroeste de Alemania. En las inmediaciones del lago Starnberg, en la localidad alemana de Münsing, aquella tarde del 13 de junio de 1886 se había vuelto desapacible. El rey Luis II de Baviera y su psiquiatra, el dóctor Bernhard von Gudden, tardaban en volver de su paseo vespertino. Poco más tarde encontraron sus cuerpos flotando en el lago. Luis II de Baviera, apodado ‘el rey loco’, tenía 41 años.

Primo de la emperatriz ‘Sisi’, el monarca de los castillos y gran admirador de Wagner moría en extrañas circunstancias cerca del palacio de Berg, donde había sido recluido tras serle diagnosticado un desequilibrio mental. Si murió accidentalmente, le asesinaron o se suicidó es un enigma que se llevó a la tumba, como tantos que rodearon una existencia difícil durante la que el monarca hizo de la excentricidad su modo de vida.

De niño le aburrían los libros, pero se ensimismaba con las leyendas que una institutriz francesa le contaba sobre un fascinante palacio en Versalles, que el pequeño heredero al trono de Baviera imaginaba en los magníficos parajes alpinos que le rodeaban. En 1867, durante una visita secreta a Francia, acudió a Versalles y grabó a fuego aquella imagen -que más tarde reproduciría- en su mente fantasiosa.

Ya por entonces los castillos eran su obsesión. Mandó construir tres en la Alemania bávara. El primero de ellos y el más espectacular, en 1869, en Neuschwanstein, que tardaría 17 años en ser acabado. Doce meses más tarde se levantaba el castillo de Linderhof, el único que vio terminado en vida, y ocho años después, el de Herrebchiemsee. Los tres fueron construidos por el arquitecto alemán George Dollmann (Ansbach, 1830-1895). Han sido visitados por más de 50 millones de personas y constituyen el mejor legado de un monarca de personalidad excéntrica y proclive a lo ostentoso.

El mejor ejemplo es el castillo medieval de Neuschwanstein, ubicado en la ciudad de Füssen, a 132 kilómetros al suroeste de Munich. ‘Colgado’ entre montañas alpinas, en un paraje fascinante que se alza sobre el lago alpino de Alpsee, su majestuosidad hace enmudecer al visitante. Era el preferido del rey y dicen, incluso, que sirvió de inspiración a Walt Disney para ‘La bella durmiente’. Es ‘el castillo de los puzzles’ y cada año supera el millón de visitantes. Encaramado a casi mil metros de altitud, se accede a él desde el pueblo de Hohenschwangau, donde el monarca pasó su infancia. La subida se puede realizar en autobús o carruaje de caballos, pero es preferible ascender montaña arriba a pie.

Su silueta se divisa a lo lejos y fascina a medida que uno se acerca y distingue las formas caprichosas de sus torreones, que se alzan como queriendo alcanzar lo divino. Desde Marienbrücke, ‘el puente de María’, la vista es espectacular y abrumadora. Su interior no desmerece. Colosales compartimentos que Luis II de Baviera ocupó apenas unos meses antes de su muerte, hasta trece, desvelan la enigmática personalidad del rey, a quien su obsesión por los castillos endeudó. Alguna estancias que quedaron sin terminar a la muerte del monarca continúan inacabadas.

Admirador de Wagner

Las paredes muestran escenas bíblicas y rinden tributo a Richard Wagner con imágenes de las leyendas que el autor alemán evocó en sus obras. ‘El rey loco’ fue el mecenas y protector del genial compositor, a quien conocio en Munich cuando éste atravesaba por serias penurias económicas. «Sin que vos lo supiérais, érais la cuenta de todas mis alegrías. Vos habéis sido un amigo que, como ningún otro, ha sabido hablar a mi corazón. Haré cuanto esté en mi mano para haceros olvidar vuestros sufrimientos», le dijo el monarca, que fue su más fiel admirador.

El músico falleció en Venecia en febrero de 1883 y su desaparición sumió al rey en una profunda desesperación, que acentuó su carácter introvertido, achacado a la locura. Tan retraído se había vuelto que, desde hacía años, dormía de día y velaba de noche, aprovechando la oscuridad para dar largos paseos por los alrededores.

El 10 de junio de 1886, el príncipe Leopoldo, su primo, asumió la regencia al juzgar que su estado mental le imposibitaba para las tareas del reinado. Luis II de Baviera fue sacado de Neuschwanstein, donde apenas había residido unos meses, y trasladado al castillo de Berg, en cuyas inmediaciones fue encontrado muerto al día siguiente. Se ponía fin así a la existencia de un monarca de porte arrogante y esbelto que se coronó con 18 años, comenzando entonces una madurez en declive, durante la que siempre planeó la sombra de la locura y la obsesión por levantar los extraordinarios castillos que legó a la posteridad.




 
 
© La Verdad Digital S.L.U.
C/ Camino Viejo de Monteagudo, s/n. 30160 - Murcia.
Teléfono: 968 36 91 00. Fax: 968 36 91 11
internet@laverdad.es